Enero 14, 2004
El Calcetín Marciano
Llevaba toda la mañana sin fumar, así que me salí a la terraza a disfrutar de un cigarro. Y digo disfrutar porque para un fumador (al menos en mi caso) la mayoría de los cigarros se fuman por mera adicción rutina y son pocos los que realmente se disfrutan. Desde el octavo piso se ven las cosas de otra forma.
[vista de pájaro]
Desde que tengo desuso de razón me ha acompañado siempre el miedo a las alturas. Ese vértigo que consigue que todo mi cuerpo rechace las alturas al menor signo de inseguridad. Vivo en un cuarto piso que, como le decía siempre a una amiga, es casi un quinto que parce un sexto. Me gustaba sentir ese cosquilleo producido por torrentes de adrenalina, experimentar el miedo y las fascinación a la vez. Siempre me apoyaba en la barandilla con el cuerpo erguido para poder reaccionar en caso de que ésta se desprendiera, como pasaba siempre en las películas.
[y yo dudaba ser el bueno de la historia]
Perdido en mis recuerdos y dejando a un lado mi cautela, me dediqué a observar el paisaje urbano de una mañana de enero. Los pasos caóticos de un perro que buscaba un sitio donde satisfacer sus instintos mientras el dueño, medio dormido, repetía el camino del animal, ensimismado quizá en sus pensamientos.
Entonces miré al frente y lo vi. Aquella escena me heló la sangre, pues sentí el vértigo ajeno dominar mis sentidos. Un hombre limpiaba los cristales del último piso en el edificio del fondo. Encaramado en la cornisa, sin arneses ni cuerdas ni sortilegios que le protegieran, expuesto totalmente a una caída al vacío. Sobre la cornisa, ligeramente inclinada hacia el abismo, descansaba un cubo donde el hombre sumergía metódicamente su herramienta (la de limpiar los cristales, no nos vayamos por los cerros de Úbeda).
[dar sera, pulir sera]
Por si aquella escena no había acabado con el poco aplomo que me quedaba, la imagen me deparaba más sorpresas. A la derecha del operario temerario se alzaba una escalera de mano, haciendo equilibrios sobre la cornisa sin ningún tipo de protección. El hombre quiso provocarme un infarto cuando se subió en la escalera (sobre una cornisa inclinada en el noveno o décimo piso).
[¿acaso buscaba la muerte?]
Y un detalle, quizá absurdo, se dibujó en mi mente con tintes de humor negro:
¬ Lleva calcetines blancos, quizá no le dejen entrar en el cielo...
No pude terminar mi cigarro, perseguido por un sentimiento de fatalidad, por una corazonada, por imágenes de un cuerpo precipitándose al vacío. Como si mirando a aquel hombre estuviera tentando a la suerte. Pensé en gritarle algo pero, ¿y si le asustaba y se caía?
[el ángel caído]
Un par de horas después salí a fumar otro cigarro y comprobé con alivio que en el suelo no había ningún cadáver y las ambulancias no habían hecho acto de aparición: el operario no había caído.
Y al llegar a casa:
¬ Hijo, ¿por qué no te compras una parcela en la Luna? He visto en la televisión que ya se puede...
[estocada]
¬ Tienes razón mamá, para cuando me pueda comprar un piso quizá estén más caros que en la Luna.
[finta, parada y contraataque]
Entre los calcetines y los marcianos, hoy ha sido un día extraño.
Cosas que pasan





