Septiembre 01, 2003

Una estrella

Compré una escalera que me llevara hasta el cielo. Quería coger una estrella que alumbrara la oscuridad de mi habitación cuando tú no estuvieras.
[quién quiera que seas]
Subí un peldaño tras otro, superé mi miedo a las alturas y creí que podía volar.
Le alquilé sus alas a un ángel caído aunque me avisó de que no siempre funcionaban. Abroché el cinturón de las ilusiones y me puse un medallón que me dió un sapo convertido en príncipe.
¬ Guárdalo para cuando quieran convertirte en algo que no eres. Yo lo encontré tarde, pero a ti quizá te funcione.
Robé una gallina que ponía huevos de oro. A solas con ella prometió ayudarme a luchar contra la especulación y darme un hogar tarde o temprano.
Llamé al rey Midas porque no me fiaba de la gallina.
[nunca se sabe]
Busqué a Cenicienta para que me contara el secreto de su calabaza. Pregunté en cada esquina por Caperucita cansado de que tanto lobo disfrazado de hombre matara a tanta mujer enamorada. Quería saber lo que nunca nadie preguntó.
Recorrí las calles de la razón buscando una explicación para tanta sinrazón. Vi en cada esquina una historia, leí un libro impreso en cada piedra, un charco de sangre me habló de la maldad del hombre y un ramo de flores me dijo todo lo contrario.
Espié a las parejas de enamorados, inmersos en un mundo propio de felicidad y falsas apariencias.
Recorrí los pasillos de un hospital nueve meses después para ver cómo la vida ponía una alfombra roja en una sala de partos, preparada para recibir a un nuevo ser. Leí las miradas e intenté someterme a una regresión voluntaria sin resultado.
Vi cómo, a la vez que llegaba una nueva vida, expiraban muchas otras. Observé a las almas errantes desde mi ventana y me despedí de todas ellas con la mano. Mi cabeza estuvo a punto de explotar cuando todas ellas me transmitieron su historia, un legado que no debía perderse en la ciénaga del tiempo.
¬ Serás mi cronista.
¬ Tú escribiste tu propia historia.
Me desvanecí, como una sombra, entre las lápidas de cualquier cementerio. Para observar sin ser visto, para no interferir en el dolor de la gente. Las lágrimas me gritaron al oído y sentí cómo la tierra me sepultaba bajo toneladas de dolor. Y, al final, sólo sentí tranquilidad. El silencio y la fragancia de unas flores frescas que no tardarían en marchitar, mutiladas y moribundas.
Y entonces usé mi escalera, una noche de verano copada de estrellas. Le pedí permiso a la Luna y me obsequió con una sonrisa.
¬ Coge una estrella si puedes cuidar de que su luz nunca se apague. Nunca le hagas daño, nunca la abandones. Si no eres capaz de amarla baja por donde has subido, con las manos vacías y tan negras como tu corazón. Muchos han subido aquí, todos con la misma escalera. Muchas estrellas he perdido y pocas más son las que quiero perder.
Bajé por donde había subido, con una estrella bajo el brazo y una sonrisa en los labios. La instalé en mi habitación, me tumbé en la cama para finalizar mi viaje. Entonces me pregunté si realmente conocía a los humanos, si me conocía a mí mismo.
La estrella brilló más que nunca y me dijo:
¬ No esperes conocer lo que estás ansioso por descubrir. Deja un hueco para la sorpresa y confórmate con los pequeños detalles que te regale la vida. Comprenderás tu vida el mismo día en que se acabe, un instante antes de que tu respiración se corte para siempre. Entontes, y sólo entonces, me iré para que otro pueda recogerme. Brillaré durante una semana y después te olvidaré, porque así funciona la memoria de las estrellas. Cada día que mires al cielo y veas una estrella brillar como nunca lo había hecho, sabrás que está recordando a su antiguo compañero, cerrando un ciclo para comenzar otro nuevo. Eso es lo que los humanos llamáis inmortalidad.
Esa fue la última vez que escuché su voz. Muchos años después, cuando mi vida se acababa, recordé sus palabras y sonreí. Tenía toda la razón del mundo.
¿Qué descubrí? Eso ya nadie lo sabe.
[lo olvidé una semana después]

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Metafísica
by milio el día Septiembre 1, 2003 01:53 AM