Rush

Si se me hubiera aparecido alguien, como en una mala película navideña, y me hubiera dicho hace algo más de un año que intentara imaginar cómo iba a ser mi futuro inmediato, nunca habría podido acertar. Parece como si durante mis treinta primeros años de vida hubiera estado cogiendo impulso para este año, por fin, saltar bien alto.
[sin cuerda]
Maravillosas contradicciones, avatares del destino, posos leídos en el fondo de una taza de café, cartas tiradas al aire. Destino se aburría contemplando el océano cuadriculado en que se había convertido mi vida y un día decidió que merecía la pena darle la vuelta a la tortilla y esperar pacientemente a ver qué ocurría.
[tenía la eternidad]
Un poquito de ansiedad aquí, una pizca de crisis de los treinta adelantada allá, una cucharadita de dudas planteadas en voz baja y un salteado de “se te pasa el arroz”. La receta perfecta.
[bingo]
Podría pensar que la determinación surgió de forma espontánea, pero en realizad fue un movimiento totalmente orquestado, y en apenas un año conseguí todo lo que durante todos los años anteriores había estado aplazando.
[rush]
Y ahora, en mi cabeza, todos mis fantasmas debaten en torno a una mesa cómo pueden recuperar el control, cómo meterme de nuevo el miedo (de lo que se alimentan) en el cuerpo.
Lo que no saben es que el eterno ausente, Soledad, es el único que hoy por hoy pueda hacerme frente. Espero que no lo descubran a tiempo.

Pepito Grillo

Pepito GrilloUn día prometí, te prometí, que dedicaría unos párrafos a hablar sobre el anticristo.
[el nuestro]
Pero lo que nunca te dije es que debía escribir algo sobre ti antes. Porque una historia de terror no se puede entender si sólo hablamos del malo.
Y tú, amigo, eres el bueno.
A veces me gusta sentarne en aquella estancia de mi memoria que, no sé por qué, siempre está dominda por un trono de obsidiana. Es el único sitio donde todos mis fantasmas me dejan tranquilo, desde ahí puedo luchar contra ellos.
Y observar con la curiosidad de un niño al que se le descubre un mundo ante sus ojos. Contemplo esa película de mi vida que las malas lenguas dicen que se proyecta en tu retina antes de morir. Y sólo en ese momento puedo ver el orden de todas las cosas que ocurren en mi universo, y verlas en persperctiva.

La primera escena comienza en un hospital, a la hora de comer. Vengo al mundo y mi padre derrama una lágrima porque, después de dos intentos, ya tiene el varón que deseaba.
[flash forward]
Nunca más le he visto llorar.
[flashback]
Tengo edad suficiente para afeitarne, pero aún no llego (ni llegaré) a lo que se considera una barba respetable. Intercambio miradas con la persona que debía ser mi primer amor, y me meto de lleno en mi primera (y segunda) gran equivocación. Las bicicletas son para el verano, y los fracasos no tienen fecha de caducidad.
Y me equivoco, mucho.
Vivo una vida que le corresponde a otro hasta que un día todo mi universo se desmorona, y toca construir otro a mi imagen y su semejanza.
Después llegan varias escenas en las que la película está velada. Cero a la izquiersa, me quedo sin fuelle. ¿A qué espectador le interesaría la vida de alguien sin expectatibas? La audiencia manda, necesita un final feliz.
[the show must go on]
Alguien dijo una vez, probablemente ebrio, que lo que valemos se puede medir a partir de los recuerdos que dejamos en el mundo. Y de aquellos años no queda nada que salvar, nada reseñable en la transición hacia ninguna parte. Es fácil tropezar si no tienes quién te guíe.

Desde mi trono, en lo más recóndito de mi memoria, muestro un gesto de incredulidad: nadie querrá ver el final de esta película. Porque hasta un niño podría aventurar cómo podría haber sido mi futuro.
[pero se equivocaría]
Y así, cuando el guionista se resignaba a desarrollar sus argumentos planos, el destino decidió apostar todo al negro, aunque el mismísimo satanás, desde su atalaya, pusiera su pulgar hacia abajo.
¬ Terminad con él.
Y entonces, en un giro argumental sin precedentes, destino recurrió a Pepito Grillo. No había otra forma de que la historia terminara bien.

Fuiste la cruz que necesité para alejar el mal.
[vade retro satanás!]
Fuiste la brújula que necesité para salir del infierno.
[en contra de mi voluntad engañada]
Fuiste el faro que marcó mi camino por la senda del progreso.
[se puede salir]
Y fuiste, desde el mismo momento en que te dejé entrar en mi vida, mi salvación.

Pero desidia nunca olvida, y por eso necesito que no bajes la guardia, que me ayudes a vencer a todos mis fantasmas.
[como siempre has hecho]
Te quiero, lo sabes. Porque, aunque sea en el fondo, sabes que eres lo mejor que me ha pasado nunca. Así que, amigo, sigue en mi conciencia. Pepito, Grillo, o como te quieras llamar, juntos podemos escribir un buen final.

Ya lucharemos contra el mal, tenemos todo el tiempo del mundo.
[no te vayas nunca]

Chances

Le gustaba pensar que una mariposa batiendo las alas en Singapur podía provocar una corriente de viento en Munich. Y si lo hacía era para recordarse todas las ocasiones en las que, por omisión, había cometido el pecado capital de perder el tren de las oportunidades.

Su padre, que deambulaba por la vida sumergido en alcohol, a veces tenía palabras sabias. Y la ebriedad, aunque destruía sus reflejos, conseguía a veces agudizarle el ingenio. Él, aquel pensador etílico, le había dicho una vez que los trenes nunca van hacia atrás y que cuando parten es para siempre.
[y ella dejaba escapar uno cada día]

Al principio de los tiempos, sus tiempos, era la apatía lo que la dominaba, y siempre estuvo segura de que las oportunidades llegaban en ciclos. Era cuestión de sincronizarse.

Y entonces, en un día soleado y seguramente en Singapur, a un publicista con muchas luces se le ocurrió que “si no te mueves, caducas”. Y se movió hacia el borde del precipicio que se abría a los pies de la montaña donde se acumulaban todos sus problemas.

Su vida, a vista de pájaro, era peor aún de lo que había imaginado.

Y el miedo sustituyó a la apatía. Y fue ese mismo miedo que atenazaba todos sus músculos el que le puso una venda en los ojos y un gesto de silencio en sus labios. Los trenes siguieron pasando.

Llegó un día nublado en que a otro creativo se le ocurrió que “porque tú lo vales” podrías ser capaz de cualquier cosa. Así que cambió de aires e intentó buscar ese yo dentro de sí misma, donde debía encontrarse el valor prometido.
[y no halló nada]

Y ahora miraba sin ver, con los ojos llenos de lágrimas, el ramo de rosas plastificabas que ofrecía aquel vendedor ambulante.
¬ ¿Estás bien? -dijo su acompañante.
¬ Nunca he estado peor.

Quizá, así lo quisieran los dioses, alguien estuviera sufriendo un infarto en Munich. Porque ella, a más de diez mil kilómetros de Singapur, estaba muriendo por dentro.

Introspección

// Hacia los treinta II //

¬ ¡Suéltame de una vez! ¿Qué quieres conseguir?
Inspiración se retuerce en su prisión temporal.
Cansado de que fuera dilatando sus visitas hasta hacerlas desaparecer, decidí tomar cartas en el asunto: la secuestré. Y ahora lucha por liberarse de la soga que la retiene atada en un sillón dieciochesco.
[in style]
Detengo los trazos de mi pluma de ganso sobre el papel hecho a mano, calo mi boina francesa y sacudo la ceniza que ha caído sobre mi americana de pana, a juego con la boina. Enciendo de nuevo el tabaco aromático de mi pipa de madera noble, entrechoco los hielos que adulteran el whisky que bebo, solo y con más años que yo mismo, y entonces me giro lentamente. Con el dedo índice ajusto mis gafas de pasta de cristal falso.
[teatro]
¬ No voy a soltarte hasta que tengas síndrome de Estocolmo, así que avísame cuando empieces a notar los primeros síntomas.
Inspiración no sabe mentir, así que no tiene más remedio que hacer pucheros y resignarse.
¬ Bien, sigamos.
¬ No te entiendo, ¿para qué me necesitas si vas a hablar de ti? No hay finales que inventar, ni giros argumentales que improvisar. Ni siquiera un maldito personaje. Sólo tú con tu jodido disfraz de bohemio.
Suspiro e ignoro completamente su comentario.
¬ Sigamos.

En mi cabeza siguen presentes todos los propósitos que apunté en una hoja que nunca debí quemar como si de un ritual se tratara.
[metafóricamente]
Y ahora, viendo el poco tiempo que me queda, me parecen demasiados. Algunos de ellos, proyectos ya comenzados, empezaron a morir a finales del año ya difunto y experimentaron sus últimos estertores al comenzar el neonato, y me temo que ya no hay tiempo de comenzar de nuevo. Y de retomarlos ni hablamos. Así que llegaré a la inauguración de la treintena solo.
[o quizá mal acompañado]
Quizá en lo emocional no esté haciendo los deberes pero en lo físico, la asignatura que llevo suspendiendo periódicamente casi toda mi vida, sí estoy progresando. Queda lejana aquella semana de Noviembre en la que tomé una decisión drástica y a día de hoy, pocos meses después, veo el objetivo mucho más cerca. Cuando Desidia, ese eterno compañero, me pinchó con su aguijón hace algunos años, se preocupó de que sepultara bajo varios estratos de olvido la imagen que tenía de mí. Quemó fotografías y adulteró mis recuerdos pero hoy, tras rescatarlo todo, puedo notar que lo que hoy veo en el espejo se parece bastante a lo que veía aquel chico de apenas veinte años, aunque ligeramente envejecido en barrica.
[aún soy un vino joven]
La sonrisa ingenua se ha transformado en una mueca irónica, contaminada por eso que llaman “hacerse mayor”, han aparecido algunas canas sueltas y precoces y en los ojos se aprecia, quizá, algo menos de brillo. Pero soy yo, incluso utilizo ropa que guardé de aquella época con la esperanza, ahora cumplida, de poder volver a ponérmela algún día.
[fondo de armario]
Será este sol que se asoma cuando los nubarrones, que también lo tienen secuestrado, le dan un poco de margen. Será que se acerca esa primavera que, según algunos refranes y algunos rufianes, la sangre altera. O serán las hormonas o quizá el imperativo categórico. Pero algo está cambiando y tengo que darme prisa para entrar en la rueda.
[sincronizarme]
Mientras tanto, yo sigo mi camino.

¬ ¿Y para esto me necesitabas?
¬ No, sólo necesitaba compañía.
¬ ¿Puedo irme ya?
¬ Ni de broma.
Me calo la boina, apuro una calada de pipa y sonrío.
Hoy brilla el sol.
[no para todos]

Rosas marchitas

Existen, según dicen, infinitos universos paralelos donde el tiempo discurre de la misma forma y que sólo se diferencian del nuestro en pequeños detalles.
Sentado en mi silla de pensar aprovecho para fumar un cigarro con Inspiración. Siento que tengo que escribir algo sobre este día de sentimientos encontrados que, siendo honesto, nunca me ha gustado. Inspiración, la musa de las mil caras, hoy se presenta ante mí como si fuera una criatura celestial. Tiene el pelo blanco y los ojos de un azul brillante que corta la respiración. Vestida completamente de blanco, no puedo mirarla más que escondiéndome tras unas gafas de sol.
Me acaricia la cabeza mientras finge que le gusta, y asiente con un gesto de aprobación. Os contaré algo sobre uno de esos universos.
[el mundo al revés]
Es un lugar donde todo lo que aquí existe, allí tiene su antónimo. Así, en aquel mundo Faemino y Cansado son terroristas buscados por la interpol, mientras que el álter ego de Osama Bin Laden es famoso en el mundo entero por sus chascarrillos. Hitler, ahora santo, dio su vida por los menos favorecidos, y Gandhi desencadenó una guerra mundial y fue el causante de la muerte de millones.
[genocidio]
Y un día como hoy, en ese lugar, se celebra el Día de los Odiados. La gente sale de sus casas, en masa, para ir a lugares públicos donde se queman fotos de personajes que todo el mundo repudia. Es costumbre que cada uno envíe flores marchitas a todos aquellos que alguna vez le hicieron daño, y escupirlos en caso de cruzarse con ellos es una costumbre socialmente aceptada.
Se envían mensajes con insultos impronunciables y se organizan linchamientos a domicilio.
[con promociones de dos por uno]
Puede parecer algo dantesco, pero en ese universo todos tienen algo que celebrar cuando llega el día señalado, no como aquí.
Así que yo, con vuestro permiso, voy a cruzar el portal que me lleva a ese mundo paralelo para terminar allí el día.
[aquí no tengo nada que celebrar]

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