Junio 18, 2003

Complot

Si no fuera porque aún conservo algo de mi escasa lucidez pensaría que los astros se han alineado, pero con el planeta del vecino en lugar de con el mío. Hoy todo parecía encajar en un puzzle sin sentido.
Me he despertado más o menos en la franja horaria de siempre, he tardado el mismo tiempo en salir de casa, todo parecía indicar que iba a ser un día normal...
[pobre infeliz]
Salgo de casa cargando en el yunque portátil y la bolsa de la comida. Miro hacia la parada de autobús esperando que mi oído funcione como el de los indios de las películas del oeste, que detecte el autobús antes de que aparezca. Me fío de mi oído: no viene. Cruzo un puente para coger el del otro sentido y, cuando estoy arriba, llegan los dos. En ese momento aparece la impotencia, vestida de negro y con sus ojeras.
¬ Creo que como no te tires, no lo coges.
Y al llegar al metro, otro problema: la línea diez no funciona bien y los trenes se retrasan. Además, el cuchillo acaba de atravesar la bolsa de la comida y amenaza peligrosamente a los transeuntes.
[vaya, mi día de suerte]
Así que por este cúmulo de sucedidos llego tarde al trabajo. Entro por la puerta y mi jefe se ha convertido en un perro, a punto de ladrarme cualquier incoherencia.
Hace unos días nos reunió para pedirnos obligarnos a llevar la chaqueta del traje, por cuestiones de imagen (debe ser que se nos ve mejor si llevamos la chaqueta puesta). Desde ese momento supe lo que tenía que hacer: llevar la chaqueta un día y dejarla todo el verano colgada en el perchero.
Así que, después de solarme una retahila de palabras que a los cinco minutos he olvidado, me ha dicho:
¬ ¿Y la chaqueta?
[desafío]
¬ En el perchero... desde ayer.
[y hasta septiembre]
Por un momento pareció que iba a contestar, pero las neuronas encargadas de llevar a cabo tan colosal esfuerzo no han conseguido conectar a tiempo, y en su cara ha aparecido una expresión de estupidez.
Pero la cosa no acababa ahí. Mientras comía, el otro jefe-dueño-capitalista-patriarca-cacique-dictador me ha llamado. Estaba plantado delante de mi mesa con una mueca de satisfacción puesta ahí por error.
¬ ¿Has visto cómo tienes la mesa? Esto no es imagen joder...
[efectivamente, es una mesa]
¬ ... una bolsa aquí encima, una caja, dos revistas... El Jueves?!, Un libro!, Papeles! Y miles de vasos.
Le miro mientras intento digerir el último bocado de filete, con los ojos como un personaje de cualquier manga japonés y activo el mecanismo de evasión a la hora de comer para librarme de él.
Miro por última vez la mesa y pienso que aquello no se puede colocar de otra forma si uno no tiene ni un mísero cajón. Y llego a la conclusión de que aquel personajillo se aburre mucho (y trabaja menos).

Y al salir, otra sorpresa. La bolsa donde llevaba la comida (de papel) se ha rajado. No tengo más bolsas y no me apetece lucir los restos de la comida como si de una obra de Arco se tratara ("La desnudez del tupperware" sería un buen título). Así que he reconstruido, con ayuda del celofán, la maltrecha bolsa.
¬ Pereces un kosovar joder.
Es lo único que ha acertado a decir el mismo que unas horas antes reflexionaba sobre mi mesa. Es entonces cuando uno piensa que la vida es muy injusta y que la inteligencia está muy mal repartida (tanto que a algunos no les tocó nada el día del reparto).

Clasificado en:
Infiernos laborales
by milio el día Junio 18, 2003 12:06 AM