Marzo 31, 2003

Kamikaze

Aún no había amanecido. Su ropa no podía aislarle de la arena del desierto (con la que creció y la que le vería morir). El viento soplaba meciendo pequeñas nubes arenosas inmersas en infinitas colisiones. Hashîm (destructor del mal) volvió la vista atrás. Su casa, su familia, su hogar... Fadua (sacrificio), su mujer, a la que conoció cuando no contaba los quince años, que le dio su primer hijo poco después. Ella sobreviviría, siempre fue más fuerte que él.
¬ Perdóname por lo que voy a hacer ...
Sus hijo Sâmeh (el que perdona) le recordaría algún día como el padre que se sacrificó y le admiraría. Sin embargo, su hija Radieh (obediente) lloraría su muerte con resignación pero con un rechazo que duraría toda su vida.
¬ Os he querido demasiado...
En su cabeza repite el plan una y otra vez, como lleva haciendo desde hace semanas. Su alma está en paz. Ha hablado con el Altísimo, que le espera allí donde los mortales no pueden llegar. Le duele dejar en el mundo a sus seres queridos. Uno a uno se va despidiendo de ellos en su largo camino por el desierto. Se gira una vez más para contemplar cómo el amanecer lo pinta todo con su luz rojiza que da la vida. Su último amanecer.
Abre la puerta del desvencijado coche que le llevará al cielo.
[la senda del destino]
Arranca. El motor se queja renqueante, parece no querer funcionar.
¬ Vamos amigo, un último esfuerzo.
Y salta la chispa. Lentamente se dirige hacia su objetivo, no puede levantar sospechas. La concentración es superior a los recuerdos, a la melancolía, al dolor por propia su muerte. El camino se hace eterno, el coche parece no avanzar, todo parece detenerse. El viento, ajeno a lo inminente, sigue con su juego milenario. Acaricia la chapa del coche como un gran gato jugando con su pelota, ronroneando.
A lo lejos se encuentra el objetivo, ya no hay vuelta atrás. Medio kilómetro, trescientos metros, cien metros y el coche está apunto de exhalar su último suspiro.
¬ Alá me observa, Alá es el más grande. Por ti muero, Alá.
Se oyen las ráfagas de los disparos, se escuchan los gritos de alarma, un gran estruendo y después, el horror. El pánico tallado con un cincel en las caras de los caídos, el horror impreso en los rostros de los superviviente. La incomprensión en los llantos anónimos.
Al final del día unos reirán y bailarán en sus celebraciones, otros llorarán por los caídos. La guerra continuará, caerán las bombas, silbarán las balas, gritarán los inocentes (porque en una guerra todos creen ser inocentes) y se escribirán con lentras sangrientas los renglones en el libro de la historia.

Clasificado en:
Realismo ficticio
by milio el día Marzo 31, 2003 10:27 PM