Agosto 16, 2003

Punto de inflexión

Un día, mucho tiempo después de aquella tarde aciaga, intentó recordar. Buscó en los archivos de su memoria las imágenes de aquel día. Necesitaba un recuerdo, algo que le ayudara a comprender lo que pasó realmente.
¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? ¿Qué ocurrió para que deseara desconectar de la realidad? Desligarse de una vida que no le pertenecía, de algo que no se ganó con su propio esfuerzo, una vida que le regalaron por segunda vez.
Buscaba respuestas sin encontrar ningún indicio. Vendería su alma al mejor postor para conseguir recordar esa cara que nunca había conocio. Aquella donante anónima que le había regalado una vida sin que el se lo pidiera.
[gratuitamente]
Su existencia podía definirse como una curva, una parábola quizá llena de situaciones críticas. Muchos puntos de inflexión en los que su vida pasaba de un estado a otro, sin consultar, ejecutando unas órdenes que no llegaban de él. Intérprete en un mundo en el que nadie quería comprender.
Personas que se movían de aquí a allá freneticamente, un gran hormiguero donde cada individuo tenía su cometido, todos menos él. Apartado de una sociedad excluyente que ejercía una presión sin fin sobre sus ejes. Él era el agua en un charco de aceite.
Por eso un día decidió quitarse la vida. David Bowie dijo un día que la edad perfecta para morir era a los veintisiete años. Ni uno más, ni uno menos. Se convirtió en un suicida de vocación, por una vez en su vida tenía algo por lo que luchar.
[y morir]
Tomó decenas de pastillas de todos los colores, variados sabores y tamaños variopintos. Por un instante recordó todas aquellas películas de protagonistas caducos determinados a acabar con su vida. Se tragó todas aquellas píldoras de colores y esperó a que la muerte llegara con su guadaña y cercenara su vida con un único pero certero golpe.
[la muerte nunca fallaba]
Ella surgió de la nada y golpeó sin preguntar. No pidió últimas voluntades, no emitió ni un sonido. Levantó su guadaña y la descargó con todo el peso de la condena...
... y falló.
Él quedó moribundo, con un alma que se desangraba por momentos. La niebla no le dejaba ver lo que tenía más allá. Y perdió el conocimiento.
Pasó un tiempo indeterminado. Días, semanas, incluso meses. Abrió los ojos en una habitación de cualquier hospital preguntádose qué había hecho mal, por qué seguía con vida. La vida le había gastado una última broma, la más macabra de todas.
Los médicos le dijeron que, encontrándose al borde de la muerte, alguien le donó aquel órgano que necesitaba su vida para funcionar. Alguien que no quería ser reconocido. Sólo le dieron un dato: había sido una mujer.
Y desde aquel día intentaba buscar sentido a una vida que no había merecido, una vida que alguien le regaló sin su consentimiento. Ahora no podía acabar con ella porque había una parte que no le pertenecía y que debía conservar hasta que la muerte volviera para, de una vez por todas, no fallar.

Clasificado en:
Realismo ficticio
by milio el día Agosto 16, 2003 05:05 PM