Diciembre 09, 2003
December, bloody December
// ya vienen los reyes, con el aguinaldo //
Diciembre... El mes de Papá Nöel (nunca sé dónde colocar la diéresis, aunque mi amigo Google parece decirme que lo he escrito bien), los belenes, los villancicos, el turrón, los mazapanes, los centros comerciales, el muñeco meón, la pleisteision y el ácido úrico, entre otros. Una mezcla de la que obtendremos la maravillosa insufrible Navidad.
[cantemos todos]
La Navidad, como habréis podido adivinar, no va conmigo. Cuando era pequeño me gustaba porque era sinónimo de vacaciones. Luego uno va creciendo y se acaba todo lo bueno que antes tenía la Navidad. Con diez años me plantaba delante del televisor a fantasear sobre todos aquellos maravillosos juguetes, creaciones de mentes privilegiadas que destinaban su tiempo a hacernos felices, criaturas angelicales... Ahora, cuando veo los anuncios de juguetes entiendo realmente qué oscuros propósitos se escondían tras aquellos inocentes spots.
[lobotomizarnos]
Nos convierten, desde pequeños, en máquinas de consumir. Tú, sentado en la alfombra, no puedes entender como esos Reyes Magos todopoderosos no pueden traerte lo que pidas. ¿Que quieres un satélite con tu nombre? Pues joder, ¿no son magos? ¿no son divinos? Ves como tus padres, apurados, te convencen de que o no has sido lo suficientemente bueno para tener un país con tu nombre, o que si todos los niños del mundo pidieran una isla no habría islas suficientes en el mundo.
¬ ¡Pues que las creen! ¿No son magos?
[ya desde pequeño era un poco cabroncete]
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En las televisiones está todo calculado al milímetro. Durante todo el mes de Diciembre se dedican a lanzarte raciones de gula con forma de turrones, marisco, carne... Y luego, durante el resto del año, te venderán dietas milagrosas, pastillas que te hacen adelgazar y además te alargan el pene. Un negocio redondo.
¬ En las Navidades tenemos que ser buenos con los demás.
¬ ¿Y el resto del año?
Uno se pasa todo el año siendo un cabrón, puteando a los demás a las primeras de cambio. Y entonces, en Navidades, se transforma. El buen samaritano, un Boy Scout hiperactivo, un pedacito de cielo. Entonces nos asombramos cuando aquel al que hemos estado haciendo la vida imposible todo un año nos abofetea cuando le saludamos. ¿Ponemos la otra mejilla?
[no somos tontos]
Recuerdo que una monjita, cuando nos contaba lo misericordioso que era Jesús, que perdonaba siempre, nos leía un fragmento del nuevo testamento (o de otro libro similar). Le preguntaban a Jesús cuántas veces había que perdonar y él contestaba que setenta veces siete. Entonces yo me levanté:
¬ ¿Y cuando perdonemos cuatrocientas noventa veces podemos dejar de perdonar?.
Creo que la pobre monjita acarició su crucifijo mientras intentaba limpiar mi alma impía.
En esta época también llegan las cenas de empresa. Esas reuniones de compañeros donde las asperezas salen a flote con el alcohol. Un momento para guardar las apariencias en el que siempre se pierden los papeles. La última cena de empresa en la que estuve fue la peor. Había una situación de aparente normalidad, alegría, felicidad. Ninguno sabíamos que para muchos esa sería la última cena en la empresa. A la semana siguiente comenzarían a rodar cabezas. Aún me sorprende la hipocresía de los jefazos, sonriendo para luego dar la puñalada por la espalda.
[y sin despeinarse]
La lotería ejerce su magnetismo a prueba de estadísticas. Compramos porque ¿y si le toca al vecino, compañero o conocido y a nosotros no? ¿No os habéis imaginado nunca que toca en vuestro barrio y sois los únicos que no habéis comprado? Yo compraré, como todos los años, un décimo al menos. Y, como todos los años, romperé ese mismo décimo mientras quemo las ilusiones que me había hecho, el cuento de la lechera en versión moderna.
Por todo esto y mucho más no me gusta la Navidad. Eso sí, si eres un Rey Mago y estás leyendo esto, no dejes de pasar por mi casa.
Yo, me, mí, conmigo






