Junio 19, 2003

De príncipes y princesas

Caperucita Roja se encontraba, como cada mañana, en su pequeña parcela de bosque. La capucha, raída por el uso y la leyenda, le caía graciosamente sobre la frente. Los cabellos jugueteaban con el viento, pero su cara no expresaba alegría.
[ni una pizca]
El Lobo estaba haciendo la ronda, aburrido como siempre, viejo como nunca. Andaba renqueante sobre tres de sus cuatro patas, la otra dejó de funcionar hacía demasiado tiempo. Pero no había perdido sus colmillos, ni su capacidad de enrevesar las cosas. Pensaba en su jubilación porque estaba harto de perder siempre en el final de la historia. Porque la vida siempre pone a cada uno en su sitio y él, que siempre se creía vencedor, perdía una y otra vez. Condenado a un fracaso infinito y recurrente.
[desafiando]
Pero esta vez todo iba a ser diferente, esta vez no estaba sólo.
La Urraca disfrutaba del paso del tiempo sobre la rama de un árbol. Miraba complaciente todo su territorio, engañándose contínuamente con ideas de grandeza, ignorando que nunca había poseído nada. No inspiraba temor, más bien lástima. Su verdadero y oscuro poder radicaba en su lengua viperina. Capaz de engañar al más osado, convertida en una serpiente por el azar de la evolución.
[esperando]
Y pastando en la pradera, emanando tranquilidad por todos sus poros, se encontraba el Asno. Él era la clave de toda la trama, alguien del que nunca sospecharían, el bueno de todas las películas, el animal entrañable que nunca hace daño. Reducido a veces al rol del payaso en una obra mala en cualquier teatro. Sus ojos parecían llenos de bondad pero detrás ardía el fuego de la codicia.
[despistando]
Y Caperucita seguía confiada. Nunca perdía, los cuentos que habían escuchado generaciones de niños tenían que acabar bien. ¿No ganan siempre los buenos? ¿El villano no acababa siempre ridiculizado? ¿No tienen todos los cuentos un final feliz?
El Narrador deleitaba a los presentes, hartos de tantos telediarios, hastiados de tanta muerte. La pequeña taberna con aires bohemios donde se reunían todas las tardes estaba a rebosar.
[contando]
Las cosas inesperadas son las que más impresionan. Por eso, cuando el Narrador dejó de respirar y se derrumbó sobre su mesa, nadie supo que hacer. Un médico le examino y no pudo determinar la causa de la muerte. La autopsia no aclaró nada.
¬ Simplemente, dejó de respirar.
Y pasó a ser un expediente más en el cajón del olvido, alimento del polvo, condenado a vivir sin una respuesta. Un día, muchos años después de este suceso, un becario al que le encargarón limpiar todo aquello abrió el expediente por la última página y leyó en voz alta como queriendo grabar el timbre de su voz en el eco de la estancia:
¬ ... y nunca se encontró su cuaderno.

Asno seguía comiendo alfalfa, pasando totalmente desapercibido, ejecutando perfectamente su plan: esperar hasta el momento justo. Se miró el reloj de pezuña, sincronizado con los otros dos al segundo. Anduvo casualmente hacia el abrevadero y esperó.
Lobo se acercó a Caperucita consciente de que ella le esperaba. Siempre lo hacía, demasiado acostumbrada a su papel. Debía fingir sorpresa aunque los pasos de Lobo fueran torpes. Era su papel. Lobo miró su reloj, faltaban cuarenta segundos.
Urraca seguía observando el cielo, esperando el momento justo para hacer aquello para lo que había nacido: distraer. Sólo necesitarían unos segundos y todo habría acabado.
Narrador entró en el mundo de la fantasía por la puerta principal. Todo parecía normal, sólo tendría que limitarse a leer su cuaderno que, en este mundo, contenía las líneas del destino. No había una sóla respiración que no estuviera marcada por un compás escrito, ni una sola flor que se combara por la fuerza del viento sin que lo dijeran las palabras apropiadas. Ni una sola sonrisa que no estuviera planeada. Pero aquello lo había hecho tantas veces... Siempre el mismo cuento, siempre la misma historia. Los personajes podían actuar solos, ellos no sabían que un cuaderno regía sus vidas.
[así es como debía ser]
Todo fue tan rápido... Urraca se desprendió de su rama sin gracia pero con decisión. Le engatusó con sus palabras, le dijo lo maravilloso que era, lo bien que contaba su historia. Mientras tanto Lobo cogía impulso para dar el salto más grande de su vida, las garras afiladas, los ojos rojos. Un rugido que llamaba a la muerte. Asno sacó la pluma estilográfica y se acercó tranquilamente, con la sonrisa del que se sabe vencedor. Sólo tenía que escribir la muerte del Narrador en la línea correspondiente.
[y no vaciló]

Así es como tres insensatos intentaron jugar con su destino y, al final, perdieron. Pero eso, como decía Conan, es otra historia.

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Infiernos laborales
by milio el día Junio 19, 2003 11:19 PM