Abril 23, 2003
Un día de fútbol
Recuerdo que mi padre me solía decir: "algún día te llevaré al fútbol". Yo no le daba demasiada importancia a este comentario. Alguna vez había intentado ver un partido por televisión, siguiendo una tradición muy arraigada en mi familia, pero no lograba estar delante de aquella caja luminosa más de quince minutos seguidos. No entendía como la gente podía aficionarse a un deporte que, a mi parecer, no tenía el más mínimo interés...
[pero un día lo comprendí]
Tendría alrededor once años cuando mi padre cumplió su promesa. Él era del Real Madrid hasta la médula y tenía pensado llevarme a ver a su idolatrado equipo, pero optó por ahorrarse el dinero de la entrada y me llevó a ver un partido amistoso del atleti con el carnet de socio de un amigo suyo.
Según nos íbamos acercando al estadio pude ir conociendo la fauna de este mundillo: hombres que, pese al sol castigador de Agosto, iban enfundados en sus bufandas (todas prácticamente iguales). Hombres que, una vez en el campo, saltarían como un resorte y, en un alarde de coordinación, moverían la bufanda en círculos entonando una especie de cánticos folclóricos (ahí pude ver al único hombre del mundo capaz de saltar hacia abajo), hecho que producía en ellos una leve sonrisa. No podía entender cómo había alguien capaz de llevar bufanda en Agosto.
Ya casi en el campo, era imposible no ver a estos individuos, estaban por todas partes. Y yo, siguiendo mi vena antropológica, pude distinguir otro tipo de individuo menos numeroso: los hinchas del otro equipo que llevaban una bufanda distinta y entonaban otros cánticos.
[extraño mundo el del fútbol]
Nos detuvimos ante la puerta y mi padre se acercó a mí para decirme: "Hijo, ha llegado el momento, ya iba siendo hora de que siguieras los pasos de tus antepasados, entre ellos, yo. Mi padre me trajo a mí al fútbol y ahora soy yo el que te ha traído, y tú traerás a tus hijos, espero."
[adaptación del anuncio de los caramelos y el abuelo]
Era extraño, mi padre parecía más feliz que el día de su boda, en su cara brillaba una sonrisa inmensa y no pude más que corresponderle.
No íbamos solos, también venía un amigo de mi padre con su hija. Ante mi sorpresa, el padre no le dijo nada a su hija tal y como mi padre había hecho conmigo, ¿sería ésta una costumbre reservada especialmente a los hombres?. Desgraciadamente parecía que sí, apenas vi mujeres en el barullo.
Ocupamos unos asientos de piedra que se encontraban en un lateral del campo, que no estaba muy lleno, aunque el colorido era notable. El partido tardó aún en comenzar. Yo, mientras tanto conversaba con mi nueva amiga de asuntos trascendentales:
¬ ¿Por qué llevaban esos hombres bufandas en verano si hace un calor de mil demonios?
¬ ¿Qué les hace sentirse tan felices?.
[¿a qué huelen las nubes?]
No hace falta decir que no obtuve contestación alguna.
De repente, le gente empezó a gritar y a aplaudir, salían en ese momento los jugadores, el árbitro sopló su silbato y comenzó el partido. Para no perder las buenas costumbres, me aburrí a los quince minutos. A mi compañera debió ocurrirle lo mismo, porque acabamos correteando sobre los asientos de un lado a otro de la banda. Mientras corría iba escuchando unas exclamaciones que me hacen recordar qué bonita es la infancia y el no saber aún que significan cosas como: "¡Niño, apártate de una puta vez!" y expresiones de ese calibre. Empezaba a comprender la grandeza del fútbol, por qué levantaba pasiones. Me lo pasé en grande.
Pero yo no era el único que hacía ejercicio, el público se levantaba una y otra vez mientras ejercitaban su garganta recordándole al árbitro que conocían a su familia, un dato curioso. Los árbitros tendrían que ser personas dicharacheras y con don de gentes, porque conocer a tanta gente tiene su mérito. Los culpables de la histeria general eran los jugadores. Parecía mentira que apenas veinte personas pudieran hacer saltar a veinte mil, quizás fuera esta cualidad la causa de su escandaloso salario.
Yo, me, mí, conmigo





