Febrero 05, 2004
Tras la puerta negra
Ya nadie se acordaba de ese niño que se sentaba frente la puerta negra a escuchar. Dejaba volar su imaginación intentando adivinar qué era lo que producía aquel ruido rítmico, metálico y aterrador. Comprobó que, fuera lo que fuera, nunca salía de sus dominios, así que él podía sentarse tranquilo en la cálida moqueta que cubría el pasillo.
Cuando cayeron las primeras bombas, su atención se desvió hacia las ventanas, pensando que su presencia podría desviar las que se acercaran lo suficiente. Si las vigilaba, quizá se alejaran para derribar otros edificios, para segar otras vidas, para levantar montañas de polvo y sufrimiento. Los aviones, como moscas, zumbaban a su paso, mientras él seguía su trayectoria con la mirada, deseando pilotar algún día un pájaro de metal.
[uno que no excretara bombas]
Al cabo de unas semanas volvió a observar aquella puerta que tanto le intrigaba. Los ruidos ya no cesaban, parecía como si las bombas hubieran enfadado al morador de aquella sala hasta el punto de que no callara en todo el día. ¿Sería una criatura de metal como los que salen en los cuentos? Una especie de hombre de hojalata que deambulaba intentando completarse. ¿Y una radio? Un transistor que alguien dejó encendido y estaba protestando a su modo por tantas horas de actividad, con su cacofonía de gruñidos metálicos, incapaz de apagarse.
Su corazón latía tan fuerte que era capaz de oír sus latidos por encima del ruido que se filtraba por la puerta. Sus dedos jugueteaban con el pomo, sus manos cubiertas de sudor, sus piernas temblando de nerviosismo, incapaces casi de sostenerle. Agarró el pomo y, con un suspiro, lo giró y empujó la puerta. Pero no se abría, estaba cerrada con llave, el monstruo estaba cautivo.
La ciudad estaba cada vez más devastada. Muchos edificios habían desaparecido, dejando su alma en su lugar. Una sustancia traslúcida donde se distinguía la firma de las vidas perdidas, llorando la pérdida. Octavillas de propaganda caían del cielo, prometiendo paz y prosperidad o pidiendo lucha idealista. Y todo lo veía desde su ventana, sus padres le habían prohibido salir de casa y, cada noche, dormían todos juntos en el sótano.
Su padre, a media noche, siempre desaparecía para, en algún momento antes del alba, aparecer junto a su cama y darle los buenos días antes de marcharse. Cada mañana salía con un pequeño maletín y se despedía de él con un gesto de sombrero, lo que le hacía sentirse un hombre y le arrancaba una sonrisa. Le miraba a los ojos como si esa fuera a ser la última mirada que habría de recibir.
Su madre, entonces, se convertía en un manojo de nervios, pegada al transistor devorando las noticias que llegaban del frente.
Era demasiado tarde para que nadie llamara a la puerta, y más con el silbido de las bombas nocturnas. Su madre dio un respingo sobre su silla, casi imperceptible, mientras todos los músculos de su cuerpo se tensaban. Su padre se puso el sombrero y le sonrió bajo su bigote, inclinando la cabeza condescendiente, besó a su madre con pasión contenida y dejó que la capa volara sobre sus hombros.
Más golpes en la puerta y, al abrir, unos militares que entraron en tropel, sin dejar tiempo de reacción. Unos cogieron a su padre y se lo llevaron mientras otros le preguntaban a gritos por el taller. Su padre no sabía nada de ningún taller, incluso cuando le golpearon. Entonces uno de ellos apuntó con su pistola hacia el niño pequeño, que miraba la escena con pavor, y luego a la mujer que lloraba y pedía que no se llevaran a su marido. Su padre, en ese momento, cedió y les dijo que estaba allí mismo.
La última vez que vio a su padre fue cuando abrió la puerta negra que él siempre había observado con deleite. Los soldados hicieron varios viajes para sacar toda la maquinaria a la calle, apilándola sobre la vía. Cuando todo estuvo fuera quemaron los papeles y la emprendieron a golpes con las máquinas hasta dejarlas irreconocibles. Él miró hacia el coche, buscando los ojos de su padre sin encontrarlos.
Al día siguiente, antes de saber que nunca más volvería a ver a su padre, caminó por el pasillo en mitad de la noche, buscando la puerta negra. Seguía abierta, nadie la había tocado desde que aquellos hombres se fueron con su padre. Entró en el taller, donde ya no quedaba nada y se sentó en el suelo a observar cómo caían las bombas sobre lo que quedaba de ciudad. Encontró un papel manchado de tinta, casi negro, y lo leyó por el reverso. "Libertad", gritaban aquellas letras muertas. No necesitó seguir leyendo para saber que eran las octavillas que caían del cielo.
Aún hoy, muchos años después de aquello, conservaba aquella octavilla enmarcada en su despacho. En su imprenta. Y, aún hoy, apretaba los puños cada vez que recordaba aquellos años sangrientos.
Realismo ficticio





