Junio 23, 2003
Satisfaction
Aparentaba más años de los que en realidad tenía. Su pelo reflejaba la luz igual que lo haría el más puro marfil. Sus rasgos habían sido esculpidos por una vida no siempre grata, pero imprevisible en cada momento. Los pliegues de su rostro decían más que mil imagenes, la suma de un millón de palabras.
Miró a todos los presentes, uno por uno, sin olvidar una cara, sin dejar de penetrar en unos ojos. No hacía falta que dijera nada, todos comprendieron su mirada. Dijo a cada uno lo que quería escuchar y todos se adaptaron a lo que quería decir.
Él, Narrador hasta donde llegaban sus recuerdos, contando cuentos a quien quisiera escucharlos. Tenía que explicar, debían comprender. Y, sin más preambulos, comenzó.
[y el hechizo se materializó]
Yo soy el narrador y tengo una historia que contar. Hace unos días se produjo una filtración (perfectamente localizada) en el lugar en el que trabajaba y estas líneas que ahora leéis llegaron a los ojos de aquellos para quién no habían sido concebidas. No guardo rencor a nadie y menos a la persona que lo filtró porque hizo lo que pensó que debía hacer y no por eso yo soy quién para juzgarle.
¿Arrepentirse? ¿De qué servía arrepentirse? Uno debe ser consecuente con lo que hace, aceptar las causas y asumir las consecuencias.
Recibí consejos que decían que cerrara la web, que retirara todos los textos que en ella se encuentran, que condenara al olvido lo que una vez empecé con ilusión. Además, creo que en ningún momento aparece un nombre, una referencia concreta, un dato que pueda identificar unívocamente a una persona. No los hay. Como dije una vez: cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Así que hoy me han despedido...
Pero, ¿quién dijo que el final tenía que ser triste? No lo es, ni mucho menos. Porque, por una vez, las cosas han salido como planeaba. Cuando empecé a ver cómo iban las cosas moví mis hilos, movilicé a mis contactos y busqué, como se busca una aguja en un pajar, una alternativa. Tenía pensado irme de la empresa antes de que me echaran pero tenía un inconveniente: no cobraría paro. Ahora tengo paro, un trabajo que me dará un par de semanas de vacaciones y una sonrisa radiante.
Y además, he aprendido dos lecciones:
¬ Nunca mires tu web en el trabajo, se puede filtrar (y comprometerte).
¬ No te creas el cuento de la gallina de los huevos de oro, suelen tener salmonelosis.
Ahora, y sólo ahora, es posible entender el post De Príncipes y Princesas en toda su plenitud.
Y, por supuesto, a este weblog le queda toda la vida que queráis darle (y tengo nuevos lectores).
Infiernos laborales





