Diciembre 31, 2003

Punto y seguido

Curiosamente, los humanos le damos más importancia a determinados instantes que a períodos que puede durar años. El mundo se para durante unos instantes que marcarán el final de un año y el comienzo de otro. Clasificamos las emociones sin conocer siquiera el baremo, aproximándonos cuanto podemos a nuestro canon de perfección.
Aunque recorremos sendero el destino como trapecistas sobre la cuerda floja, no marcamos una línea, recordamos sólo ciertos puntos. Epicentros emocionales de tamaño variable cuya onda expansiva borra los recuerdos adyacentes. Cuando un anciano mira hacia atrás sólo puede contemplar un millón de puntos a través de los cuales podría trazar una línea con su pulso tembloroso. Un trazo que no sería más que una aproximación.
[incertidumbre]
En este año he marcado muy pocos puntos. Miro hacia atrás y veo una línea difusa, una marca en papel térmico que acabará borrándose, como esas entradas de cine que encontramos en nuestra cartera sin una mísera letra, así funciona nuestra memoria.
En mi familia nunca hemos sido muy navideños. Las tradiciones de la España Católica, Apostólica y Romana son meros recordatorios. Mi madre pone el árbol por costumbre, con sus lucecitas musicales (todo un peligro) y un belén adosado que nos ha visto nacer. Un belén minimalista de figuras mutiladas al que nadie hace caso, excepto el día del montaje y la recogida.
Ni siquiera respetamos a los Reyes Magos de Oriente, mandándolos a las oficinas del INEM para contratar al Amigo Invisible, que no deja de ser más de lo mismo pero con menos ornamentos. Al final, compras menos regalos pero te gastas lo mismo. El Corte Inglés (hay que joderse, les hacemos publicidad hasta para quejarnos del consumismo) seguirá embolsando lo mismo, nosotros seremos un poco más pobres y la Navidad, el Año Nuevo y los Reyes Magos (y/o Papá Noël, Der Nicolaus en alemán) volverán año tras año.
Mi madre se pasa todo el día cocinando para la cena en familia. Después, mientras el estómago empieza a segregar los jugos gástricos comienza la parafernalia anual. Mi padre que siempre pone la televisión hasta que le decimos que la quite. Mi padre diciéndome que me voy a comer todos los langostinos cuando sólo llevo dos. Mi madre poniéndose roja gradualmente con el vino, aunque apenas bebe dos copas. Las anécdotas que se cuentan, siempre las mismas. Los comentarios...
¬ ¿Llevarás algo rojo no?
¬ Me he puesto estos lazos, he quemado siete deseos escritos en siete hojas de colores distintos. No creo que se cumplan porque me ha faltado esparcir sus cenizas por el Sahara...
¬ ¿Y de novias que tal? Claro, quién te va a aguantar.
[vamos, lo de todos los años]
Cuanto más se acercan las campanadas, mayor es la agitación. Colas en la ducha, colas con las uvas. Unos las pelan y les quitan los pipos, otros les quitan solo los pipos y, algunos, se resignan a atragantarse. Durante las campanadas llega el silencio. Todos, como hipnotizados por el soniquete, seguimos el ritual. Al acabar los besos y las celebraciones, el jolgorio, y el ritual de mi hermana. Lo hacía desde que era pequeño y siempre le dejo que lo repita, como haciéndome el sorprendido. Me da la mano y me dice:
¬ Eres el primer marrano que me da la mano en el #### (coloque ahí el año entrante).
[sí, es una gilipollez elevada a la categoría de ritual]
Este año voy a ir a una fiesta que organiza un amigo en un pub de Alonso Martinez (zona odiosa de marcha en Madrid). Por treinta euros podré poner a prueba la capacidad de mi hígado para asimilar alcohol, esperemos que no sea de quemar.
El ritual no acaba ahí, queda la parte más larga: la resaca. Levantarse al día siguiente sin noción del tiempo, del espacio ni sentido de la orientación. Tu cuerpo trabaja a marchas forzadas para asimilar el alcohol que ingeriste el día anterior.

Y después, la vida sigue. Otro año más, otro calendario que arrancar de la pared.
[C'est la vie]

Clasificado en:
Yo, me, mí, conmigo
by milio el día Diciembre 31, 2003 08:12 PM