Julio 27, 2003
Remoto
El autobús surca las carreteras como una flecha cuyo dibujante olvidó trazar la punta. La inercia te lleva de un lado al otro de tu asiento mientras tu improvisado compañero desafía las leyes de la física expandiendo su cuerpo hasta límities imposibles. Te mira, sonriente en su improvisado trono, es el rey del espacio. El conductor se ha empeñado en obligarnos a ver la película, queramos o no. Para lograr su objetivo no duda en subir el volumen al máximo, provocando una vibración estridente en la membrana de los altavoces. Yo aprieto los cascos del discman contra mis oídos, pero no consigo apagar las voces. Así, disfruto de una versión impensable de Notting Hill, donde la banda sonora la escojo yo.
[un remake]
A medio camino el móvil me juega una mala pasada y se escurre de mis manos. Aterriza en algún lugar indeterminado en el mar de asientos. No lo encuentro y no me queda más remedio que movilizar a medio autocar para encontrarlo. ¿Era más fácil llamar para ver dónde estaba? Claro, pero eso sólo funciona si te sabes tu propio número...
[y yo nunca me llamo a mí mismo]
En el pueblo todo es igual. Las cosas son así desde tiempos inmemoriales. Cuando llegas tienes que saludar a todo el mundo, incluso a la gente que no conoces. Aquello parece una receptión en la Moncloa. Cruzas frases sin sentido con gente que no recuerdas, contestas a las preguntas estoicamente y sonríes con la mayor dosis de hipocresía que eres capaz de reunir. Te limitas a seguir el protocolo.
Te dedicas a buscar algo nuevo. Un año fue el paseo marítimo (en un pueblo en las entrañas de la península), otro le toco el turno a unas farolas que no desentonarían alumbrando cualquier casino en Las Vegas. ¿Habrán hecho una estatua de la libertad a escala? No, este año no hay sorpresas.
Mi visita ha coincidido con las fiestas de un pueblo cercano. Esas fiestas con aroma a churros requemados y banda sonora llena de pasodobles y canciones casposas. Cada año es peor que el anterior. La decadencia se puede cortar con unas tijeras. Presente en cada esquina, instalada en cada hogar, cantando sobre un escenario. Compras una hamburguesa porque te gusta el riesgo y pides una copa y te sirven alcohol de quemar destilado en barrica y con denominación de origen.
[dudoso]
La banda encargada de amenizar la fiesta encajaría perfectamente en un espectáculo circense. Asistes a un espectáculo ridículo-musical sin igual. Quizá tardes años en olvidar el mal rato que pasaste.
Y el domingo toca volverse. Llegas a la estación con el tiempo más que justo y te comunican que el autocar express ya está lleno, así que te tocará hacer una improvisada ruta turística por los pueblos de Castilla. Escojes un buen asiento y te resignas a pasar las tres siguientes horas de tu vida acoplado en una silla, dormitando. El autocar se va llenando poco a poco y tú aún sigues sólo. En cada parada te haces el dormido para que nadie se siente a tu lado por no despertarte. El truco funciona hasta que se llena el autobús. Hay muchos tipos de acompañantes, algunos malos y otros peores. Pero, si hay uno que no soporto, es el que huele mal...
... que es el mismo que me ha tocado. Desde ahí hasta Madrid he viajado dentro de una cuadra, aguantando un perfume sofocante y que si uno se somete a una exposición prolongada, puede ser mortal.
Por si no había tenido un día lo suficientemente movido, al llegar a casa me he dado cuenta de que no tenía llaves.
[catastrófico]
Madrid, no te libras de mí ni en verano.
Yo, me, mí, conmigo





