Septiembre 10, 2003
Cómo vivir más
Hoy, mientras veía el Zapping de Lo+Plus (uno de los pocos programas que veo), ha salido una noticia de una mujer china que cumplía ciento dieciséis años, ahí es nada.
Decían que el secreto de su longevidad era su peculiar estilo de vida: dormía durante dos días seguidos y luego se mantenía despierta otros dos. Deben ser como una especio de microhibernaciones.
Entonces he pensado que yo sería feliz haciendo eso. Si lo pensamos bien, nuestros horarios están mal diseñados. El ingeniero celestial que nos diseñó se dejó un fleco suelto. Necesitamos dormir una media de ocho horas todos los días. Esto nos obliga a elegir una parte del día que nos saltaremos porque no tenemos más remedio. Sin embargo, si durmiéramos un día entero y al siguiente nos mantuviéramos despiertos, disfrutaríamos del ciclo entero. Veríamos salir el sol, y contemplaríamos cómo la luna ocupa su lugar cuando llega la noche, para ocultarse cuando las estrellas se cansen de alumbrar.
[cerrando el ciclo]
Estaba yo en estas cavilaciones cuando me he dado cuenta de que no tenía tabaco. Mi cerebro ha encendido la luz de falta de nicotina y ha activado el mecanismo de sometimiento a necesidades imperiosas impuestas por terceros. He pensado que, ya que iba de camino, podía comprar un par de helados (uno de los pocos productos capaces de superar su precio año a año sin que nadie lo advierta).
Entro en el bar y los camareros están comiendo. Me miran indecisos...
¬ No se levante, que tengo que elegir aún el helado.
Observo el cartel y hago mi elección. Me acerco a la barra y espero pacientemente...
... les miro ...
[y sigo esperando]
... carraspeo ...
[ni me miran]
¬ ¿Hola? Que ya he elegido los helados.
La camarera me mira con odio contenido y una bola de carne en la boca. No disimula que tiene la boca llena y me sostiene la mirada.
¬ Cógelos tú.
[esto es un autoservicio o qué?]
Y se concentra en su plato como si fuera lo más importante en su vida. Así que me acerco a la nevera, busco con la vista el traje de heladero para la ocasión, y buceo entre las cajas de helados. Saco unas y meto otras, busco aquí y allá y, al final, cansado de tanta vuelta, cojo dos al azar.
Vuelvo a la barra...
[paso desapercibido]
... carraspeo ...
[aún a riesgo de estropearme la garganta]
¬ ¿H-O-L-A? ¿Puedes cobrarme los jodidos helados?
La camarera se levanta ceremoniosamente. Traga lo que tiene en la boca y se acerca mirando al suelo. La doy los helados y un billete de cinco euros.
Se da la vuelta y empieza a hacer sus cuentas. Pasa un minuto y la mujer no reacciona, empiezo a temer por su salud. Finalmente me dice:
¬ ¿Cuánto valen?
[!!]
¬ Este vale uno con veinticinco y este uno con cincuenta.
Se da la vuelta y empieza a sumar. No sé si estaría llamando a la Nasa para que le resolvieran una cuenta tan complicada. Pasa un minuto...
¬ Dos con setenta.
Me siento tentado a decirle que se está equivocando pero el final lo dejo estar. Cojos mis helados, mi vuelta y me voy por donde había entrado.
[por primera y última vez]
Ahora empiezo a comprender por qué hay gente que llega a los ciento dieciséis años.
[así cualquiera]
Cosas que pasan





