Octubre 12, 2003

El monte del olvido

Se apartó del mundo hacía demasiado tiempo. Olvidó todo lo que había aprendido, desterró de su memoria a todas las personas que había conocido. Se perdió a sí mismo porque quería reencontrarse.
[o perderse para siempre]
Desde el valle de las preguntas sin respuesta divisó las cumbres del monte del olvido y sus recuerdos comenzaron a difuminarse. Las viejas leyendas contaban que el camino no era más que una senda de regresión, donde uno iba olvidando todo lo que su mente había almacenado con una codicia sistemática. Limando las asperezas, perfilando los pensamientos, oscureciendo poco a poco el recuerdo.
Durante días ascendió por el sendero de los recuerdos perdidos. Como un globo que anhela llegar hasta las estrellas, cada vez tenía que soltar más lastre.
¬ Despréndete de ti mismo si quieres coronar el monte del olvido.
Los recuerdos dolorosos, aquellos que más pesaban, se desprendían como hojas en otoño. Echando la vista atrás podía ver cómo los restos putrefactos de su alma descansaban sobre el camino. Un montón de páginas descoloridas que alguien se olvidó de numerar sobre las que un trazo casual escribió la palabra desengaños. Aquel yunque de plomo con la palabra desilusiones grabada a fuego yacía incrustado sobre un lecho de hojas secas.
Fijó la vista delante de sus pasos y decidió no mirar atrás.
[nunca más]
No quiso fijarse en el momento en que un corazón sangrante se desprendía de su pecho, con un cartel clavado que clamaba: dolor. No hubo testigos que certificaran la muerte de sus ideales y ningún forense hizo la autopsia de sus principios.
Ningún alma vio el momento en el que un ángel llamado inocencia volvía a su viejo hogar: un cuerpo que abandonó años atrás.
Sus fantasmas huían despavoridos camino abajo, esperando poder asalar a cualquier otro caminante. Alguien que no fuera tan insensato de querer olvidarse a sí mismo, alguien que no quisiera abandonarse en el monte del olvido.
El mundo le dijo adiós mientras él no le dirigía ni una sonrisa. Aquel mundo que tanto daño le había hecho. Aquel planeta donde alguien colgó el letrero de reservado el derecho de admisión.
La última en abandonarle fue su propia sombra, a escasos metros de la cumbre.
El viento silbaba enfurecido ante tanta intromisión. Jugueteando con su ropa, colándose por cada abertura, hinchando lo poco que quedaba de lo que un día fue una capa. Alborotando su pelo, golpeando con fuerza sus ojos, produciendo eco en sus oídos. Los intrusos no eran bien recibidos.
[en el monte del olvido]
¿Acaso había hecho algo mal? ¿Qué había olvidado? ¿De qué tenía aún que desprenderse? Entonces comprendió que estaba encerrado en su propio cuerpo, un artificio que sobraba en el lugar donde nacen los vientos que azotan el mundo. Cerró los ojos y se lanzó al vacío. La gravedad se llevó su cuerpo, muerto antes de impactar contra el suelo mientras su alma sonreía satisfecha, libre de todas sus ataduras.
Y fue entonces cuando percibió cómo se fabricaba el mundo con cada amanecer. Como cada vez que moría un día se hacían los preparativos para que naciera el siguiente. Acompañó al viento mientras recorría el firmamento susurrando a cada persona lo que quería oír.
Desde su atalaya observaba el sendero del destino que serpenteaba en lo más bajo del valle. Vio cómo el futuro se mezclaba con el pasado para dar lugar a un presente fugaz. No lloró cuando divisó el lugar donde se fraguaba el dolor que más tarde se distribuiría en raciones desiguales. Ya no le quedaban sentimientos.
Lo último que escuchó fue el eco sordo de un cuerpo golpeando contra el suelo, al mismo tiempo que su alma se fusionaba con el viento perdiendo para siempre su propia identidad.
[dejando de existir]

Clasificado en:
Realismo ficticio
by milio el día Octubre 12, 2003 10:21 PM