Octubre 06, 2003
Ángel de la guarda
El día en que salí de la cadena de montaje donde, en el cielo, se ensamblan los humanos, el operario frunció el ceño pensativo. Algo en aquella construcción no había salido del todo bien.
¬ Este ser será perseguido por la pereza.
Desde entonces lo dejé todo para el final. En mi vida, las prisas son una constante. Nací tarde, no por hacerme de rogar, sino porque dejé para el último momento la tarea de buscar el camino hacia la luz.
[aún cuando yo no tenía que hacer mucho]
Como me aburría mucho descubriendo el mundo por mi cuenta, aprendí a hablar. Estaba deseoso de empezar a engañarme a mí mismo con el arte de las palabras. Inventarme tiempo inexistente manipulando las agujas de mi relog biológico.
En el colegio lo dejaba todo para el final. Siempre estudiaba el último día o la última hora. Las prisas, un amigo con el que tenía que aprender a convivir. Nunca nadie sospechó que lo dejara todo para el final. Mi talismán, mi ángel de la guarda, mi amigo invisible, lo planeaba todo para que siempre saliera airoso de la situación.
Así, empezó haciendo que sacara buenas notas.
Entonces llegó la pubertad y las hormonas comenzaron a guerrear en mi fuero interno. Desarrollé una habilidad innata para conocer gente y convertirme en un ser extremadamente sociable.
[quizá para enmascarar la timidez que nadie veía en mí]
¿Y dónde se quedó la pereza? Seguía acechando. Ella era la causante de que nunca me decidiera a decirle a aquella chica especial que ese cosquilleo que sentía no era fruto de una comida indigesta. Que aquel brillo que veía en sus ojos no había sido causado por un problema ocular. Que aquella atracción tenía algún significado. La pereza, disfrazada de miedo escénico, me hizo perder muchas oportunidades.
En la universidad ya no funcionaba el truco de estudiar el día antes. Noches en que uno se enfrenta con varios cientos de folios donde lo más estético es el símbolo de la integral. Noches de insomnio y frustración.
Aún así, y contra todo pronóstico, alguna vez me salió bien. ¿Inteligencia? ¿Suerte? No, mi ángel de la guarda.
Mercado laboral, trabajo, dinero. Dos caminos dispares: una carrera que amenzaba con truncarse y un trabajo del que uno no puede prescindir. La balanza no termina de inclinarse, se mantiene en perfecto equilibrio. Un equilibrio insultante, una decisión imposible. Al final, cual rey Salomón, adopté la vía auxiliar: carrera de menos años y trabajo a la misma intensidad.
Esta mañana, tras el rigor post sueño, con los músculos aún atenazados y la cabeza pensando en un idílico romance con la almohada, me he dedicado a mis quehaceres cotidianos, blandiendo un teclado y con la vista fija en una pantalla. El ángel de la guarda disfrazado de corazonada me ha susurrado al oído:
¬ Matrícula... Universidad... Ceporro.
Entonces he cogido el teléfono recordándome una y mil veces que se me olvidaría mi propio nombre si la gente no lo usara para llamarme continuamente.
¬ Hola, llamaba para preguntar cuándo se acaba el plazo de matrícula.
¬ Hoy.
[miedo]
¬ ¿Bueno, puedo entregarla por la tarde no?
¬ Cerramos a las dos.
[pánico]
El reloj marcaba las doce y media pasadas. Aquello parecía la película de Misión Imposible. Un desastre: no encontraba fotos mías más recientes que la de mi comunión (he estado realmente tentado a arrancarla del álbum, con rosario y todo), no tenía sobre de matrícula y me quedaba menos de hora y media para entregar todo sonriente y posar para la foto finish.
[¿quién dijo que la vida no es emocionante?]
Al salir de casa el fantasma del fracaso me puso los grilletes del miedo, sujetando la pesa de los años perdidos. Aquello se ponía emocionante.
Casa-Metro
[12:45]
6 estaciones
[13:00]
¬ Quiero un sobre de matrícula.
[13:01]
Repetir las indicaciones porque la dependienta no me ha entendido
[13:01]
Esperar al autobús-Trayecto-Caminar en mitad de la nada
[13:20]
Destino: Secretaría
[13:22]
La secretaria me mira pensando que mi cara le es familiar. Debo ser una de las personas que más veces ha pasado por esa ventanilla (y menos ha pisado una clase). Sonríe irónicamente mientras le cuento mi caso y me dice que rellene la matrícula echando ostias.
Reprografía:
¬ Hazme una fotocopia del DNI que tengo que entregar la matrícula. Me van a hacer la foto finish.
Entro en secretaría un minuto o dos antes de que cierren el plazo. Formalizan mi matrícula y me extienden la carta de pago con cara de felicidad. Triunfal, sonrío para mis adentros dejando que un poco de esa alegría trascienda.
¬ Menos mal, siempre lo dejo todo para el final.
En ese momento la voluntaria se gira, con gesto prepotente de yo-estoy-por-encima-de-ti-pringao y escupe:
¬ Pues a ver si nos acostumbramos -le faltó decir niñato.
¿Hay algún tratado internacional que exima de las consecuencias de cruzarle la cara a una estúpida prepotente y amargada? Al menos alguien debería decirle que su ombligo no es el centro del mundo y que el sol no orbita alrededor de sus caderas.
En fin, otra vez al límite. Contradiciendo las leyes de la lógica y las dosis de moralina que nos regala la televisión: en bote pequeño y transparente.
Niños, no hagáis esto en casa.
[suele salir mal]





