Abril 14, 2004
Tiranía de etiqueta
El traje, descansando en su percha, me mira con gesto insolente.
[e indolente]
En su naturaleza inerte, su categoría de cosa, no podía expresar nada más que indiferencia. Pero yo, movido por el odio irracional que le profeso, le veo como una artefacto infernal que me martiriza a cada momento.
La chaqueta usa sus solapas para ensayar una sonrisa grotesca, la corbata se me asemeja a una horca que me asfixia sin descanso y los zapatos son como dos pequeños caimanes hambrientos que devoran mis pies en cada paso que doy. Ayer ya acabé con heridas en los pies de los dichosos zapatos y hoy los miraba aterrorizado mientras mis pies descalzos se reunían en una asamblea extraordinaria para estudiar si me ponían una moción de censura. Finalmente me puse los zapatos y ensayé unos pasos por el pasillo.
[calvario]
Parecía un gigante de una atracción de feria, incapaz de articular las rodillas correctamente, viviendo una vida de rozaduras y fricciones innecesarias. Me he tenido que resignar porque el traje y las zapatillas no le quedaban bien ni a Emilio Aragón (aunque él se empeñara).
Estoy seguro de que la gente me miraba de forma extraña cuando me veían por la calle. Con esa sensación que tenemos cuando miramos algo raro pero no sabemos ubicar el rasco que nos resulta extraño. Me arrastraba por las calles tirando de la mochila con el portátil como si fuera un cuerpo inerte que tengo que hacer desaparecer de la escena del crimen.
Cumpliendo esa regla no escrita que postula que todas las fatalidades tienden a agruparse el mismo día atraídas por un epicentro común, mi móvil ha continuado en estado catatónico durante todo el día, como era de esperar (gentileza de Amena y Vodafone).
Curiosamente, si alguien ve a un tipo trajeado dándole golpes a una cabina e implorando a alguna deidad desconocida mientras descarga su furia, pensará automáticamente que ese-buen-hombre tendrá algún motivo lícito para golpear la cabina. Sin embargo, si hubiera ido vestido de paisano, los transeúntes habrían pensado que intentaba sacar el dinero de la caja o que estaba trucando la cabina.
[hábito y monje, condenados a entenderse]
Al llegar a casa me he quitado el traje a le velocidad de una interrupción y lo he dejado cuidadosamente en su percha al mismo tiempo que tiraba las pocas fuerzas que me quedaban en la papelera más cercana.
Pero el traje nunca se da por vencido, sabe que mañana tendrá otra oportunidad de hacerme la vida imposible.
[y disfrutar como un enano]
Yo, por mi parte, seré feliz el día en que todos (incluyéndome a mí) miremos de la misma forma a un individuo trajeado que a uno que no lo está. El día en que no agarremos con más fuerza la mochila cuando veamos que una persona harapienta se acerca. En el momento en que no nos asustemos porque alguien que nació al sur del estrecho deje su macuto en el suelo mientras espera el cercanías.
[el día que enterremos unos cuantos tópicos]
Siento que ese día no lo veremos.
by: maRia el día Abril 16, 2004 12:25 PMlo poco que te gusta un traje,pos anda que no estarás guapo ni ná..:P
by: Malaa el día Abril 18, 2004 12:49 AM"todas las fatalidades tienen a agruparse el mismo día atraídas por un epicentro común"
O semanas... o meses...
by: Tien el día Abril 18, 2004 06:36 AMmaRia: sí, yo también creo que no lo veremos nunca. Creo que es difícil dejar atrás lo que el proceso de socialización grabó a fuego en nuestras conductas. Supongo que es una especie de mecanismo de defensa que nos hemos inventado...
Malaa: Malaa, que el hábito no hace al monje :P No sé si guapo o no, pero sé que estoy muy distinto, hasta el punto de que muchas veces casi ni se me reconoce (me ha pasado alguna vez). :*
Tien: lo que está claro es que se empeñan en venir todas juntas. Quizá sea porque cuando aparecen de forma aislada apenas nos damos cuenta...
by: milio el día Abril 19, 2004 05:57 AMMuy cierto
by: Tien el día Abril 20, 2004 04:41 AM




