Junio 13, 2003
Me casé con un bit
No sé cómo empezó el amor. No sé si yo la encontré primero (es una mujer) o ella fue quién me buscó. Yo miraba aquella pantalla con los ojos como platos, las luces reflejándose en mi cara, mis ojos devolviendo el brillo. Fue idílico. Aunque mi primera experiencia fue infructuosa, amor primerizo con un pobre Spectrum (negro como la muerte, lento como la agonía), excusa para justificar la compra de una enciclopedia.
[convertida en alimento del polvo]
Vinieron los tiempos de crisis que siempre sobreviene en toda relación. Se volvió vaga e insolente, ya no leía las cintas con aquellos maravillosos juegos. Sólo se quejaba con sus estridentes sonidos. Y un fatídico día, depués de copiar unas ochocientas líneas de un programa de ejemplo, aquello no funcionó. Y rompimos...
El resto de la historia, hasta estos días, es una serie de enamoramientos y desengaños. Y ahora me planteo si he escogido bien la profesión...
[si debo desechar mis ilusiones]
... pero pienso al instante que, más bien, me he equivocado de empresa.
Ayer, cuando salí del trabajo (tras una reunión en la que no pintaba nada, aunque más que algunos de los que allí estaban) el reloj marcaba las once y el medidor de energías estaba en números rojos. Los párpados me pesaban demasiado, las piernas no respondían y las palabras formaban combinaciones incoherentes en mi cabeza.
Un compañero me acercó a casa. Establecimos un trato no escrito donde él ponía el trasporte y yo le servía de escudo frente a su mujer. Al menos, mientras durara el trayecto, ella no la tomaría con él.
[o al menos eso pensábamos]
Al llegar a casa quería escribir algo, quería evadirme durante unos minutos y saber que mi vida consistía en algo más que aporrear un teclado...
[con mayor o menor fortuna]
... pero no me sentí capaz. Desempolvé el manual de "Cómo escribir un post" y busqué en el capítulo nueve: "Qué hacer cuando usted está cansado y no puede ni teclear". El capítulo contenía una única palabra: Acuéstese.
Acostarse, dormir, sumergirse en el mundo de los sueños, conversar con una almohada que ya no me aguanta (ha pedido el divorcio), apagar las máquinas esperando a que el despertador active el Wake Up On Lan...
Entonces pienso... o lo intento, porque los engranajes de mi maltrecha mente necesitan una puesta a punto.
~ Sales de casa a las ocho y pico: cara desechable, ojos vidriosos, gestos torpes...
~ Llegas a la oficina: sin aire acondicionado, animales en lugar de jefes, una ración de agobio cuidadosamente depositada sobre tu teclado (la dosis diaria de vitaminas), relojes trucados para que cuenten un segundo de cada dos, barreras invisibles que se abren una hora después de la salida, comida fría (porque no hay microondas).
~ Sales de la oficina a una hora indeterminada: salir tarde es una costumbre, trabajo que se acumula, agujetas neuronales, la mosca del sueño (cojonera por añadirura) que te sigue a todas partes, un mundo que te comerías si tuvieras fuerzas, el metro convertido en un féretro de metal.
~ Y en casa: las mismas caras, el mismo ambiente, el reloj aquejado de eyaculación precoz, la cama ninfómana que siempre pide más, la bombilla fundida (que deberías haber cambiado hace cuatro días), la televisión escupiendo basura (y su mal olor propagándose por toda la casa) y una noche que no podrás vivir porque mañana sonará el toque de corneta a la misma hora, en la misma situación. Y la voz de la operadora que te dice que el número marcado no existe porque siempre marcas el cero antes (como en la oficina).
[alguna vez he llamado a la policía por equivocación] *
¿Qué hacer? La impotencia crece, los ojos se nublan. Cada semana es más larga que la anterior pero más corta que la siguiente. Cada fin de semana es más efímero. La línea de la vida alterada como el curso de un río que alguién modificó sin pensar las consecuencias.
Creo que dentro de poco voy a provocar una inundación. Tengo que dar la vuelta a las cosas. Definitivamente, esto no puede seguir así.
[el amor se convierte en costumbre].

Infiernos laborales





