Mayo 15, 2004
Iris
//historia de un miserable//
Ella era la eterna hermana pequeña de un amigo mío. En los tiempos locos de instituto apenas me crucé con ella un par de veces. Era una época en que creíamos vivir peligrosamente, empapados en alcohol los fines de semana, experimentando sustancias psicotrópicas y complicando todo lo posible el árbol genealógico de relaciones de fin de semana.
[tiempos irrepetibles]
Siempre que la veía me sorprendían sus enormes ojos azules y su sonrisa perpetua. Yo siempre la vi como la hermana de un buen amigo, pero nunca pude considerarla una amiga porque apenas cruzaba un par de palabras con ella. Era la típica relación de conocimiento pero sin proximidad.
Los tiempos de instituto se esfumaron y llegó la imponente universidad. Dejé de irme con su hermano y su grupo de amigos, no por aburrimiento, sino por las circunstancias. Aún así, siempre que nos encontrábamos nos poníamos al día de nuestras respectivas vidas, regando la conversación con un par de cervezas, unas risas y promesas que sabíamos de antemano que no íbamos a cumplir:
¬ A ver si quedamos un día de éstos.
Estos encuentros casuales se fueron distanciando hasta que dejaron prácticamente de existir. Pasa como con las personas que entran y salen de tu vida, acabas olvidando un poco a aquellos que no ves y concentrándote en los que tienes más cerca.
[proximidad]
Un buen día me encontré a otro amigo común y mientras repasábamos el último año de nuestras vidas me dio una pésima noticia.
¬ ¿Sabes lo de la hermana de éste no?
¬ ¿El qué?
¬ Tuvo un accidente hace tiempo y está en una silla de ruedas.
Entonces algo se derrumba en algún sitio de tu mente que no puedes ubicar, sólo te llega el eco de un ruido sordo y notas la ausencia de algo que no puedes concretar. Intentas imaginarte la situación, te despides de tu amigo y te alejas con el rabo entre las piernas. Entonces decides que quizá no sea verdad, que quizá sea uno de esos rumores que te alguien se inventa y que van aumentando al pasar de boca en boca. Rechazas la idea de imaginarla postrada en una silla de ruedas y te imaginas lo que debe pensar la gente que en un funeral no quiere ver el cadáver porque prefiere recordarlo como era en vida, tener una imagen en movimiento.
[y pasa el tiempo]
La vida sigue su curso y más o menos te olvidas del tema, prevalece el pensamiento de que todo es mentira (hasta la vida), un mecanismo de defensa de la mente. Hasta que un día otro amigo al que te encuentras por casualidad te repite la historia y no tienes más remedio que creer, casi dos años después, que la realidad es tal y como no querías verla.
[espejismos rotos]
Y entonces...
Ayer, inmerso en el ajetreo de la organización de la celebración de mi cumpleaños caminaba por Aluche hacia el Carrefour. Eran las nueve y media y debía comprar la bebida para un botellón (permitido el día de San Isidro por una laguna legislativa) que se celebraría al día siguiente. Me llamó un amigo por teléfono y estuve hablando con él mientras caminaba e intentaba cruzar un semáforo manteniendo mi integridad y poniendo a prueba mi escasa habilidad para la multitarea.
¬ ... pues ahora nos vemos.
¬ Hasta ahora.
Y al colgar levanto la vista y durante una fracción de segundo me encuentro con la mirada de aquella chica en su silla de ruedas. Sus ojos se encuentran con los míos, se entornan. Los míos se abren desmesuradamente mientras doy un paso que me pone ya a su espalda.
ras-ras, pestañeo
No tengo tiempo para reaccionar y, cuando me quiero dar cuenta, estoy parado en mitad de la acera, como una roca en mitad de una corriente que no es lo suficientemente fuerte para arrastrarme. La marea humana me esquiva, me empuja, me increpa. Y yo sigo congelado. Mis piernas quieren avanzar pero mi mente quiere volver sobre mis pasos y encontrarme con ella. Quiero decirle algo pero no sé el qué. De qué sirve decir "lo siento", de que sirve la compasión cuando no debía tener menos compasión de mí mismo. Intento justificarme convenciéndome de que la vi demasiado tarde, que no tuve tiempo para decir nada. Pero entonces pienso que nada me impedía darme la vuelta y volver sobre mis pasos.
[mirar atrás]
Y entonces me siento como un auténtico miserable. Si ella me ha reconocido habrá pensado que he esquivado su mirada y la de sus piernas inmovilizadas, mientras yo me pudro presa del remordimiento.
Pasa la noche y no me vuelvo a acordar de ella hasta que monto en un taxi y recorro Madrid por la noche, pasando por lugares en los que están escritas páginas de mi vida que aún no he cerrado.
Y al llegar a casa me acuesto y la almohada, aún despierta, me llama miserable y cambia su funda por un revestimiento de pinchos.
[para torturarme]
Yo, me, mí, conmigo
sé que la persona que está asi valora que le manden una nota, la llamen o la saluden. Más difícil que vivir así es ver que los demás no saben qué hacer.
Lo peor es sentir que la gente te evita. Es la soledad absoluta.
Armate de valor y dile lo que piensas. No le va a ofender, y por poco que le digas estoy seguro que te lo agradecerá.
by: Pablo el día Mayo 16, 2004 07:18 PMGaia y Pablo: me sentí tan mal porque perdí esa oportunidad de decirle algo en nuestro primer encuentro tras su accidente. Desde que se cambiaron de casa no tengo forma de localizarles, así que me temo que sólo podré hablar con ella si me la encuentro otra vez... Fue una décima de segundo larguísima.
by: milio el día Mayo 17, 2004 04:10 AM... no se que decirte. ¿De verdad es tan difícil encontrarla? Yo creo que si quieres encontrar a una persona de tu misma ciudad, la encuentras, a través de la guía de teléfonos, a través de antiguos amigos comunes. ¿Es miedo? Está viva eh. Yo me paso sentado muchas mas horas al día que caminando, pero bastantes más. Quiero decir con esto que es una tragedia lo que le ha pasado, pero se pueden hacer muchas cosas aunque no tengas piernas. Olvidate de la silla de ruedas y buscala, yo si que creo que le debes una explicación,y dile la verdad. No es un extraterreste. Te va a entender como te entendemos todos.
Bueno, un abrazo y gracias por compartir esto con nosotros.





