Octubre 28, 2003

Pintando unas caras

Cuando empecé a escribir este weblog (blog, bitácora, diaro-de-abordo, hoja-de-ruta, etc) no me imaginaba que llegaría a conocer cara a cara a aquell@s que escribían lo que yo leía cada día. Un amasijo de caracteres de colores y todo lo que eso conlleva. Cada post es un trocito de la vida del autor, un retal que nos presta para que nosotros confeccionemos poco a poco algo que se parezca a una persona. No es sólo el hecho de contar momentos de su vida o reflexiones. Cada cosa que uno escribe dice algo de cómo es realmente.
[retazos]
No suelo dar nombres, es una regla que yo mismo me impuse cuando comencé a escribir en este almacen de pensamientos. Pero como toda regla tiene una excepción, usaré mi inmunidad diplomática (en estos dominios) para saltármela. Después de un viernes genial con Teresa me esperaba un encuentro multitudinario al día siguiente. Uno, ante este tipo de eventos, siempre tiene un cierto recelo: sólo conoces una parte de cada persona. Temes que las cosas no vayan bien, que no encajes en la piña, que no tengas nada que decir o que tu presencia no aporte nada. No quieres perdértelo porque intuyes que será todo lo contrario y, además, siempre te ha gustado probar las cosas para poder opinar sobre ellas.
[mentalidad científica]
La reunión empieza a las seis y media. Una hora buena para todo pero inconcreta para lo demás. A mí me venía un poco mal porque tenía mucho trabajo que terminar y muchas horas de sueño que recuperar. Al final ganó el oso que llevo dentro y primó la hibernación sobre el trabajo. De todas formas, yo ya había avisado de que iría más tarde.
Me dí un ducha rápida y, antes de salir, tuve una idea (nefasta a posteriori): ponerme los pendientes (cuatro), que hacía mucho que no me los ponía. Aquellos que lleven pendientes me entenderán cuando digo que si no se usan con regularidad los agujeros se cierran y hay que abrirlos a la fuerza. Después de colocarme las argollas decidí echarme un poco de alcohol. Fui hacia el botiquín un tanto apresurado y, al abrir la puerta...
[secuencia en cámara lenta]
...un tiesto inicia su aterrizaje forzoso sobre mi cabeza. Me dio tiempo a mirar para arriba y ver con un rictus de estupidez cómo aquella maceta se precipitaba sobre mi cabeza. Tuve suerte de que no fuera de arcilla o algo similar, sino de plástico. Mi cabeza estaba bien pero mi camiseta, los pantalones y el suelo no tenían muy buena pinta. Si hubiera sido Halloween (esa fiesta americana que se celebra en todo el mundo, el culto a la calabaza) mi disfraz de jardinero habría sido la sensación, pero hoy no.
Después del consiguiente cabreo, limpieza y cambio de vestuario, salí (por fin) de casa. Nunca llevo paraguas y esa no iba a ser una excepción, así que me mojé bastante. Cogí el metro hasta el centro de Madrid trazando mentalmente el camino a seguir hasta la calle en cuestión. No sé qué tiene esa zona (Huertas), pero siempre me pierdo por sus calles. Confundo una plaza con otra y ando en círculos antes de encontrar mi destino. Y el sábado no iba a ser menos.
Cuando llegué al bar, completamente empapado, chorreando como una balleta barata, me di cuenta de que no recordaba ni una imagen de los presentes en aquella concentración. Recorrí el bar buscando un abrigo naranja o una chaqueta de tigre siberiano (no sabía que existían tigres en Siberia hasta aquella noche) y a sus respectivas portadoras. La gente del bar debía pensar que estaba medio ciego o algo así, porque los fui inspeccionando a todos con los ojos entrecerrados. Al final, por descarte, decidí acercarme al grupo más grande. No estaba seguro hasta que vi un abrigo cuyo forro interior era naranja.
¬ Vosotros debéis ser quiénes ando buscando.
Si no hubieran sido ellos habrían pensado que era un borracho más de la noche madrileña.
¬ ¿Alguna de vosotras es Carmen?
Y ahí comenzó la noche. Allí estaban Carmen (a.k.a Gusanillo), Evam (El Vertiginoso Atleta Moral, que El Vertiginoso sólo suena a laxante) con un amigo, Pau, Mafer y, por supuesto, Geyper, a quién despedíamos.
Tomamos algo mientras reíamos y contábamos anécdotas. Desgraciadamente, las barreras arquitectónicas nos impidieron hablar con todo el mundo por igual. Y es que en mitad de un bar puede ser complicado dialogar con una persona que se encuentra a dos metros de ti. Al cabo de un rato parte de la tropa se batió en retirada al son de una trompeta y, el resto, cambiamos el lugar de emplazamiento de las maniobras.
Geyper propuso ir a una cueva del centro a comer tortilla y beber sangría. Los demás aceptamos sin rechistar, a todos nos gustaba el plan.
Tras unos minutos bajo la lluvia llegamos a la cueva. Sentados en tajos de madera comimos poco, bebimos bastante y reímos más. No sé cuánto tiempo pasamos allí, pero se me pasó en un momento. Contamos anécdotas lejanas (en tiempo y en lugar) y escandalizamos un poco al personal con nuestra alegría. Los camareros, animados por nuestra pequeña celebración, empezaron a dirigirnos comentarios. Uno de ellos le llamaba diablesa a Pau, el músico pasó un par de veces con la cesta y una mujer que llevaba un cartel de Artista Frustrada en la frente nos deleitaba con canciones de los años cincuenta fruto de la indigestión ingestión de sangría. La mujer perdió la vergüenza y bailoteó unas cuantas canciones.
A una hora indeterminada salimos del bar dispuestos a darle un mordisquito a la noche madrileña (no mucho que al día siguiente había que madrugar). Yo me lo estaba pasando tan bien que me hubiera ido a las elecciones sin dormir (ahora me alegro de no haberlo hecho), pero Geyper tenía que irse al día siguiente y se despidió de nosotros a la una y cuarto.
Los tres ginetes del apocalipsis: Carmen, Pau y yo, nos fuimos a tomar la última. Bajo un paraguas que parecía una performance porque llovía lo mismo (o más) dentro que fuera de él, anduvimos unos metros hasta que llegamos al primer bar decente. Tomamos una cerveza y otra dosis de risas.
[en botella pequeña]
El reloj biológico me decía que era hora de irse y, al final, decidimos todos levantar el campamento y dejar que otros quemaran Madrid por nosotros. Cogimos el mismo taxi porque su hotel estaba de camino a mi casa y nos despedimos efusivamente. A mí me esperaba una urna y un boli de mala calidad al día siguiente...
[malditas elecciones]

Lo pasé en grande terminando de conocer a algun@s y descubriendo (con gran jolgorio y regocijo) a otr@s. Lamenté no haber llegado antes para conocer a Pico (o que él se hubiera quedado más tiempo), no haber hablado más com Evam, sólo salir bien en las fotos en las que no se me veía la cara y no haberl@s conocido antes a tod@s.
[habrá más ocasiones]

Clasificado en:
MetaCartas
by milio el día Octubre 28, 2003 03:31 AM