Abril 02, 2003
Si amanece nos vamos
Amanece en Madrid. Los primeros rayos de sol se cuelan por la ventana, la luz lucha por iluminar mi habitación. Y yo, sigo durmiendo. Una alarma, dos alarmas... mil alarmas. Pero yo sigo en mis trece.
[marmotilla]
Una fuerza tremenda une mís párpados, como una legaña descomunal. Lucho por abrirlos pero no puedo. Poco a poco, voy viendo la habitación. Rutina duerme (lleva así desde el miércoles pasado, está hibernando con un cartel que dice No molestar). Sueño (que siempre ha sido grande) ha crecido y anda encorvado por mi habitación, con sus ojeras permanentes.
¬ No quieres un poco más? -su voz me quiere hipnotizar.
[gruñido]
¬ Estoy caliente... vente conmigo a la cama. No pasarás frío... Duerme un poco más.
¬ ... trabajar ... hetero&sexual...
¬ Si lo estás deseando...
¬ ... trabajo ...
[no pasarán]
Consigo apartarle de un manotazo y me dirijo al cuarto de baño. Entonces, fugaz como un rayo de luz, flotando como una nube, aparece otra figura a la que creo reconocer...
¬ Tú?
[no contesta]
¬ Eh, no te vayas, quién eres!
[ha desaparecido]
¬ No puede ser, hace tanto que no se presenta por aquí... Creo que estoy dormido aún. Será Felicidad?, puede que Temores, pero se parecía tanto... Hipoteca no puede ser, no tengo el gusto... Paranoia? No...
[ya se dejará ver]
Tengo demasiado sueño.
¬ Un café?
¬ Vale. Capuccino.
[y así hasta tres]
A media mañana, estoy fumando un cigarro en el rincón del vicio, la narcosala, y llega el operario de la máquina de café. La saludo, me saluda.
¬ Joder todo lo que lleva eso dentro!
[lo primero que se te pasa por la cabeza]
Pasan treinta segundos, quizá un minuto. Le miro esperando un comentario, pero parece que este hombre sigue aún en su cama...
¬ Ah, que me decías a mí?
[joder, a quién si no?]
¬ Pues no está mal este café, en mi antigua empresa tuvimos una que era tomarlo y tenías treinta segundos para ir al baño. No he conocido mejor laxante...
¬ Ah, pues este dentro de lo que cabe no está tan mal...
[el mejor comercial de la historia]
La puerta del baño está atrancada y, cada vez que alguien tiene que entrar le toca bajar al bar y pedirse un café. A no ser que cumplas unos horarios. Probamos todos esos trucos que aprendimos en nuestra etapa de delincuencia juvenil: carnets, tarjetas, radiografías, la danza del viento... Pero nada funciona, no se quiere abrir. Llamamos al cerrajero.
Si no tuviera vocación por lo que hago, si no fuera un soñador, si alguien me hubiera enseñado, sería cerrajero. Es imresionante. Aparece un señor con una caja de herramientas minúscula, aplica el truco de la radiografía (pero con una radiografía profesional, debe ser de Marilyn Monroe por lo menos) y abre la puerta en cinco minutos.
¬ Son ciento cincuenta euros... -y sin despeinarse, que tiene su mérito.
[te mareas]
Y echas cuentas. Si este hombre cobra ciento cincuenta euros por diez minutos, qué cobraría yo por ocho horas? Pues cobraría siete mil doscientos euros al día... Vamos, que se podría ir preparando Bill Gates.
¬ Mamá, yo de mayor quiero ser cerrajero...
Y recuerda, si amanece nos vamos.
Yo, me, mí, conmigo





