Noviembre 30, 2003
Día de locos
//quemando tus recuerdos//
Hay días que nacen cabreados e intentan hacernos la vida imposible hasta que expiran.
Podría resumir mi día con esa frase, podría cerrar este post (apunte, entrada, fragmento, divagación... usa la palabra que quieras) con ese punto y dejarlo todo en suspenso. Cuando empecé a escribir esta bitácora lo hice para que mis recuerdos no se perdieran en un mar de olvido, así que ese apunte sobraría.
[efímero]
Y además, quedaría bien. Cada un@ lo interpretaría de una forma distinta. Algunos hasta dirían que es un post elegante.
Pero no, debo seguir. Mi cabeza es un hervidero de sentimientos entrecruzados que forman una red con miles de agujeros, una que nunca atrapará a ningún pez inocente.
[o precoz]
Mi primer objetivo era ir a los conciertos del Metro, donde tocaba Hamlet. Un concierto totalmente gratuito. Comienzo la ronda de llamadas y mensajes a todos mis amigos. Cuando se me acaban los amigos empiezo por los conocidos... y cuando acabo con los conocidos estoy a punto de cortarme las venas.
[o de llamar a tele-amigo]
Esa es una constante en mi vida, el don del oportunismo multiplicado por menos uno. Esa facultad que tengo para que me sucedan las cosas cuando menos lo espero y peor me vienen. Me veía disfrutando del concierto sin más compañía que el humo vomitado por mi cigarro. En el último momento conseguí que un alma cándida me acompañara...
[o eso creía]
Por problemas logísticos mi amigo no pudo entrar, así que me he quedado solo (como aquella vez en el cine, que acabé yendo solo). Después de disfrutar de una acústica penosa pero muy buena voluntad, comenzaron las sorpresas: mi vecina. Una chica a la que apenas conocía pero que me ha salvado de la soledad y la penuria, además de ser muy maja.
En el grupo más cercano había un chico flirteando con una chica unos cinco o seis años mayor que él. Sólo capté una frase, pero me hizo darme cuenta de que aunque ultimamente no ligue nada, hay gente que lo hace peor que yo. El chico, como si estuviera haciendo un cumplido, le dice:
¬ No te creas que soy tan pequeño, más de una vez me dicen que parezco igual de mayor que tú.
[cagada de libro]
No había acabado el desfile de personajes. Un chico que no conocíamos de nada se mete en nuestra conversación, me ofrece un trago (y yo le quito el vaso) y aprovecha la excusa para hablarme de religión...
[Dios nos coja confesados]
¬ Yo creo que tiene que haber algo. Llámalo Dios, llámalo como quieras, pero algo hay.
No es la primera vez que escucho esta frase con las mismas palabras, ¿será de alguna película? Contesto:
¬ Puede...
¬ Y si no, ¿de dónde venimos?
Viendo que la conversación va para largo, decido cortar por lo sano:
¬ ¿Y si esto fuera un mundo paralelo? Como Matrix, ya sabes. Y en el fondo algo, llámalo Marcianitos, llámalo Máquinas, nos domina. Y el mundo es sólo una ilusión...
Cara de póker-ceño fruncido-ausencia de reflejos-pupilas dilatadas-coma-estado vegetativo
Salimos del concierto y yo me reencuentro con mi amigo, perdido en una galaxia de curiosos desconocidos. Me había comprometido a que si él venía al concierto yo iría a un bar que odio (y que no pisaba desde hace unos dos años), el Dial (no vayáis nunca), en la zona de Alonso Martínez (pseudozona de copas de Madrid), así que debía cumplir mi parte del trato.
¿Por qué odio tanto ese sitio? Porque me pasé más de un año yendo muy regularmente porque a mi ex le encantaba. Desde que aquello se acabó intento no ir mucho por esas zonas porque temo encontrármela en una esquina. No, ni mucho menos le he cogido fobia, pero es que cada vez que la veo se abre la caja de pandora y miles de recuerdos salen de cajones oscuros para golpearme en las sienes, nublarme la vista y acelerar mi pulso hasta velocides peligrosamente cercanas al colapso. Por muy grande que sea la montaña de tiempo y desgaste que ponga sobre ellos, esos recuerdos siempre consiguen salir de su agujero.
Las posibilidades eran mínimas. Ella había rehecho su vida en otra ciudad, yo nunca paraba por aquel bar...
[hagan sus apuestas]
El sonido en aquel antro era tan malo que temía que un altavoz estallara en mil pedazos y me impactara con trozos de metralla. Los bajos hacían daño en los oídos y los agudos eran inexistentes. Aquella gente se contorsionaba como si fueran marionetas guiadas por un borracho.
Una mano en mi cintura, mi cuello que se gira, mis ojos buscando una explicación. Y mi corazón que da un vuelco. En aquel momento debí parecer un estúpido integral, me faltaba la babilla del aturdimiento.
No creo en las casualidades, ya no. Ahí estaba ella, tan radiante como siempre. Absorviendo la luz de todo el local para cegarme con una mirada. Podía notar como la tierra giraba sobre su eje mientras yo me mareaba y ante mis ojos se cerraba un telón en el momento más inesperado.
Nervios, sinapsis infinita, demasiados impulsos nerviosos para asimilar en un sólo segundo. Y en el fondo una pregunta: ¿por qué?
[¿por qué ahora?]
Era como si aquella sonrisa inanimada que descolgué de mi pared cobrara vida en una persona de carne y hueso y me recriminada lo que había hecho, relegándola a cien años de soledad.
¿Habéis hecho alguna vez una caricatura de vosotr@s mism@s? Yo sí, esta noche. Sobreactuando mi papel sin conocer el motivo. Mirando dos veces por cada ojo esperando encontrarme una realidad paralela donde yo dicto las normas.
[miniDios]
No podía prolongar más aquello aunque deseara que no terminara nunca. Contradicciones. No la quería ver pero me encantantaba coincidir con ella. Masoquismo.
El resto de la noche pasó volando en la sala El Sol (entre guiris y famosos), inmerso en mis pensamientos, luchando contra los recuerdos. Encendiendo una hoguera donde quemar fotos ignífugas. Triturando sonrisas de diamante con una picadora de hojalata.
[rizando el rizo]
Quizá por eso esté escuchando música a estas horas en lugar de estar durmiendo (o intentándolo) como una marmota un bendito.
Debo consultar muchas cosas con la almohada, si es que no se ha cansado de escucharme.
[buenas noches]
Yo, me, mí, conmigo





