Mayo 28, 2004
Visitas inesperadas
Catarro está frustrado y se arrastra pesaroso de esquina en esquina, recorriendo todos los recovecos de la habitación mientras masculla su enésimo plan para pincharme con su aguijón. Se ha pasado todo el invierno amenazándome con empujones, como cualquier camorrista en noches agonizantes. Quizá su indecisión le ha evitado lanzarse antes contra mi cuello. Pero esta semana todo iba a cambiar.
[el momento]
Dicen las malas lenguas que los imprevistos, al igual que las desgracias, nunca vienen solos. Debería haber alguna pequeña alarma (con un led bastaría) en el cerebro que te avisara de que las cosas no van bien cuando los días se confunden con las noches, los ojos se inyectan en sangre y el TFT de tu portátil ha decidido lanzarte cuchilladas traperas certeras. Si hubiera tenido ese mecanismo se habría pasado toda la semana parpadeando como la sirena de un coche patrulla pero, por desgracia, mi cerebro venía incompleto de serie y nadie me dejó escoger los extras que debería llevar.
¬ ¿Cómo lo quiere? El modelo de serie está un poco desfasado, pero puede elegir uno o varios extras entre los que aparecen en el catálogo. Sentido común no nos queda. Los operarios del taller de la memoria se han puesto en huelga, así que tendremos que instalarle la que viene de serie (memoria de pez).
¬ ¿Y entonces qué tienen?
¬ Veamos... aquí hay demasiados extras tachados que tendremos dentro de un par de semanas.
¬ ¡Pero si estoy rompiendo aguas! Me dijo lo mismo la semana pasada...
¬ Vaya, siempre las malditas prisas. Pues me temo que sólo podemos ofrecerle el extra de extroversión y el de indiferencia...
¬ ¡¿Indiferencia es un extra?!
¬ Sí, y está de oferta. Es muy útil no preocuparse en situaciones de presión...
¬ En fin, déme lo que tenga.
¬ Perfecto, espere que instalo el módulo de Pecado Original...
¬ ¡Déjese de pamplinas religiosas! Quiero un hijo ateo o, cuando menos, agnóstico.
[y encima a mi madre no le dieron factura]
Es por eso que Catarro, de naturaleza cobarde, ha aprovechado el momento para pincharme con su aguijón a sabiendas de que las probabilidades de error eran mínimas. Gracias a él se acabó dormir toda la noche de un tirón, llegaron los dolores de cabeza y mi nariz se ha convertido en un surtidor de mucosidades para pañuelos necesitados.
Y yo sigo preguntándome, ¿quién me ha robado esta semana?
[al viento]
Yo, me, mí, conmigo





