Abril 30, 2003
Cúmulo de Sucedidos
Hoy me tocaba visita mañanera a un cliente. Siempre es bueno no ir directamente a la oficina por las mañanas, porque así puedes escaquearte y dormir media hora más. Lástima que hoy, como siempre, las cosas se torcieran.
Me levanto, desenfundo la radial para quitarme las legañas, se resisten y saco el cincel y el martillo...
[dejad que las legañas vengan a mí]
Después de una ducha reparadora, salgo de casa. Al llegar a la parada de autobús veo que hay mucha gente, signo inequívoco de que falta poco para que venga...
[infeliz...]
Pero no, tarda veinte minutos. Y tú no te vas porque piensas:
¬ ¿Y si me voy y justo viene? Habré esperado para nada...
Así que no te decides y esperas. Coges el bus que te deja en el metro, y coges el metro que te deja en otro metro. Y al hacer el transbordo, la debacle. Dos trenes en el mismo andén, ambos parados, ambos bloqueados, mientras la gente ya no sabe dónde mirar. Esperas porque, ¿y si te vas y justo se arregla? Esperar para nada...
[te resulta familiar]
Y esperas, y esperas... Y al final tienes que coger un taxi (que te pagará la empresa en un futuro muy muy lejano...). En el taxi mantienes una conversación estúpida y sin sentido, un mero intercambio de palabras y de silencios incómodos. Además, te cobran dieciocho euros, que es la tarifa especial de psicoanálisis más viaje, todo un chollo.
Y a la hora de comer coges otra vez el metro (otra línea), mientras escuchas por megafonía que faltan dos horas para que arreglen el problema.
Comes con una amiga, vuelves al trabajo y, milagro, siguen quedando dos horas.
[acabas de viajar en el tiempo muchacho]
Pasas una tarde agobiante en el trabajo, perdido entre ceros, unos y pilas de papel, documentos que intentan decir mucho pero que no dicen nada, un dolor de cuello aderezado con una pequeña jaqueca, y algún que otro comentario gracioso.
Y al salir, otra vez en el metro, escuchas que siguen quedando dos horas. Es decir, siguen siendo las dos de la tarde. te parece curiosa la forma de medir el tiempo que tiene la gente del metro, al menos te hacen pensar que no has perdido todo el día entre cuatro paredes.
[un psicólogo te cobraría una pasta por lo mismo]
¿Y la noche? Una incógnita.
Infiernos laborales





