Marzo 15, 2004
Destinos inciertos
Después de la resaca electoral y de una noche de celebraciones agridulces cargadas de sentimientos encontrados, dejé que el sueño me meciera durante un par de horas. En ese caos horario en que se convirtió el pasado fin de semana, la razón ha experimentado momentos difíciles. Demasiadas tensiones para que los finos hilos de la cordura aguantaran. Mecanimos de autocontrol que han ido cayendo, uno a uno.
[inexorablemente]
Suena el despertador pero no quiero oírlo. Sueño con un mundo donde no existen las bombas pero sí la maldad inherente a la naturaleza humana que los católicos bautizaron como Pecado Original, creando uno de los mecanismos de coacción más duraderos, prometiendo redención a cambio de creencia dogmática y sectaria. Un mundo donde las armas no son de destrucción masiva, donde no existen los eufemismos que provocan guerras y donde nadie miente aún cuando la verdad pueda ser peor que una mentira piadosa. En ese mundo nos matamos, pero a menor escala. Y, por supuesto, no existen los daños colaterales. El cielo es rojo y los océanos no son azules, no existen dioses que nos sometan a su voluntad con promesas de vida eterna.
[porque nadie quiere alargar la suya]
Y el sol no sale nunca porque siempre está ahí, oscurecido por una espesa niebla de mentiras y promesas que nunca se cumplirán. Un mundo donde nadie inventó al coco porque nunca hizo falta; nadie mejor que nosotros para atemorizar a nuestros semejantes, elevando el miedo a la categoría de arte.
[refinándolo]
Soy consciente de que mi mente está volviendo a asumir el control de mis miembros entumecidos por el sueño, de que poco a poco recupero la consciencia, voy despertando con cada golpe sensorial. Estoy sudando y tengo la respiración agitada. Intento regresar al mundo que había creado en mis sueños con la esperanza de cerrar su puerta para siempre y, con suerte, hacerlo implosionar. Pero no, las huellas se han borrado y no puedo encontrar el camino.
[de no retorno]
Son las cuatro de la tarde cuando mis pasos me llevan a la estación de cercanías de Delicias. Camino absorto en mis pensamientos, ejecutando unos gestos que he repetido hasta la saciedad. Saco metódicamente el abono transportes de mi cartera y atravieso los tornos. Dejo que las escaleras mecánicas cumplan su función (he perdido el tren y no tengo prisa) y saco El País de mi mochila mientras recuerdo que nunca fui capaz de leer un periódico sin mancharme los dedos de tinta resucitada, y jamás conseguí pasar las páginas con soltura. En el andén, el reloj me avisa de que en cuatro minutos pasará otro tren, así que decido encender un cigarro que dejaré por la mitad. Mientras el cigarro empieza a arder me doy cuenta de que necesito mantenerme ocupado, no puedo dejar de hacer cosas para mantener mi mente lejos de los recuerdos recientes. Niego con la cabeza pensamientos nunca pronunciados, intentando que desalojen mi mente por la inercia del movimiento, que se vayan para siempre.
[sin dejar rastro]
El tren llega al andén y me da la impresión de que la cara que es la cabina no sonríe, su expresión es de pesar. Monto en el tren, insólitamente vacío y desangelado, escogiendo un asiento cualquiera donde hundirme en la miseria. Me siento mal, muy mal.
Intento sumergirme en el periódico, pero las letras vadeadas por la corriente se hacen demasiado peligrosas en esa peculiar sopa de letras, algo tira de mis ojos, una fuerza intangible, una ansiedad que me obliga a mirar por la ventanilla.
[llamando a mis recuerdos]
El tren se acerca a Atocha. Inconscientemente me cambio de asiento para no dar la espalda a la tragedia, quiero verla con mis propios ojos, no puedo girarme y hacer que nunca ha pasado nada. Algo en mi cerebro le dice a mis ojos: "No lloréis"; pero ellos no quieren hacer caso. Mientras mis ojos se humedecen, al borde de provocar un riachuelo que difumine mis rasgos, la escena se dibuja ante mí. Sólo veo un tren, parado en una vía cercana. No puedo ver desperfectos o, quizá, mis ojos me niegan la realidad. La mente trabaja frenéticamente para reconstruir unos hecho que nunca he contemplado. El espacio se dobla sobre sí mismo mientras una mortífera onda expansiva avanza, como las ondas en un lago tranquilo perturbado por una piedra en su caída. El olor, ese olor, se cuela por mi nariz, mis oídos estallan y el silencio se adueña de todo. Y la oscuridad, velada. Grito por dentro aunque mis labios no se muevan, tengo que salir de ahí. Entonces una voz neutra y casi metálica me saca de aquella pesadilla:
¬ Próxima estación, Atocha. Correspondencia con todas las líneas de cercanías y...
¿He llegado? Miro hacia todos lados buscando alivio en las caras de los escasos viajeros que me acompañan y veo en sus ojos lo mismo que siento: angustia, alivio, tristeza, horror, indignación y una pequeña dosis de determinación (casi moribunda). Desvió la mirada hacia el andén mientras borro de mis ojos las lágrimas contenidas y veo el ramo de flores que yace en el suelo inscrito en una circunferencia de velas. Una velas que me recuerdan que muchos tuvieron menos suerte que yo: no llegaron a su destino.
Esa sensación de pesar me acompaña todo el viaje hasta que, finalmente, acabo mi trayecto en Nuevos Ministerios. Después sólo quedará el vacío.
[existencial]
Un enorme abrazo,milio.
by: maRia el día Marzo 16, 2004 12:01 AMExpresas muy bien lo q yo también siento desde el jueves: tristeza, rabia, miedo y unas ganas incontrolables de llorar, ganas que ya no freno.
Esta mañana, como siempre, cojo el tren en Alcalá de Henares, hay velas, flores, peluches, mensajes, fotos, y miedo, un miedo que se masca en el ambiente. La gente no corre para coger el tren, vamos despacio, no queremos subir, pero no queda otra, el miedo esta por todas partes, observamos a la gente, sus mochilas, su nacionalidad, miramos debajo de los asientos, al principio con disimulo, después descaradamente, nos miramos entre nosotros, resoplamos, arranca el tren y piensas en si llegaras a tu destino. Llego a Atocha, a hora punta también, me bajo en el anden numero dos, la escena se repite, velas, flores, mensajes, un silencio sepulcral, que capto porque he pasado durante muchos años por allí, y un gran vacío, falta gente por todas partes. Subo las escaleras mecánicas, y arriba miles de velas, de mensajes, de flores y mucho mas, y ahí es cuando lloras, porque has llegado, pero, sobre todo porque otros no, compañeros de todos los días, con lo que luchas para pillar asiento, a los que gruñes cuando te empujan, a los que cedes asiento cuando lo necesitan. Hoy he tenido suerte pero no es fácil lo que me queda, en principio, esta tarde el mismo recorrido, pero en sentido inverso.
Un besote
Creo que todos tardaremos mucho en volver a tener sensaciones normales al acercarnos a la estación de cercanias. Hace unos días me sorprendí mirando con pánico una maleta que había dejado en el asiento un tipo. Logicamente al final se volvió y la cogió... Pero tuve unos segundos que casi salgo corriendo... Quizás ese sea el objetivo, y de ahí su nombre, del terrorismo, sembrar el miedo, el terror.
by: evam el día Marzo 17, 2004 10:58 AM




