Junio 10, 2003
Descenso a los infiernos
Las neuronas se duermen. La actividad cerebral desciende en picado. Los pensamientos atascados en la autopista del delirio. La vista se nubla y la realidad adquiere un tinte oscuro. Las letras bailan en la pantalla y los números no quieren cuadrar. Todo da vueltas a mi alrededor. Las voces suenan pastosas, la cabeza parece no estar en su sitio.
Hace demasiado calor.
Mientras en su despacho, el jefe descansa sus reales posaderas bajo un aparato de aire acondicionado, los programadores (currantes binarios) nos cocemos al baño maría. Casi no podemos ver el fondo de la habitación, el vapor casi invisible asciende del suelo como lo haría en una carretera perdida que atraviese cualquier desierto.
Y, al fondo, una voz en off que dice:
¬ Mañana ponemos el aire acondicionado.
[los cojones]
Cuentan las malas lenguas que esas palabras retumban entre aquellas desdichadas paredes desde que el mundo es mundo. La voz del profeta, la palabra de dios condenada al eco perpetuo. Palabras que ya no dicen nada, monumentos de una época imperecedera y a la vez remota. Pasarán mil años y seguirán profetizando mentiras.
Salgo aturdido del trabajo, huyendo de un infierno para entrar en otro peor. Pero esta vez la fuente de calor soy yo. En mi casa se urdía un complot, una conspiración secreta a mis espaldas. Me la iban a jugar.
Hace un año o así, mi padre me dijo que cuando se comprara otro coche me vendería el suyo muy barato. Así he pasado un año, regodeándome en mi ingenuidad, hasta que me han pegado el batacazo.
[como siempre]
He llegado al salón de mi casa (que tan poco piso):
¬ ... lo gestionamos como cesión?
Y yo, ingénuo de mí, pregunto:
¬ ¿De qué habláis?
[con la mosca detrás de la oreja]
¬ De nada.
Obvio. Es lo más normal que dos personas hablen de nada. Pero yo he insistido:
¬ ¿Cómo que de nada?
¬ Papá me va a vender el coche.
[touché]
Y es en ese momento cuando te ves inmortalizado en el monumento a la estupidez. El pito del sereno era una autoridad comparada conmigo. Mi hermana y mi padre convertidos en agentes de la Cía, conspirando en el anonimato. Y yo, mientras tanto, convertido en una estatua de sal. Pero aún quedaba más. Ante mis protestas han descubierto el resto del plan:
¬ Papá se ha comprado un coche y se lo traen la semana que viene.
[surrealista]
Y lo mejor es que mi padre se ríe. No sé qué cojones le hace gracia. Mi padre, que no se había reído desde la última vez que el Madrid ganó la copa de Europa. Mi padre, que tendrá mañana agujetas por obligar a su cara a gesticular tal expresión.
Estoy muy cabreado.
[y me siento como un completo imbécil]
Corto y cambio.
Infiernos laborales





