Noviembre 18, 2003
La noche de las hogueras
Casi toda la ciudad duerme. Las luces, cansadas, parpadean caóticamente, cubriendo la noche con un velo de luces y sombras. Un gato, inmerso en su viaje diario en los callejones, salta errático de sombra en sombra. Sólo sus ojos, rojos como el mismísimo infierno, le delatan.
[las apariencias...]
Otra noche en vela. Tumbada en la cama, con la mirada fija en un techo que amenazaba con desprenderse sobre ella. Nada parecía ser lo que realmente era. Las sombras ejecutaban un siniestro baile de coreografía improvisada. La luz pasaba por uno y mil prismas hasta llegar distorsionada a sus ojos. Su cabeza se expandía lentamente, pero sin pausa. Estallaría en mil pedazos si no buscaba un remedio. ¿Tomaría más de aquel ácido? ¿O había acabado con todo? En su cuerpo demasiadas cicatrices, en su alma una sola. Más profunda que cualquiera de las demás, un corte perpétuo. Sus ojos decían más que sus palabras, nunca supo expresarse como el resto de los mortales. Harta de escuchar tantas voces, de vivir con un don que no había elegido. Llevaba años tomando los pensamientos de los demás como suyos y manipulando las inquietudes de todo mortal que se cruzaba en su camino. No podía presumir de haber hecho nada en esta vida sin usar aquella maldita manipulación.
[...engañan]
Desde su cruz le dirigía una mirada inquisitiva. Una mirada que no le decía nada. Perdido en mitad de la nada, a muchos kilómetros de la civilización, un retiro que él mismo se había impuesto. Una pequeña capilla donde ocultarse del mundo. Desde que era niño le habían educado para odiar todo lo que fuera distinto, para repudiar a los inferiores. Intentar ser el mejor sin importar a quién se llevara por delante. Su padre ocultaba su fascismo tras una máscara de afabilidad. Aquella sonrisa que vendía coches durante el día, descendía al infierno por las noches. Y a la mañana siguiente, su madre tenía que ocultar una señal más que, con el tiempo, dejaría una cicatriz de recuerdo. Y su padre se levantaba sonriente, le daba una palmada en la espalda y maquillaba su sonrisa comercial, exhausta tras una orgía de sangre.
¬ ¿Cómo está mi chico preferido?
Aquellas malditas palabras aún resonaban en su cabeza. Aquellos ojos aún odiaban con la mirada desde el interior de la bola de fuego en que se había convertido su padre, mientras la vida se escapaba por donde el aire no podía entrar. Hasta aquel día no supo que era distinto a los demás, que podía expulsar el fuego que llevaba dentro. Nunca se consideró un asesino, algunas cosas deben ser cambiadas. Con la conciencia tranquila decidió desaparecer para siempre. Así había llegado a ser un falso sacerdote al cargo de una ermita olvidada, en una noche distinta. La luna estaba inquieta y las estrellas parecían no querer mirar hacia abajo, abandonando el mundo a su suerte.
[en la noche de las hogueras]
La mugre camuflaba sus rasgos. Un sombrero agujereado ensombrecía su mirada. Una manta maloliente le separaba del mundo. Oculto tras una capa lastimera de compasión que se desprendía de aquellos que se dignaban a mirarle, tras un manto de sueños rotos que cada noche emergían de la conciencia de los falsos durmientes. Él se alimentaba del fracaso de los demás. Se dedicaba a robar todas aquellas ilusiones que encontraba, remplazándolas por sentimientos de frustración. Él era el Cáncer de una sociedad que se mordía la cola, incapaz de liberarse porque ella misma se ajustaba las cadenas. Nadie podía odiarle porque no nadie le conocía.
[era una sombra]
En el mismo instante en que unos ojos rojos desencriptaban la oscuridad, una llama generada a muchos kilómetros de distancia nacía alimentada bajo una montaña de sueños rotos. Una mente trabajaba frenéticamente para borrar los recuerdos de todos aquellos que habían tenido la mala suerte de pasar por allí. Una figura se inventaba sombras en las esquinas, apagando la luz rojiza que emitía aquella llama en gestación y propagando un fuego invisible que se extendería por toda la ciudad. Quemando los sueños de aquellos que no habían perdido la capacidad de soñar. Alimentando una pira infame donde se consumía todo lo que la gente guardaba celosamente.
La ciudad despertaría al día siguiente, desorientada pero sin recuerdos de la noche anterior. Aquella resaca de destrucción no tendría motivos, sólo sería un lunes más.
[hasta la siguiente noche de las hogueras]
Realismo ficticio





