Agosto 01, 2003
Visita
Esta mañana el mismísimo Diablo ha llamado a mi puerta. Lejos de ser una película de terror, un relato que se cuenta al calor de una hoguera o una leyenda urbana, ha sido una mera casualidad.
¬ Buenos días, soy el Señor de las Tieneblas. El Amo del Averno, el Rey de la Maldad. El Príncipe de los Condenados y Sumo Pontífice de los Ritos Oscuros. Me llaman por muchos nombres, pero yo siempre he preferido el de Satanás.
¬ ¿Hmm, y qué se le ofrece? Sabía que mi vida no es un ejemplo de virtud, que me alejé de los designios de la iglesia, que vivo el pecado siempre que se me ofrece la oportunidad... Pero esto me parece una exageración.
¬ Déjate de gilipolleces y abre la puerta, que me estoy asando. ¿Porque tienes aire acondicionado verdad?
Después de pensarlo durante unos segundos, le dejo pasar.
¬ No me gusta dar las gracias, así que no las daré. Tampoco te voy a pedir que me agasajes como mi autoridad exige. Enciende el aire acondicionado y hablaremos de negocios.
Ceremoniosamente, como si de un ritual se tratara, cogí el mando del aire acondicionado.
¬ Bien, ahora te ofreceré algunos de mis servicios sin que tengas que dar tu alma a cambio. Para que veas lo generosos que somos ahí abajo. ¿Qué quieres?
¬ Déjame pensar...
¬ ¿Vivir en el reino de la lujuria? Bueno, eso no es difícil, al fin y al cabo los humanos sois de las pocas especies que están toda la vida en celo, concretamente los machos. ¿Y riqueza infinita? ¿Qué tal controlar algún Estado? ¿Ser la persona más poderosa del mundo? ¿La fórmula de la Coca Cola? ¿El elixir de la eterna juventud?
¬ No, quiero otra cosa.
Adopto un tono solemne.
¬ Entender a las mujeres, saber cómo van a reaccionar en cada momento. Comprender lo incomprensible.
¬ ¿¡Gratis?! Eso te costará tu alma... y la de tus descendientes.
[tampoco pido tanto]
En fin, voy a ir acabando que viene un señor muy raro con una camisa de fuerza. A lo mejor quiere que le encienda el aire acondicionado...
[o no]





