Octubre 14, 2003
Celemín Chronicles
La maleta y las prisas nunca fueron buenas compañeras. El azar mezcló la baraja y se dedicó a observar su obra. No tuvo que esforzarse mucho porque siempre me olvido alguna cosa.
En aquel pueblo la gente nos miraba como si lleváramos escrito la palabra extranjero en la frente y la inscripción hostil en la nuca. En el bar subsistían criaturas que encajarían perfectamente en las fantasías de Lewis Carroll. Un hombre descansaba sobre el radiador como si hubiera nacido allí mismo, permanenciendo ahí toda su vida. Sólo su respiración demostraba que seguía vivo. Mientras observaba a aquel anciano, otro lugareño me empujaba para que me apartara de su camino.
[la ley del más fuerte]
Ya, en la casa, nos esperaba una persona pintoresca a la par que impresentable: el casero. A primera vista parecía una persona normal que había tenido un mal día y, además, acababa de atravesar un pantano. Entre estos dos comentarios:
¬ Felicitad a este señor que tiene una casa preciosa.
¬ ¡Setenta mil pesetas al día!
...tan sólo pasaron diez segundos.
Aquel hombre de cromagnon pretendía engañarnos duplicando el precio de la casa. Yo, situado en una posición privilegiada, no tuve más remedio que respirar el aliento que se le quedó tras beber una botella de whisky.
[segoviano, seguro]
Y es que a este señor se le podía hacer un control de alcolemia (¿o es alcoholemia? duda existencial) a varios metros de distancia. Cuando vio que si nos duplicaba el precio se iba a quedar con la casa vacía cedió y nos subió sólo sesenta euros en total, mientras observaba con su sonrisa estúpidamente alcohólica cómo reuníamos el dinero.
La casa era enorme y, en manos de alguien que supiera sacarle el jugo, podría haber sido increible. Lástima que aquel hombre no tuviera la más mínima idea de lo que implica llevar una casa rural. Aparentemente todo estaba en orden, cada cosa estaba en el sitio que debía estar.
[sólo en apariencia]
No es muy agradable ir a lavarse las manos en un baño y comprobar que no hay pastilla de jabón, o salir de la ducha y sufrir congelaciones parciales en varios miembros porque la toalla más grande es del tamaño de un pañuelo. ¿Y qué decir de la maravillosa sensación de romper una telaraña con la cara?
[no tiene precio]
En los muebles nos esperaba otra jugosa sorpresa: estaban grasientos. Parecía como si los hubieran limpiado con un trozo de tocino. Es curiosa la sensación de yacer en un lecho de grasa. Pero al final, amig@s, lo que cuenta es la compañía, y eso no falló. Sincronización, buen rollo, risas, bromas y mucha química. Metemos todo eso en una coctelera y obtenemos un fin de semana genial.
Cuando llegó la hora de escoger la cama no pude resistir el embrujo de la buhardilla, eligiendo la cama más próxima a la pared.
Música alta, mucha fiesta y pocas ganas de dormir. Todo bajo la atenta mirada de unas fotos totalmente desafortunadas. Retratos en blanco y negro de mirada inquietante.
¬ Ostia tú, que estos son los de "Los Otros".
[y no estábamos exagerando]
A veces pienso que si me hubieran dejado sólo en esa casa, por la noche, habría acabado saltando por la ventana. Asustado por una presencia que no existe. Y es que creo que tentamos demasiado a la suerte. Este fin de semana me he convencido de que no existen los fantasmas porque, de existir, nos habrían degollado a todos después de besar las fotos guiados por los efluvios del alcohol.
Los lugareños nos miraban desconfiados.
¬ Esos deben ser los de la casa...
¬ Si es que tienen pinta de delincuentes...
¬ ¡Lapidación!
El domingo, cuando desperté, me contaron que habían hecho varios intentos para sacarme de la inconsciencia. Lo que sigue es un documento escalofriante:
¬ Emilio, despierta.
[sin reacción]
¬ ¡TODO EL MUNDO ARRIBA QUE NOS ECHAN!
[constantes vitales en orden, no se teme por su vida]
Completamente dormido, entonando una letanía inconsciente:
¬ ¿Por qué me hacéis esto? ¿Qué os he hecho? ¡Qué desgraciado soy!
Según los testigos esto es lo que repetí durante cinco minutos antes de caer en un segundo sueño más prolongado. Y es que cuando duermo puede caer una bomba de hidrógeno a un metro que no moveré ni un párpado. Cuando desperté no recordaba nada.
Por lo visto el dueño de la casa había decidido echarnos a la una y media, avisándonos con una hora de antelación. Después de acordarnos de su familia (con el mayor de los respetos por haber tenido un descendiente tan deshonroso) y recoger nuestras cosas nos llamó para decirnos que nos dejaba hasta las dos y media si metíamos las sábanas en bolsas de basura, y luego lo aplazó hasta las cuatro. Cansados de tanta tontería, decidimos irnos a las dos y cuarto.
[dejando atrás la extensión del infierno en la tierra]
¬ Sí, sí, a las cuatro de la madrugada aún se les oía.
¬ ¡Cantando! ¡Bailando! Criaturas del averno!
Me imagino al vecino a las cuatro de la madrugada, sentado en la mesa de la cocina con la escopeta de caza en una mano y apuntando en un cuaderno todo lo que veía con la otra. Para poder hacerle un resumen al casero. Lo mejor de todo es que nadie se quejó, sólo nos miraban con los ojos inyectados de odio.
Maranchón-Sigüenza-Parador-(bucle)-Madrid
[fin de semana inolvidable]
¬ ¿Y esto que es?
¬ Un celemín.
[el celemín de las ilusiones]





