Abril 24, 2003
Paralelismo
Miles de personas al día cruzan su mirada en el metro. A veces pienso cómo será la vida de toda esa gente. Entro en el vagón, intento coger un sitio...
[si no hay alimañas a la vista]
... y, simplemente, observo. Robo las miradas de la gente y las hago mías por un momento, lo suficiente para divagar sobre su vida. Algunos acumulan tristeza en sus ojos, puedo verlo en su mirada. La tristeza de la rutina, el peso de una vida que cada día se hace más difícil de soportar. Caras marcadas por los surcos que hace el paso del tiempo con su cincel.
[del que todos huímos]
Es curioso sentirse sólo en medio de una masa de cuerpos que intentan correr más que las manecillas de su reloj, pero yo siempre me siento aislado. Demasiadas historias para ser contadas en tan poco tiempo, demasiados recuerdos, demasiadas vidas.
La mirada cansada del obrero que cumplió sus doce horas de trabajo, la chispa que enciende los ojos del enamorado, la nube que nubla la vista del frustrado, las lágrimas que luchan por salir en los ojos del que acaba de ser engañado.
Conversaciones vacías, diálogos por compromiso, apasionados debates. La concentración del que lee, el concierto del que escucha música, la cara de circunstancias del que se ha pasado de parada.
El sueño de la bella durmiente, que cerró los ojos porque su cuerpo se lo pedía después de una noche de estudio, dejándose llevar hacia su destino, confiando en que su organismo despierte tres paradas más adelante. Las preguntas y respuestas que se plantea el estudiante nervioso ante un examen. El que disecciona el plano para encontrar el camino más rápido a su destino, meticuloso en todo lo que hace, buscando un camino en el metro que nunca encontró en la vida.
[la línea recta]
El turista despistado, atado a su cámara réflex que mira inquieto a todas partes, enfocando con sus ojos lo que su cámara no quiere captar. La risa nerviosa del que acaba de hacer el ridículo, buscando el suelo con su mirada con la esperanza de que éste le engulla. La banda sonora que proporciona el que siempre lleva la música demasiado alta, buscando que alguien se identifique con él por sus gustos musicales. La mirada sin expresión del que está drogado, mimetizándose con su asiento hasta desaparecer.
[muriendo en vida]
El ruego lastimero del que pide limosna, recitando mil estrofas que todos conocemos, gritando o con un hilo de voz, con un niño en brazos o con un cartel. Y las distintas sensaciones que produce: lástima, rechazo, solidaridad, odio, superioridad...
Las estrofas raídas por el uso del espontáneo cantautor. Las notas metálicas de un viejo amplificador, el sonido melancólico de una armónica o las vibraciones del acordeón. Los sonidos exóticos de instrumentos con nombres impronunciables, el rasgar de las cuerdas de una guitarra, la voz desgarrada de un solista aburrido. Muchas monedas (demasiadas de cobre) y ningún billete. Y al terminar, una carrera al siguiente vagón.
La mirada perdida de un loco que piensa en alto cosas sin sentido. El asombro, las risas, el rechazo de los que le rodean. Pero él sigue en su mundo, ajeno a todo lo que pase en el exterior, inmune a las intenciones de la gente.
La mirada inocente de un niño ajeno a todo este mundo de aislamiento, inmerso en sus juegos, captando toda la atención.
La mirada anónima del ciudadano desconocido, el que quiere pasar desapercibido en el vagón como siempre ha hecho en su vida. El espía que no puede desengancharse de su trabajo y lee el periódico más cercano con disimulo. El que te mira fijamente, luchando por que esquives su mirada. Los ojos que miran tu reflejo en el cristal, practicando sus conocimientos de geometría...
[un pitágoras en nuestros días]
El sueño de un antropólogo.
Metafísica





