Abril 19, 2003
Vivir es una ilusión
Este mundo no tenía sitio para él. Nació por cesárea una tarde nublada de Mayo, cuando el sol ya agonizaba. Abrió los ojos y vio a su madre, exhausta y pletórica. Su padre estaba demasiado ocupado surcando los cielos en primera clase de algún avión. ¿Cuál sería su destino esta vez? Tokio, Pekín, Sao Paulo, Nueva York, Londres... Cualquier sitio a miles de kilómetros. Su madre compensó con su calor todo lo que su padre fue incapaz de darle.
Su padre, figura distante y autoritaria. Esclavo de su trabajo, el número uno en su profesión, farolillo rojo en la vida. La cuenta del banco crecía a la misma velocidad que desaparecían sus recuerdos. Nunca estaba seguro de conocerle. Y cuando volvía, en un paréntesis de sus infinitos viajes, no tenía tiempo para nadie. Sentado en su trono, observándolo todo, cerca y lejos a la vez.
Su madre siempre compensando, siempre disculpando.
¬ Papá está muy ocupado. Pero vendrá, siempre viene. Está cerrando tratos con gente importante hijo.
[algún día seré como él]
Compensó la ausencia de su padre con la imaginación. Se veía vestido como él, sentado en la cabecera de una mesa infinita. En una sala suntuosa que se alargaba más allá de donde llegaba la vista. Cientos, miles de personas escuchándole. Todos con sus plumas estilográficas a punto de estampar una firma en un papel que hipotecaría sus vidas para siempre pero que les haría más ricos aún.
[vender su alma al diablo]
¿Eso es lo que quieres ser? Entonces su imaginación le llevaba por otra senda. Recordaba aquellos documentales sobre los años sesenta y el movimiento hippie. Amor libre, despreocupación, música, la mochila como única compañera. Escribiría su futuro con las letras de la psicodelia.
Su cuerpo se desarrolló, su voz cambió, le creció la barba. Iba a comenzar una carrera.
¬ Quiero ser artista, aún no sé de que tipo, pero dedicaré mi vida al arte.
¬ ¿Artista? ¿Mi hijo un artista? No. Tú estudiarás algo serio.
[tú serás como yo]
Por primera vez algo fue más importante que sus multimillonarios contrartos, por primera vez escuchaba la voz de su hijo, aunque sólo fuera para contestarle.
¬ Hazle caso a tu padre. Mira lo que ha conseguido con su esfuerzo.
¿El qué? Una familia rota que guarda las apariencias, una mujer amargada en la sombra, un hijo solitario, una casa kilométrica. Pero, ¿para qué? La felicidad es una de las pocas cosas que no puedes comprar.
[y que nadie te venderá]
Recogió sus cosas, juntó el poco dinero que tenía y salió de aquella mansión vacía. Trabajó de lo que pudo, ganó poco dinero a costa de la más cruel explotación. Empleo basura, vida apestosa. Aprendió a valorar lo poco que tenía y descubrió que la felicidad no entiende de clases.
No tuvo suerte y, aunque terminó la carrera, nunca pudo tener su estudio propio. Algún trabajillo mal pagado, alguna portada para una casposa revista, algún logotipo para una empresa familiar (y condenada al fracaso). Pintar le relajaba, diseñar le emocionaba. Su modesto ordenador (su mísero sueldo no daba para más), un piso compartido y su imaginación cada vez más carcomida por el fracaso.
Pero ya era gorra roja. Ya no tendría que conformarse con cobrar en una caja y sonreir a los clientes cada vez que pedían un sandwich de pollo. Ahora tenía más responsabilidad.
[con el mismo sueldo]
En todos esos años nunca supo de su padre. Su madre le había llamado alguna vez, le había enviado dinero.
¬ Vuelve a casa hijo, tu padre te acojerá otra vez. No seas tan orgulloso como él.
El tiempo no perdona y la muerte no se deja sobornar. Su padre tenía cánder y, en su lecho de muerte, le había llamado. ¿Para qué? Quizá quería recordarle que no había sido nada en esta vida, para decirle que se equivocó, para restregarle su fracaso.
Buscó un hueco sin querer encontrarlo, se entretuvo en cosas que podían esperar, retrasó su visita. Hasta que fue demasiado tarde...
En el entierro muchos llantos, demasiado dolor fingido, demasiada hipocresía. Él fue el único que no lloró.
[tenías algún amigo?]
Su madre fue la única que lloró de verdad, sentimientos verdaderos en un océano de mentiras. Él no podía, no sentía la necesidad de hacerlo, estaba vacío. Lo peor de todo es que no le echaría de menos.
¬ Papá, has conseguido que sea como tú.
Realismo ficticio





