Septiembre 03, 2003
Porque te puede pasar a ti
Tú, que viajas en tu coche mirando el asiento del copiloto, donde descansa tu flamante maletín lleno de billetes. Tú, que te ríes de los mafiosos de las películas porque su dinero no es de verdad. Tú, que traficaste, malversaste fondos, robaste lo que te dejaron y hurtaste lo demás.
Acostumbrado al uso de un revólver o una semiautomática, porque siempre te gustaron las armas ruidosas.
[tú, mi querido criminal]
¿Y si fueras tú? Sí, tú que ahorraste hasta la última peseta y, cuando llegó el euro, ahorraste céntimos. Amasando una pequeña fortuna fruto de tu trabajo y sacrificio. Camino de casa observas ese maletín de cuero donde están todos tus ahorros. Miras nervioso cada cosa que se mueve, no vaya a ser que salga un ladrón con su antifaz y sus malas intenciones tras aquel arbusto sospechoso o aquella roca sombría.
[tú, mi envidiado nuevo rico]
Seas quién seas, decidiste parar a mitad de camino por alguna razón desconocida. Saliste del coche ceremoniosamente mientras tu mano se quedaba sin circulación de aplicarle tanta fuerza al maletín. En un momento indeterminado pusiste el maletín sobre el techo del coche y te olvidaste de él.
El motor comenzó a rugir con rabia, giraste el volante. Poco a poco el vehículo se incorporó a la autopista. Te gusta tu coche y te gusta exhibir su velocidad. Si pisas el acelerador a fondo se convierte en una sombra. El aire golpea tu cara casi violentamente mientras el maletín inicia su vuelo.
[billetes de muchos ceros experimentan su libertad]
Tú, trabajador explotado hasta la saciedad, tanto que la evolución colocó una mecha donde tu espalda pierde su noble nombre. Tú, que has trabajado intensamente (porque para ti no existe la jornada intensiva). Acusas la depresión postvacacional, que dejará paso a la depresión laboral y acabará en un lento proceso de combustión que se prolongará hasta las siguientes vacaciones. Circulas por una autopista cualquiera, perdido entre tanta línea discontínua.
[adorable currante]
Algo pasa volando sobre ti dejando una estela de papelillos. Espera... ¡son billetes! ¡y de los grandes!
Es entonces cuando te acuerdas de la religión:
¬ ¡Dios!.
Frenas en seco, imitando el gesto de los que te rodean. Bajas del coche y comienzas a recoger cuantos billetes puedes. No te preguntas de quién serán, prefieres creer en la hipótesis del regalo divino. Miras a tu alrededor y ves la misma expresión en todas las miradas: codicia. Dejas el suelo límpio de billetes y vuelves a tu coche, no vaya a ser que alguien pregunte.
Y te permites una última reflexión, acompañada por una amplia sonrisa:
¬ Quién habrá sido el gilipollas...
¿Ésto es real? Totalmente.
Sospecho que éste señor tiene cara de haberle pasado algo parecido:

Cosas que pasan





