Octubre 14, 2003
El infierno en la tierra
Los ojos, inyectados en sangre, amanecieron hinchados. Los párpados apenas podían retenerlos en sus cuencas. Aquellos globos pugnaban por saltar al vacío. Las extremidades no querían responder, se negaban a someterse al férreo control del cerebro.
Poco a poco, como un niño que comienza a andar, tambaleándose, se levantó de la cama. El equilibrio le jugó una mala pasada y le devolvió, de una patada, al féretro de sábanas.
Donde antes había recuerdos ahora sólo quedaban lagunas. Aquellos asideros en su memoria que utilizaba cuando llegaba el temporal ya no estaban, no había donde agarrarse. Sólo un amasijo de sensaciones inconclusas, una montaña de fragmentos de lo que un día fue un todo.
Sus ojos huyeron de la niebla y enfocaron lentamente la situación. En el suelo había ropa, trapos que nadie se molestó en colocar, dejados por una mano casual guiada por la precipitación.
¬ ¿Qué hace esto aquí?
Se sobresaltó al oír una voz que no reconocía, una voz que salía de sus entrañas.
[la suya]
En las paredes había inscripciones rojas, restos de un pintalabios demasiado chillón. Arañazos en la pared, trozos desconchados, papel rasgado con rabia.
Y sus dedos estaban cubiertos de sangre seca.
Anduvo por la casa hasta llegar al baño. Podía seguir el resto de pintalabios, ahora de un rojo más intenso. Aturdido, no era capaz de asustarse, no podía procesar las emociones que su cerebro recibía. Sólo le quedaba curiosidad.
¿Quién era el que estaba frente al espejo? ¿Podía ser él? Con la cara demacrada, la cabeza completamente afeitada y unas cejas inexistentes. Pequeños cortes surcaban su cara y, en la pila, los restos de unas viejas cuchillas de afeitar.
[pero no había sangre]
Una voz monótona intentaba vender productos imposibles cuando las manecillas del reloj pasaban de medianoche.
En el salón los muebles yacían en posiciones inverosímiles. Astillados, quebrados, humeantes. Testigos mudos de una lucha donde sólo había un contendiente, donde nadie ganaba y todos perdían. Una fuerza desatada.
Y en medio del caos, flashes que aparecían en su mente. Gritos, llantos, furia, odio, locura.
¿Qué había hecho? ¿Qué es lo que había pasado en esa casa?
Entonces, al mismo tiempo que alguien derribaba la puerta de una patada y sus recuerdos empezaban a fluir otra vez, a llenar el cauce de su memoria, comprendió. Recordó, y lo que vio con propios ojos le dolió más que la misma muerte.
¬ Así son las cosas y así se las hemos contado.
[rezaba una voz desde el televisor]
Realismo ficticio





