Enero 20, 2004
Elecciones
Una pila de cigarrillos se amontonaban en un cenicero humeante, amenazando con desbordarlo. Cuatro sombras apostaban lo poco que tenían al calor de un farolillo rojo. Perdedores en la vida, se jugaban el dudoso honor de ocupar el último puesto. En aquella partida el objetivo no era ganar ni participar. Lo importante era no perder.
Ignorancia reflajaba en su calva la luz procedente del farol mientras, ceñudo, ensayaba su siguiente jugada. Sin preocupaciones que le quitaran el sueño, podía ocupar su mente con las cábalas del juego. Todos la tenían en cuenta como favorita, estaba en todas las quinielas.
Codicia amontonaba decenas de fichas de colores, sin orden ni concierto, sobre el tapete descolorido. La visera del sombrero proyectaba una sombra sobre sus ojos, ocultando sus intenciones. Tenía mucho pero quería más. Echó una última ojeada a sus cartas, sonrió, y puso todas sus fichas en el centro de la mesa mientras le daba una profunda calada al puro que se sostenía, precariamente, entre sus labios.
Estupidez estaba aparentemente relajada. Sus ropas de colores estridentes le daban un aspecto estrambótico. Una boina pasada de moda luchaba por asirse a su reluciente calva, temerosa de precipitarse al vacío. Unas gafas de pasta compradas en un mercadillo horadaban su nariz, dejando su marca enrojecida, olvidándose de la función de ocultar los ojos de la luz y de las miradas indiscretas. Su mente no podía procesar muchas órdenes al mismo tiempo, ya había desistido de intentarlo hacía mucho. De entre todas las posibilidades, eligió la opción de hacer que pensaba, de parecer reflexivo mientras su mente estaba completamente en blanco. Por debajo de la mesa tiró una moneda. Tendría que apostar, había salido cruz.
Egocentrismo estaba, como siempre, seguro de sí mismo. Miró sus fichas, escasas, y pensó que si la partida no le estaba yendo bien era porque no tenía necesidad de esforzarse. Sabía que bastaba una apuesta afortunada para darle la vuelta a la situación. "Afortunada no, acertada", se corrigió. Ultimamente sentía ligeramente deprimido pues no había influido apenas en la vida de su recipiente (como llamaban los fantasmas al sujeto que se encargaban de martirizar). "Los malos tiempos siempre pasan, algún día llegará mi momento", se dijo. Seguro de sí mismo utilizó el truco de, aparentemente, no mirar las cartas, mostrándose temerario hacia los demás. Una estrategia que nunca le funcionaba pues los demás sabían perfectamente que había mirado las cartas con disimulo. No obstante, siempre le seguían el juego, llamándole temerario y advirtiéndole de los riesgos de apostar sin conocer su jugada. Él, siguiendo el protocolo, se mostraba molesto y añadía algo más a la apuesta inicial.
Codicia, consciente de la tensión en el ambiente decidió iniciar una conversación para relajar los ánimos. Ignorancia aún no había decidido si apostar o no, y Codicia buscaba embaucarle con una discusión relajada.
(Codicia): ¬ Ya han empezado los preliminares de las elecciones en E.E.U.U.
Y pronunció EE.UU. de la misma forma que Urdaci pronunciara C.C.O.O. en sus informativos después de leer un comunicado de rectificación obligado por los tribunales (acababa de nacer una nueva forma de escupir deletreando).
[God Save Urdaci]
(Codicia): ¬ Uno de mis parientes estadounidenses, el que vive en el recipiente Bush, me ha dicho que las cosas le van mejor que nunca. Su recipiente le mima mucho, le concede todos su caprichos. ¡Hasta inició una guerra por él! Dice, además, que Bush es un tipo generoso con todos los demás, que mima por igual a vuestros homónimos, presentando altas cotas de Estupidez, Egocentrismo e Ignorancia.
El silencio se apoderó de la mesa. Las miradas saltaron de ojo en ojo, posándose en última instancia en el montón de fichas que ocupaban la parte central del tapete.
(Codicia): ¬ Algo tendréis que decir... ¿No tenéis ninguna opinión?
Y una chispa se encendió en sus ojos.
(Estupidez): ¬ "Sólo dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana", Albert Einstein.
(Ignorancia) ¬ ¿Y eso qué tiene que ver? ¿A qué viene?
(Egocentrismo): ¬ Déjala, es la única cita que conoce y que, además, la nombra. No creo que tenga opinión. Además, ¿quién tendría en cuenta la opinión de una estúpida?, ¿y de una ignorante?
Egocentrismo le hizo una señal casi imperceptible a Codicia.
(Estupidez): ¬ A mí me gusta Bush. Mi primo dice que se siente en su salsa. Nos tiene un poco olvidados desde que domina el mundo. Otro primo mío, el español, dice que se lo pasan teta cuando coinciden en la Casa Blanca, haciendo competiciones de estupidez. La cosa está muy igualada.
(Egocentrismo): ¬ ¿Qué es la Casa Blanca comparada con La Moncloa? ¿Quién es Bush si le medimos bajo los mismos baremos que a Aznar? Y, ¿por qué nos interesan más esas elecciones que las de nuestro país?
(Ignorancia): ¬ Hasta un ignorante sabe que un loco en el trono del mundo es más peligroso que una bomba de hidrógeno en manos de un kamikaze y, amigo, los yankees son los dueños del planeta. Y ahora veamos quién gana. Veo vuestras apuestas y subo el doble.
Los demás jugadores, sin tiempo apenas para reaccionar, arrastraron lo que les quedaba hacia el montón central. Codicia, a falta de fichas, puso las llaves de su cueva sobre la mesa, convencido de una victoria fácil.
(Ignorancia): ¬ Habéis pagado por ver mis cartas pero, me temo, no por superarlas.
Dejó caer sus cartas con despreocupación mientras recogía las fichas de los demás y se levantaba de la mesa. Antes de salir se dio la vuelta y, dirigiéndose a todos, dijo:
(Ignorancia): ¬ Si queréis saber mi opinión, me da exactamente igual quién gane, todos están podridos. Aquí y allí, a ambos lados del océano. La ignorancia, a veces, es una virtud.
Esta mañana me he levantado con dolor de cabeza. Como si alguien hubiera estado jugando al póker en mi cabeza. Hubiera jurado que me salía humo por las orejas.
PD: Jonh Kerry, candidato a la presidencia de los EE.UU., ¡tiene un weblog! ¿Quién decía que los weblogs eran una corriente pasajera? ¿Veremos pronto el blog de Zapatero, Rajoy e, incluso, Aznar? Sólo digo una cosa: que Dios nos pille confesados.
[amén]
Cosas que pasan





