Junio 30, 2003
Entropía
El cenicero rebosa colillas asesinas. Las ventanas, abiertas, intentan expulsar al demonio en forma de humo. En el fondo de una taza los restos café se han hecho fuertes y reclaman su independencia.
Un bicho verde asoma su cabeza desde el fondo del armario, temeroso por salir de él. Tenemos mucha confianza, somos grandes amigos. Pero me temo que tendrá que desaparecer.
Folios que se apilan sobre otros folios, papel al que sería necesario aplicar la prueba del carbono catorce para datarlo con exactitud. Algunos deben llevar ahí desde antes de mi nacimiento.
[hace algunos años]
Cientos de cedés (o debo decir cedeses? ozú, que mal suena) se amontonan en pilas, tarteras, cajas y estuches. Vivo entre obleas refulgentes cuya única aspiración es jubilarse para poder dedicar su tiempo a la única afición que conocen: espantar palomas. Los más jóvenes, aquellos que aún no han perdido la virginidad, repiten ansiosos las viejas leyendas sobre la primera vez. Algunos sólo podrán hacerlo una vez. Otros, más afortunados, pueden hacerlo cuantas veces quieran. Se hacen llamar regrabables.
¬ Dicen que quema un poco.
¬ No, dicen que no sientes nada.
¬ ¿Y sólo podré hacerlo una vez?
¬ Tú sí, pero aquellos de esa tartera son multiorgásmicos y, además, poligámos. Qué vida más perra...
Miles de cables que conectan otros tantos aparatos. Transformadores, cargadores, tarjetas y circuitos. Un ventilador que ya no da más de sí, pedirá la jubilación anticipada. Libros que se amontonan en unas estanterías diminutas, relojes condenados a un retraso perpétuo y unos altavoces deseosos de cantar, dominados por un subwoofer tirano y déspota.
Y un arco que cuelga de la pared, recuerdo de tiempos mejores. Un regalo que no pasa desapercibido.
Y en el fondo el gotelé, siempre presente. Sobrevivió a mis aires de cambio, a aquella obsesión por pintar las paredes de otro color que no fuese tan claro en un tiempo en el que mi alma era negra. Cuando la oscuridad se cernía sobre mí sólo las paredes continuaban blancas, un pequeño reducto de inocencia en mi alma calcinada.
Necesita un cambio. Tengo que darle un toque personal a una estancia que no dice absolutamente nada de mí. Luchar contra la dejadez y poner orden donde nunca lo hubo. Creo que el bicho verde que hasta hoy ha sido un compañero de fatigas debe mudarse a otro sitio.
[adiós, amigo]
Locuras





