Septiembre 12, 2003
Miradas
A veces pienso que las cosas no son siempre iguales. Que los objetos, inanimados por su propia condición, despiertan cuando ninguna mirada se encuentra con ellos y, perezosos, cambian su apariencia. Basta un pequeño detalle para que el todo parezca distinto.
Edificios que parecen estar guiñando un ojo cuando te miran. Carreteras que modifican sus curvas como queriendo expresar su estado de ánimo. Luces que ajustan su intensidad según su conveniencia. Sonidos que aparecen en el momento justo y desaparecen al instante siguiente.
[expresión estática]
He pasado miles de veces por las calles cercanas a mi casa y siempre me transmiten una sensación distinta. Un atardecer que trasfiere tonos dorados a las fachadas, como si estuvieran en un gigantesco horno, gratinándose poco a poco. El sol reflejando sus rayos en las blancas paredes, cegándome con su resplandor blanquecino.
[la luz del cambio]
Luego me paro a pensar. Obligo a mis neuronas a que se sienten, se relajen y vean las cosas como son, sin prisa, observando cada detalle. Entonces me doy cuenta de que todo lo que pasa por mi retina se transforma sutilmente al llegar al área de mis sentimientos.
[alterando la realidad]
Cuando rezumo alegría todo es blanco, todo refleja la luz del sol. Las paredes me hablan, las farolas me susurran cuando leo por la calle.
¬ Ten cuidado, no vayas a chocarte conmigo.
Pero, cuando estoy triste...
Cuando las cosas no van bien la oscuridad que se adueña de mí traspasa el plano de lo ficticio y se mezcla con mi realidad. Las fachadas me amenazan, se vuelven oblícuas y me siguen con su mirada. Las plantas se apartan de mi camino temiendo que les robe la luz que es su vida. Incluso el sol se esconde tras una nube de humo, espesa como los malos recuerdos, impenetrable como una midada de odio. El teclado se mueve imperceptiblemente, confundiendo mis palabras y creando vocablos que no existen ni en la imaginación del más osado.
Por mucho que queramos, nunca podremos mirar las cosas sin cambiar un poco su esencia, sin hacerlas nuestras y obligarlas a pasar por el prisma de nuestros sentimientos. El día que vea las cosas como son, sin alerarlas, será porque haya perdido la capacidad de sentir.
[la ceguera del alma]
Metafísica





