Abril 29, 2003

Not An Addict

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que vio la luz? Demasiado. No recordaba el día en que sus ojos comenzaron a nublarse, cuando todo empezó a confundirse, cuando las cosas dejaron de importarle.
Sus músculos ya no responden, su mirada está vacía mientras sus ojos intentan enfocar la aguja. Las venas demasiado castigadas, los ojos demasiado cansados, pero busca, nunca ha dejado de buscar...
[una vena donde penetrar]
Perforando como lo ha hecho siempre, introduciendo en su cuerpo un agente hostil, forzando la máquina al máximo. Ya no le importa nada, sólo busca conseguir una dosis que le haga el viaje más llevadero hasta que llegue la siguiente. Ya no disfruta con la droga, simplemente la necesita.
[no puede vivir sin ella]
Recuerdos le quedan pocos. Las paredes de su memoria cedieron un buen día y todos sus recuerdos se confundieron, se mezclaron en una masa informe. Un cuerpo de niño con mirada de viejo, una jeringuilla con alas de ángel, prometiendo el cielo, una dama blanca de mirada irresistible.
Sentado en un banco de la plaza que recordaba como su único hogar, dejando pasar el tiempo mientras los fluidos se mezclaban en su sangre, preparado para comenzar el viaje que tantas veces había experimentado. Mirando sin ver, tocando sin sentir. Cada vez necesitaba más, ella cada ver era más exigente.
[más que ayer, menos que mañana]
Uno sabía cuándo partía, pero nunca si regresaría o no.
¬ A este viaje hay que llevar la conciencia tranquila, despedirse de quien lo merezca y nunca, nunca, ir con cuentas pendientes. Nunca sabes si volverás, amigo.
Le decía su único amigo, muerto por sobredosis dos semanas antes. Despedirse, sí, pero... ¿de quién? No tenía amigos, no tenía familia, todo habitaba ya en las regiones del olvido.
El mundo seguía su camino, indiferente, agresivo, rechazando cada intento de volver a la vida. Una pieza que no encaja. La gente pasa y no le mira, se cambian de acera. Si por casualidad, se dirige a ellos, puede ver el miedo en sus ojos. Así que ella es su única compañera, atenazándole para siempre en un abrazo infinito, cortándole las alas al menor desliz.
Y un buen día, en la estación de los sueños rotos, compró un billete de no retorno. Montó en el tren como siempre lo había hecho y, cuando subió, supo que nunca iba a regresar.
¬ Adiós a los que me recordéis, porque yo no os recuerdo.

Clasificado en:
Realismo ficticio
by milio el día Abril 29, 2003 11:38 PM