Marzo 13, 2003

Dungeons & Dragons

El despertador suena a las siete, puntual como siempre. Dejas que suene un ratito, que haga su trabajo. Abres un ojo parcialmente y ahí lo ves, vibrando frenéticamente sobre la mesa (no hay que pensar cosas raras, mi despertador es un móvil con vibrador). Te levantas y lo apagas. Cuando has repetido este proceso con las cinco alarmas que te pones (sí, es que si no, no lo oigo) decides retrasarlas (las cinco), y dormir diez minutos más. A veces repites el proceso un par de veces, sólo par darte el gustazo.
Al fin consigues despertar del todo y vas directo a la ducha (la maravillosa ducha, la que tantas veces te ha ayudado, la que te ha sacado de tantas resacas...). Y en el metro te conviertes en una sardina, enlatado sin piedad en un féretro de metal. Siempre he pensado que el metro es la gran escuela de la vida. Debes usar tu inteligencia y tu astucia para conseguir un asiento, tu cortesía para saber cuándo debes cederlo (cuando no lo haga el que tienes a tu derecha), tu paciencia para no mirar mal a la señora de cuarenta años que te acaba de quitar el sitio y tu estómago para no marearte con la mezcla de olores: Chanel Nº5 con extracto de sudoración, qué gran contraste. Sales del metro disparado, se puede decir que el vagón te escupe vilmente, y te diriges al trabajo.
Aguantas estoicamente la jornada y sales disparado cuando es la hora (si no te enganchan para que te quedes). Ahora podemos decir que es la oficina la que te escupe.
Y en ese momento empiezas a vivir tu tiempo. Esperas los fines de semana con ansia y los despides con tristeza, con resignación.
Cuando todos los días se parecen tanto que es imposible distinguirlos, cuando todas las alegrías parecen las mismas, cuando la tristeza se confunde con la normalidad, cuando los logros parecen pequeñas anécdotas... es en esos momentos cuando revolotean los dragones por encima de mi cabeza. Pero no debo dejar que me cacen, son más pero yo soy más fuerte. ¿Y cómo me deshago de ellos? Haciendo que cada momento sea intenso, que no se parezca nada al anterior, poniendo todo mi empeño en cada cosa que hago, saboreando las alegrías como se saborea un buen beso, minimizando las tristezas con el gran ratón que es mi alegría...
[metáfora informática]
... y, sobre todo, sonriendo. Los dragones no atacarán si vives cada momento de tu vida como si fuera el último. Y eso hago yo.

Dedicado a quién los dragones atacan cada día, para utilice su sonrisa como arma contra ellos. Escrito acompañado de dos cálidos besos cibernéticos

Clasificado en:
Metafísica
by milio el día Marzo 13, 2003 02:31 AM