Septiembre 24, 2003
Arrugas
Su mano es como un mapa donde alguien hizo resaltar cada camino. Intento tranquilizar sus temblores mientras leo el contenido de una vida.
Mis dedos recorren cada surco, cada vena, cada arruga. Veo alegría en blanco y negro, veo llantos en color. Creo que soy capaz de sentir lo que ella una vez experimentó.
[hace muchos años]
Soy joven y feliz. Mi vida es sencilla pero alegre. Me veo arrancando una hoja del calendario donde alguien escribió el año con letras interminables: mil novecientos treinta. Letras doradas sobre un fondo negro, el oro dominándolo todo. Tengo hambre pero soy capaz de sonreir.
[vivo]
Pasan los años, llegan las guerras. Por mi cabeza pasa un horrible sentimiento de incertidumbre, no puedo entender cómo aquellos que ayer eran vecinos hoy se matan.
Las calles antes estaban limpias, hoy rezuman odio. El odio es verde, es un gas pestilente que se cuela por cada ventana, que busca los ojos para cegarlos, que ansía las mentes para corromperlas.
[que mata]
Los tiros, las malditas balas, los cuchillos infernales. Puntas, filos, muerte. Cada semana llegan viajantes contando sus historias. Ambos bandos ganan, todos pierden. Así es la guerra y así la estoy viendo.
[en mi viaje al pasado]
Entonces, cuando la vida está comenzando a perder su alegría apareció la persona con la que pasaría el resto de mi vida. Miradas capaces de matar, cercenadas por la censura social que nos habían impuesto. Sentimientos, anhelos, que la santa iglesia tiñió con el color de la heregía, del pecado, del rojo más intenso entre los tonos del infierno. Me casé de blanco, por la santa iglesia. Tres hijos en no muchos más intentos. La represión mirando por cada ventana, espiando en cada cerradura, oculta en cada esquina. La maldita represión que todo lo veía.
En mi vida conocí una República, una Dictadura y una Democracia. Nunca me importó el sistema político mientras tuviera algo que llevar a la boca de mis hijos. Distintos poderes, la misma vida.
Envejecí dignamente, recogiendo los frutos que fui sembrando durante toda mi vida. Unas semillas que fueron creciendo y acabaron formando un vergel de experiencias. Una infinidad de huevos que fueron eclosionando poco a poco. Mi vida, nuestras vidas, creciendo como una enredadera milenaria cuyas raíces no somos capaces de recordar.
Me dediqué a vivir como me enseñaron, como aprendí poco a poco, tal y como transmití a mis descendientes. Y el tiempo pasó.
[lentamente]
El tiempo es caprichoso y, mientras que en la juventud se acelera, cuando llega la madurez estabiliza su ritmo. Parece como si la edad disfrutara más en la madurez y quisiera alargar este período hasta la saciedad.
Entonces, como es ley de vida, llegó la muerte con su guadaña a sembrar el terror entre los ancianos del lugar. Vi morir a muchos amigos, no pude despedirme de ellos, sólo llorar su muerte. Un día la muerte llamó a mi puerta:
¬ No vengo a por ti, vengo a por él.
Y se lo llevó. Se llevó parte de mi alma, se llevó un pilar de mi vida, que aún cojea renqueante. Lloré como no lo había hecho nunca, sentí rabia, insulté a ese Dios que, según nos enseñaron, era todopoderoso. Grité por dentro porque, por fuera, no podía. Recibí el pésame hipócrita de algunos y el silencio sincero de otros. Odié al párroco el día del entierro pero, aún así, volvería a la iglesia cada día. Al fin y al cabo, sólo me quedaba Dios.
Aprendí a vivir con la soledad. La senté a mi mesa, a tomar un café, a hablar de las horas perdidas.
Y ahora, justo en este momento en que la caprichosa salud hace que mi cuerpo tiemble y mi estómago se retuerza, estoy agarrando la mano de mi nieto.
Veo el futuro en sus ojos porque, en los míos, sólo queda pasado.
Yo, me, mí, conmigo





