Diciembre 14, 2003
Anotaciones
Recordaba aún esas noches en las que la humedad fusionaba las sábanas con su cuerpo. Tumbado en aquella cama demasiado pequeña para un cuerpo en pleno apogeo hormonal.
¬ Andresito, cuando crezcas tendrás una cama más grande.
El mundo se confabulaba, una vez más. Nunca era lo suficientemente mayor para unas cosas y siempre sería demasiado pequeño para otras. Deseaba manipular las manecillas de su reloj biológico, quizá así consiguiera que dejaran de llamarle Andresito.
El roce de las sábanas se hacía insoportable, el sudor de las noches de verano era insufrible. Condenado al insomnio estival, dejaba los sueños esperándole en la almohada y se dedicaba a contemplar el mundo desde su ventana.
Una pequeña luz, luminosa como para atraer a los mosquitos, pero no lo suficiente para ser el centro de las miradas. Miraba sin ser visto.
Aquello que llamaban vida se deslizaba bajo su ventana sin sospechar que había alguien observando escrupulosamente.
En las noticias, cuando hablaban de barrios conflictivos, siempre citaban el suyo. Aquellas criaturas formaban parte de un submundo acotado por él. Cada persona que pasaba bajo su ventana recibía un nombre y una identidad inventada. José, el mendigo paranoico. Rita, la mujer que por las mañanas coincidía con su madre en el mercado y por las noches hacía la calle vestida de estrella. Juan, Alberto, Rosa y un largo etcétera, drogadictos que pasaban por su calle de camino al supermercado de la droga, dirigiéndose a un cementerio de elefantes del que algunos no volverían. Le gustaba entrar por un instante en la vida de esas personas, observar, aprender y, sobre todo, contarlo. Escribía en su cuaderno todo lo que pasaba por su mente. Un diario colectivo que narraba las vivencias inventadas de personajes variopintos.
Su afición por contar lo que veía no se reducía a sus desvelos nocturnos, se fue extendiendo por otras facetas de su vida. Se compró una libreta más pequeña que llevaba siempre encima, convirtiéndose en un cronista de lo que pasaba en su casa. Su familia se acostumbró, pensando que sería una moda pasajera.
¬ Ya se le pasará, es sólo un niño.
En las cenas familiares, cuando Andrés sacaba ceremoniosamente su libreta del bolsillo de la camisa para hacer una anotación, todos se preguntaban qué estaría apuntando el chiquillo y permanecían en silencio. Cuando Andrés guardaba nuevamente su libreta las conversaciones continuaban en el punto donde se habían quedado y la normalidad se sentaba en su asiento, presidiendo la mesa.
Lejos de ser una costumbre pasajera, Andrés continuó con sus anotaciones. Su primer beso, unos años más tarde, quedó plasmado con escritura nerviosa sobre papel cuadriculado. El día en que la inocencia, con apariencia de ángel virginal, le abandonaba, esperó a que la chica se durmiera para sacar su libreta y narrar ese hito en la historia de su vida.
Nunca imaginó, en ese momento, que algunos años después desempolvaría esas pequeñas libretas y transformaría sus páginas en canciones. Cantando sus verdades desde una banqueta, rasgando las cuerdas de su guitarra. Atrás quedó el niño que lo observaba todo a través de su prisma particular, aquella cama donde no cabía y las luces que atraían mosquitos sin iluminar. Andrésito se había convertido en Andrés Lewin, aunque no hubiera perdido ese espíritu curioso ni su gusto por plasmar su visión particular de un mundo demasiado genérico.
Realismo ficticio





