Noviembre 03, 2003
Decisiones
Su espada era tan antigua como la roca que estaba pisando. El trono sobre el que descansaba había sostenido a muchos reyes, con sus dudas y sus coronas. Tomando decisiones que afectarían a miles de súbditos. Sintiendo el nerviosismo previo a la batalla, aliviando las muertes que pesaban en una conciencia sin tiempo para asimilar tanto dolor.
El cielo estaba gris, escenario perfecto para una batalla que nunca iba a suceder. Gritos que flotaban en el ambiente, vestigios de otras luchas. Más sangrientas, más decisivas.
La hierba había absorbido toda la sangre derramada en otras luchas y apuntaba rabiosa al cielo exigiendo responsabilidades. Las huellas se habían borrado, sólo quedaban testigos mudos.
Él, sentado en su trono, sosteniendo su espada, lloraba como nunca lo había hecho. Por una lucha que nunca llegó a producirse, por una batalla en la que no había vencedores y sólo un claro perdedor.
[él mismo]
Él, que había derrotado a poderosos ejércitos, que había guiado a sus tropas en demasiadas batallas. Enfrentándose contra enemigos formidables. Siempre vencedor.
La decisión había sido siempre su estandarte y ahora se sentía solo.
No quiso comenzar una batalla de la que se sabía perdedor.
[por una mujer]
Y ahora sentía el fracaso husmeando en cada esquina, siguiendo sus pasos, ocultándose en cada sombra. Un fracaso casi peor que el rechazo, un fantasma que nunca se cansaba.
Algo que sus lágrimas no podían expulsar.
No levantó la cabeza cuando oyó unos pasos que se alejaban. No miró por la ventana aún sabiendo que ella corría bajo la lluvia, mitigando el dolor de una tierra que había visto demasiada sangre. La dejó marchar.
Levantó su espada ante sus ojos.
¬ Tú, que has derribado a tantos enemigos, contempla la derrota del rey invencible.
La guardó en su funda y dejó que el tiempo entrara en la estancia para llevárselo todo consigo. Un bálsamo que curara sus heridas, el único remedio conocido contra los cortes producidos por un filo tan efectivo.
Su espada era tan antigua como la roca que pisaba. El trono sobre el que descansaba había sostenido a muchos reyes, con sus dudas y sus coronas. Tomando decisiones que afectarían a miles de súbditos; sintiendo el nerviosismo que siempre precede a la batalla; aliviando el peso de las muertes sobre una conciencia sin tiempo para absorver tanto dolor.
El cielo estaba gris, escenario perfecto para una batalla que nunca iba a suceder. Gritos que flotaban en el ambiente, vestigios de otras luchas. Más sangrientas, más decisivas.
La hierba había absorvido toda la sangre derramada en otras luchas y apuntaba rabiosa al cielo exigiendo respuestas. Las huellas se habían borrado, sólo quedaban testigos mudos.
El, sentado en su trono, sosteniendo su espada, lloraba como nunca lo había hecho. Por una lucha que nunca llegó a producirse, por una batalla en la que no había vencedores y sólo un claro perdedor (él mismo).
El, que había derrotado a poderosos ejércitos, que había guiado a sus tropas en muchas batallas. Enfrentándose contra enemigos formidables. Siempre vencedor.
La decisión había sido siempre su estandarte y ahora se sentía solo.
No quiso comenzar una batalla de la que se sabía perdedor..., por una mujer.
Y ahora sentía el fracaso husmeando en cada esquina, siguiéndole los pasos, ocultándose en cada sombra. Un fracaso casi peor que el rechazo, un fantasma que nunca se cansaba.
Algo que sus lágrimas no podían expulsar.
No levantó la cabeza cuando oyó unos pasos que se alejaban. No miró por la ventana aún sabiendo que ella corría bajo la lluvia, mitigando el dolor de una tierra que había visto demasiada sangre. La dejó marchar...
Blandió la espada -su espada- ante sus ojos.
- Tú, que has derribado a tantos enemigos, contempla la derrota del rey invencible.
La guardó en su funda y dejó que el tiempo entrara en la distancia para llevárselo todo consigo. Un bálsamo que curara sus heridas, el único remedio conocido contra los cortes producidos por un filo tan acerado.
Modesta corrección. No es para ofender.-
Elena.-
Pd: tu escrito me hizo pensar en Marco Antonio.-
Elena: la verdad es que, ahora que lo releo, me doy cuenta de que se han escapado dos gazapos imperdonables. Las prisas, que para nada son buenas. Gracias por la corrección, siempre se agradecen las críticas ;).
by: milio el día Julio 24, 2004 04:52 AM




