Noviembre 06, 2003
Días extraños
Cada día parecía una burda imitación del anterior. El narrador de esta historia se dedicaba a fotocopiar cada jornada y usarla como plantilla para la siguiente. El ilustrador, harto de tanto dibujo, usaba la misma viñeta para todos los días, rara vez quiería innovar.
[la desidia]
Antes, todo era distinto. Hubo un tiempo en que su vida había sido normal, viviendo entre cuatro paredes, sufriendo para llegar a fin de mes. Esa etapa ya estaba sepultada bajo montañas de recuerdos perecederos que se habían convertido en cenizas de su propia mente.
[la conbustión del fracaso]
Ahora todo lo que tenía en esta vida viajaba siempre delante suyo, en un carrito de metal robado de cualquier hipermercado. Con mano firme llevaba las riendas de tan singular corcel. Recorriendo las mismas calles, una y otra vez, sin descanso. Leyendo la expresión de cada cara, interpretando cada mirada y recolectando toda la lástima que exhibía la gente en el pozo sin fondo en que se había convertido se conciencia.
[sin límites]
Harto de no vivir, sino sobrevivir. Cansado de deambular sin rumbo, dando tumbos contra las paredes. Hastiado de aquella vida. Todo lo que le quedaba en la vida ya lo había aborrecido, no había nada por lo que mereciera la pena seguir arrastrándose en un mundo que le quitó su lugar hacía mucho. Ya había ocupado durante demasiado tiempo un lugar que no era el suyo, un personaje en aquella representación por el que nadie luchaba, una vacante que pasaría desapercibida.
[un cero a la izquierda]
El narrador había tomado una decisión sobre su personaje, harto de escribir siempre lo mismo, cansado de un personaje que no le aportaba nada. El dibujante tenía preparados los dibujos para el día siguiente y recolectaba todas las pinturas que tenía alrededor de su escritorio. Iban a cambiar la historia.
[un final]
Sus pasos, aquella noche, se desviaron de la ruta que habían seguido siempre. Aparcó su carrito en un rincón despidiéndose de sus pocas pertenencias y comenzó a subir aquellas escaleras que no llevaban al cielo. Alguien colocó un día unas planchas de cristal para evitar que, desauciados como él, se tiraran desde lo alto del viaducto. Trepó sin problema amparado por la noche, inusualmente fría. Extendiendo los brazos se tomó su tiempo para borrar todos los malos recuerdos, quería emprender el viaje llevándose lo justo, sólo los buenos recuerdos: una mujer cuyo nombre no podía recordar lanzando un beso al vacío.
[¿existía aquella mujer?]
Y saltó mientras la luna le lanzaba un guiño con uno de sus rayos y todas las estrellas abrían sus ojos al mismo tiempo. Algunos testigos dicen que, antes de impactar contra el suelo, desapareció. Las leyendas populares contarían que se lo llevó un rayo de luna y que, quizá, se convirtió en una más de su séquito de estrellas.
[pero esto es otra historia]
El narrador sonrió satisfecho mientras buscaba otros personajes. El ilustrador decidió no volver a dibujar personas, sólo plasmaría paisajes. Y, mientras tanto, una estrella brillaba más que ninguna, protagonista del firmamento por un día.
Realismo ficticio





