Agosto 15, 2003

El descanso del guerrero

Esta semana mi proveedor de adsl se ha empeñado en darme unas vacaciones forzosas. La jodida maldita línea funcionaba a ratos y, al poco tiempo, se caía.
Además, esta semana ha llegado mi nuevo compañero.
¬ Me llamo nx9010, HP nx9010.
¬ Tú eres más chulo que un ocho.
Siempre he querido tener un ordenador portátil pero, hasta ahora, era un capricho de tecnófilo. Sólo cuando realmente lo he necesitado me he decidido a comprarlo. El muy cabrón perro me ha dejado la cuenta bancaria bajo mínimos y ha absorvido mi tiempo entre reinstalaciones, configuraciones y demás pérdidas de tiempo.
Esta semana me han dejado relativamente sólo en casa. Y digo relativamente porque no he llegado a disfrutar realmente de la sensación de libertad. Esa libertad de la que todo el mundo habla, esas prácticas de la vida en mi propia casa. Aún me queda mucho por aprender. Menos mal que para eso están los precios prohibitivos de la vivienda, para que no te independices fácilmente y puedas aprender, mientras ahorras, los secretos de la independencia.
[tienes tiempo de sobra]
Ayer cogí un autocar que me traía directamente al pueblo. Un lugar donde observar la bóveda celeste y guardarme en un bolsillo todas esas estrellas que en Madrid no soy capaz de contemplar. No sé de dónde viene esa fijación mía por las estrellas, pero el hecho es que la tengo. Nunca he sido un gran conocedor del firmamento, nunca me he sabido las constelaciones y siempre me he preguntado por qué la Osa Mayor se llama así si no tiene forma de osa (ni de oso).
[ni de nada parecido]
El pueblo es el lugar perfecto para evadirse de todo. Olvidar los problemas de la gran ciudad y sumergise en un mundo de quietud. El tiempo, aquí, hace mucho que se detuvo. Año tras año, sentados en los mismos sitios, paseando por las mismas calles, observando los mismos rincones, nos damos cuenta de que el tiempo dejó de fluir el mismo día en que conocimos este paraje. Los únicos que cambiamos somos nosotros, que año tras año vamos creciendo mientras el resto del pueblo, con su edad infinita, se suspende en los bucles del tiempo, olvidando que a cada segundo debe sumar otro.
[hacer que fluya el tiempo]
A veces odio todo esto. Odio tanta tranquilidad y tanto silencio que me hacen recordar lo que un día intenté olvidar. Mi memoria es como un animal en celo, protegiendo celosamente los recuerdos que no quiere destruir, buscando nuevas situaciones que copular para crear así un millón de recuerdos más que proteger.
[mi mente no olvida]
Y es ahora, justo en este momento, cuando me trae imágenes que creía ya olvidadas, fragancias que intenté desterrar, una voz que no podré olvidar y unas palabras que se dijeron para no ser repetidas nunca más. Y ahora, justo en este momento, odio la soledad como nunca.
Dicen que a veces no echamos de menos a una persona, sino al rol que representa. Esa persona con quien lo compartes casi todo. Pones en una balanza las aportaciones que los dos hicísteis a una relación que siempre parece perfecta hasta que te das cuenta de que la balanza se inclina peligrosamente hacia un lado. Lo que llegará ya no depende de ti, es el destino caprichoso con sus infinitas curvas el que colocará los puntos y las comas donde él crea que deban ir.
[y a ti no te lo parecerá así]
En fin, el pueblo es así, ni bueno ni malo, símplemente diferente. Una entidad aislada del curso de la historia, invariante casi siempre. Cambiando la vida de las personas que lo habitan ocasionalmente e impregnando a fuego su huella en los infelices que lo visitamos.

Clasificado en:
Yo, me, mí, conmigo
by milio el día Agosto 15, 2003 05:17 PM