Julio 23, 2003
Catatonia
Parece mentira lo que uno puede alargar los días con la ayuda de un miserable virus. No duermes por las noches porque tu nariz te lo impide. Se revela y decide hacer una huelga de insomnio. Por más que intentas convencerla de que no llegará a ninguna parte, ella sigue siendo terca por sistema y no accede a tus deseos.
Das vueltas en la cama y, resignado a no dormir, le das unas capas de pintura a tus recuerdos. Pintarás los buenos recuerdos de blanco para que reflejen toda la luz. Intentarás quitar el color negro de los malos, aunque te cueste mucho trabajo. Absorven tanta luz que llenan de oscuridad todo lo que tocan. Pintarás con pintura fluorescente aquellos errores que cometiste en el pasado para que, cuando pasees por tu memoria, no pasen desapercibidos. Si el hombre es el único animal que tropieza tres veces en la misma piedra, tú eres más humano que nadie porque nunca recuerdas qué piedras te hicieron caer.
[de bruces]
Miras el reloj y te das cuenta de que las agujas no se han movido desde la última vez que miraste. Luego recuerdas que ese reloj no tenía pilas y te pones un post-it mental para recordar cambiarla al día siguiente. Lanzas un brazo en la oscuridad buscando el móvil, fiel compañero de fatigas, nunca duerme porque nunca lo apagas. Estableces una referencia mental sabiendo que, cuando lo mires otra vez, sólo habrán pasado unos minutos que a ti te habrán parecido horas.
[odio el insomnio]
Poco a poco entras en el mundo de los sueños. Guiado por el cansancio, dando la mano a la monotonía, que precede tus pasos por un sendero donde cada fase del sueño está precedida por un cartel. Miras a ambos lados del camino y puedes contemplar tus sueños, fantasías que al día siguiente no recordarás. Tus miedos visten ropa andrajosa y te llaman con su voz de ultratumba. Los anhelos están al otro lado del camino, sonriendo amablemente, vestidos con sus mejores galas. Te cruzas con tus preocupaciones, que te saludan efusivamente. Algunas son nuevas, otras de sobra conocidas.
Te adentras en el desfiladero de la desidia, donde todo está por hacer, donde nada está completo. Casas a medio construir, cimientos llenos de telarañas. Te invade una sensación de eternidad y tus pasos se hacen más lentos. Todo emana un aire de grandeza perdida, de proyectos que se quedaron en el tintero de la vida, ideas brillando eternamente en sendas bombillas colocadas al azar. Unas están rotas, otras apenas lucen.
El amor viaja en su Cadillac rosa. Colores estridentes para un motor que suena demasiado. Empalagoso como una película de amores imperecederos. Vistoso como el reclamo sexual de un animal en celo. Espectacular como una avenida copada de luces de Neón. Suplicante como un oasis en mitad de un desierto. Perdido como una apuesta en una ruleta trucada. Las dos caras del amor, con su máscara de arlequín, que responde a las miradas como mejor le convenga.
Entras ahora en el caótico territorio del sinsentido. El surrealismo campa a sus anchas. Paisajes creados por ti que ni siquiera recuerdas. Imágenes de todas y cada una de las etapas de tu vida, mezcladas sin orden ni concierto. El camino puede subir mientras tú bajas. Los árboles crecen hacia abajo y siempre llueve hacia arriba. El viento no sopla, succiona. Genialidad o locura, lucidez o falta de sentido. No eres quién para juzgar el mundo de los sueños. Las cosas han sido así desde el principio.
[hay cosas que no cambian]
Abres un ojo deseando no estar despierto. Esperando que todo sea parte del mismo sueño que acabas de inventar. El sol no ha despertado aún. Miras el reloj del móvil y suspiras. Jurarías que han pasado veinte minutos pero eres incapaz de recordar la referencia que te marcaste anteriormente.
¿Y si fuera un sueño? Te da igual, no vas a molestarte en comprobarlo. Cierras los ojos y ocupas tu lugar en el mundo de los sueños.
Te has alojado en Catatonia.
Metafísica





