Enero 02, 2004

Dark and Light

Observaba pacientemente su imagen, reflejada en el espejo. Todas las fuentes de luz de su casa estaban cubiertas por gasas de colores, odiaba la luz directa, ella era Oscuridad. Su obsesión por las sombras iba más allá de unas bombillas rebeldes, era su conducta la que emanaba oscuridad.
Un reflejo azulado se dejaba caer sobre su pelo, marcando sus ideas con luces de neón. El mismo reflejo que nacía en el prostíbulo del otro lado de la calle que alguien maquilló con el nombre de Club Social.
Se ocultaba tras varias capas de oscuridad para no mostrar su verdadero yo, para no sentirse vulnerable. Si su enemigo no sabía nada de ella le sería imposible asestarle una puñalada. Los pocos que de verdad la conocían sabían que había que buscar siempre un segundo sentido a sus palabras, nada era lo que parecía ser.
[el claroscuro]
Siempre la trataron como un bicho raro, alguien salido de una novela de ficción. Nunca tuvo miedo a la oscuridad y cuando la luz irrumpía en sus dominios cubría sus ojos con unas gafas de sol, las más grandes que encontraba. Su piel era morena aunque el sol nunca la rozara, sus ojos negros la dotaban de una mirada impenetrable y profunda y su pelo se camuflaba perfectamente entre las sombras.
Y su voz... su voz era un susurro.

Siempre bromeaba diciendo que la longitud de todas sus velas sumaba más metros que su propia casa. Y tenía razón. No podía vivir sin luz, necesitaba referencias que mantener cuando todo se nublara, cuando perdiera el norte.
Tumbado sobre la cama miraba el techo de su habitación, llena de estrellas artificiales. Unas estrellas que, según le prometió el propietario de la Tienda Para Todo que había bajo su casa, brillaban más que las auténticas. Aún así, no dejaban de parecerle el trabajo de fin de curso que hizo con seis años. Aquellas estrellas definían perfectamente su personalidad: luminosa y sin artificios.
Si Ingenuidad tuviera un representante humano, sería él.
Le encantaba el olor de la cera quemada, el misticismo, el incienso y la luz. La oscuridad no le inspiraba temor, sino respeto. Tenía que ver a las personas de frente, tal y como eran, sin sombras, con matices. La oscuridad lo difuminaba todo, encriptaba las facciones, suavizaba las mentiras. Él era Luz.

Los destellos se podían apreciar en toda la calle. Los pocos transeuntes que pasaban aceleraban el paso a la altura de la ventana, algo les incomodaba. Arriba, tres pisos por encima del suelo, unos muelles gemían exhaustos mientras un sonido eléctrico ensordecía toda subversión. Él había encontrado aquello que llevaba buscando toda su vida: canalizar su luz. Ella reía mientras oscurecía aquel torrente luminoso.
Y con cada caricia un flash, con cada gemido un fogonazo y con el climax llegaba el equilibrio.
[la penumbra]

Clasificado en:
Realismo ficticio
by milio el día Enero 2, 2004 08:10 PM