Enero 05, 2004
Hasta que salga el sol

Cada peldaño pesaba exactamente el doble que el anterior en sus piernas sin fuerzas. Sus ojos se hundían un poco más con cada esfuerzo. Inyectados en sangre, nublando la realidad con velos de autocompasión. El vigilante del faro había tenido un detalle al dejarle dormir en lo más alto de la torre, en una noche en la que el frío acechaba en cada sombra con su puñal de escarcha. El baho parecía humo, le hacía recordar sus tiempos de fumador. La respiración entrecortada, el pulso tembloroso, la espalda encorvada.
¬ Dios mío, a este paso voy a llegar al cielo antes de que me llames. Porque iré al cielo, ¿no?
Tras derrotar al último escalón en la prueba de resistencia se dejó caer en el suelo, en posición fetal. Desde su lecho de piedra tiró un poco más de la manta que traía arrastrando durante su ascenso y se la echó por encima. Desde el suelo podía observar las estrellas a través de la ventana.
¬ Paradójico. En el mismo corazón del faro, pensado para guiar a los barcos, yace un sintecho que perdió el rumbo de su vida hace mucho.
Y dejó que una carcajada saliera en tropel de sus labios, mezclada con una tos seca.
Ausencia de sueño, reticencia congénita a cerrar los ojos o disputa matrimonial con la almohada. Daba igual como lo llamaran, el insomnio tenía siempre la misma cara de cansancio y falta de orientación. Médicos, curanderos, farmacéuticos, vecinos... todos aportaban su visión particular al problema, todos aportaban soluciones que no funcionaban. Sobre la mesilla descansaban varios libros de autoayuda, algunos sin desprecintar. Todos con títulos sugerentes, llenos de promesas sin cumplir.
[los últimos asideros]
Con las piernas cruzadas, sentada sobre la cama, perdía su vista intentando contar unas estrellas que se ocultaban de su escrutinio tras capas de polución. Su mente, pastosa, pensaba como un animal enjaulado. Sus brazos habían perdido su fuerza y las piernas, sencillamente, no respondían. Los ojos le escocían, tiñiendo con tonos oscuros sus dominios. Completamente desnuda esperaba despertar el deseo del sueño para que se dignara a poseerla, llevándola de una vez por todas al mundo de los sueños.
Cuando no contaba estrellas (las ovejas las descartó en su infancia) se dedicaba a observar pacientemente su lámpara de lava. Aquellas esferas imperfectas no conseguían hipnotizarla, ni tan siquiera aburrirla. Sin dormir no podía soñar, y sin soñar no era capaz de desear. Se dejaba llevar por las reacciones automáticas de su cuerpo.
Pasaba las noches en vela y los días deseando dormir. A veces conseguía conciliar el sueño (curiosa expresión para una insomne) durante un par de horas, nunca lo suficiente para descansar, ni siquiera para comenzar un sueño.
Pasarían las horas, la noche aclararía sus sombras para hacerlas desaparecer cuando saliera el sol, triunfante y fanfarrón, para eliminar de un plumazo sus ansias de dormir.
[un día más]
Esperaba, como cada noche, a que los demás durmieran. La casa quedaba en silencio, la vida se escapaba y no volvería hasta que sonaran los despertadores. Los ronquidos de su padre eran la señal. Unos ronquidos lechosos y con cierto ritmo, su padre fumaba incluso mientras dormía.
Echaba el cerrojo en su habitación intentando no hacer ruido. Y entonces, con el corazón latiendo por encima de sus posibilidades, se sentaba frente a la ventana. Sacaba el cigarrillo que cada día robaba de alguno de los paquetes que su padre dejaba desperdigados por toda la casa y se lo encendía con la seguridad de estar transgrediendo alguna norma no escrita.
Entonces empezaba a soñar.
Allí estaba ella, desnuda. La distancia hacía perfectas sus formas. Soñaba con acariciar aquellos pechos, besar aquella boca y poseer aquel cuerpo. Con sus brazos abrazaba aquellas rodillas perfectas, y su pelo caía sobre sus pechos, dejando volar una imaginación que estaba en pleno apogeo. ¿Qué estaría pensando? ¿Por qué pasaba las noches esperando al sol? Eran preguntas sin respuesta, el manto de misticismo que él ponía delicadamente sobre sus hombros desnudos, cada noche. Nunca había conocido el amor, pero lo que sentía por aquella desconocida era lo más parecido que podía experimentar.
Pasaba las noches en vela, observando sin dejarse ver, soñando despierto con juegos prohibidos entre sábanas desconocidas.
[hasta que salía el sol]
¬ Oye. Eh, tú. Despierta. Tienes que irte antes de que salga el sol.
Abrió los ojos lentamente, se incorporó y le dedicó una sonrisa a su benefactor.
¬ ¿Y si no sale? ¿Y si un día al sol se le olvidara salir de su refugio?
El vigilante ya se había ido. Emprendió el descenso al día a día, arrastrando su alma por el suelo y con cuidado de que su manta no se manchara aún más. Al llegar abajo vio como la noche agonizaba, corriendo horrorizada a su refugio antes de que un rayo de sol le quitara la vida en un segundo.
¬ Claro, el sol sale todos los días... aunque no queramos.
Realismo ficticio





