Septiembre 21, 2003

La calle del olvido

El cartel del hotel chillaba con su chasquido eléctrico. Luces azules que buscaban las miradas casuales de cualquier curioso que, a esas horas tan intempestivas, caminara por una calle cuyo nombre ya nadie recuerda. Cuando murieron los ancianos del lugar, aquellos que guardaban sus vidas en las bolsas de sus ojos, el nombre de la calle desapareció del recuerdo. La llamaban la calle del Olvido. Un día el letrero cayó al suelo y, desde entonces, nadie se preocupó de ponerlo.
Ella, después de una de las noches más extrañas de su vida, se encontraba bajo aquel cartel presuntuoso, de tamaño desproporcionado y brillo deslumbrante. Hotel Olvido, rezaba el luminoso. Después de todo lo que había experimentado aquella noche le parecía el lugar idóneo para pasar lo que le quedaba de vida.
[huyendo del recuerdo]

Eran las doce de la noche, una hora bastante extraña para recibir visitas. Su trabajo, si podía llamarse de alguna forma, era adivinar el futuro. Ella lo consideraba un don, pues podía asomarse al futuro por la puerta de atrás y sin llamar. Podía, además, bucear en el pasado sin necesidad de respirar bajo el agua.
[se encontraba en su medio]
Desde que era una niña había aprendido a leer en las mentes de la gente, a descifrar aquella retorcida escritura con tinta trasparente.
[las líneas del destino]
Llovía en la calle, con tanta intensidad que los cristales vibraban con cada impacto. El timbre sonó tímidamente, sin intención de molestar, con el tono entrecortado y sin producir eco. Abrió la puerta y se encontró a una mujer joven y completamente mojada.
¬ Quiero que me lea el futuro. Le pagaré lo que me pida, sólo busco respuestas.
Sintió un impulso muy fuerte de cerrar aquella puerta, algo en aquella mujer le transmitía malas vibraciones.
[pero permitió que pasara]
Cogió su mano y cerró los ojos, como hacía siempre. Sumergió su cabeza en las aguas del pasado, pero sólo vio oscuridad. Nunca había visto nada similar. Se dio la vuelta y abrió, tímidamente, la puerta del destino. No vio nada, sólo la misma oscuridad que lo llenaba todo. Asustada, abrió los ojos y la miró fijamente.
¬ ¿Qué ve?
¬ Oscuridad, olvido... muerte. Nunca digo esto a mis clientes, pero con usted es una sensación demasiado fuerte. Quizá, en el fondo, no exista.
No necesitaba más detalles. Sus sospechas eran ciertas. Había pasado por la vida sin ser nada, la gente no la recordaba, no aparecía en ningún papel, no era ni un recuerdo. No era nadie.
¬ O quizá... quizá usted misma haya olvidado lo que fue.
Comprendió en ese momento que su vida se acababa y se marchó sin despedirse, dejando casi todo el dinero que llevaba sobre la mesa.
¬ Vaya a la calle del Olvido, quizá allí recupere sus recuerdos o se es esfume para siempre...
Y se dirigió a la calle del Olvido, dispuesta a terminar con aquella farsa.

Aquella noche, cuando una vida que la naturaleza se olvidó de contabilizar expiró para siempre, media ciudad perdió sus recuerdos más lejanos. Cerca del epicentro el olvido fue total, hasta tal punto que los vecinos de esa calle olvidaron la mitad de su vida. No era la primera vez que pasaba y pasaría muchas más.
[en la calle del Olvido].

Clasificado en:
Metafísica , Realismo ficticio
by milio el día Septiembre 21, 2003 11:59 PM