Mayo 29, 2004
Harto
Nunca me han gustado los taxis aunque, al final, siempre acabo cogiendo uno para volver a mi casa en noches de fin de semana. Como siempre me muevo por el centro de Madrid, el itinerario de vuelta a casa suele ser el mismo o muy similar. Las mismas curvas, idénticas luces y, podría jurarlo, la misma gente.
[de siempre]
Fauna nocturna que deambula por la ciudad intentando encontrarle un sentido a la noche, un sentido que muchas veces no tiene. Con cada curva de La Cuesta de la Vega voy quitando una capa de mis recuerdos, voy quemando una etapa de mi vida. Es un viaje que casi alcanza el grado de espiritual, un trance metafísico que, de vez en cuando, interrumpe el taxista con sus comentarios. Y, mientras vas a aplicando las lecciones básicas de hipocresía casera, haces balance de la noche.
[y la suspendes]
Te ves al principio de la noche, con un amigo, dos botellas y muchas ganas de pasarlo bien. Recuerdas el momento en que entrabas por la puerta a una fiesta en la que ni siquiera conocías al anfitrión. Entre nubes psicodélicas, combinados en copas de vino y la interminable búsqueda de Wally, recuerdas alguna sonrisa furtiva. Un teléfono, una llamada, silencio en la sala y un vecino que se queja. Horas agónicas de decisiones que sólo caben en sacos rotos y, de fondo, una voz.
¬ Vamos al Palacio de Gaviria.
[quién fuera Houdini para esfumarse]
Entonces, como en una película, la acción retrocede hasta el principio. Estás en casa, vistiéndote. Intentando decidir si ponerte zapatillas para ir a tu aire o si seguir el protocolo impuesto por empresarios canallas poco visionarios y usar las botas que te compraste para esas ocasiones. Unas botas que, aún teniendo más de cinco años, te has puesto poquísimas veces. Sopesas las dos opciones y decides ponerte las botas: esta noche vas a seguir el curso de la corriente.
[desembocarás en el mar]
La acción vuelve al momento dramático en que la guapa protagonista deja en suspenso sus palabras esperando que la testosterona de los presentes refuerce su afirmación. Como si fuera una abeja recolectora con un rebaño de flores.
[y lo consigue]
Entonces una lengua le pide un baile a la tuya. Un baile solitario que no tiene bises. No se pueden concebir bises con la novia de un amigo, aunque la idea del beso haya sido de tu propio amigo. Entras en un coche y te dejas llevar, como habías planeado, por la corriente.
Una vez en la puerta del Palacio (por llamarlo de alguna forma) miras desafiante al portero, aprovechando ese momento en que él está mirando para otra parte. "La intención es lo que cuenta", te dices. Decides, por inspiración divina, que no vas a hacer ningún esfuerzo por entrar, ni siquiera te vas a quitar los pendientes. Alguien llama a su contacto dentro para que nos dejen entrar, el contacto baja y nos sonríe, mientras yo prefiero mirar a otra parte.
[muy lejos]
Le dicen algo al portero y el portero mira en derredor, buscando alguna presa fácil. Me mira, le miro, mi miro, él no se mira. Me odia, le aborrezco. Su mente se queda unos segundos en blanco decidiendo qué motivo me va a dar para no dejarme entrar. Quiere decirme: "Tú no eres de los nuestros, no perteneces a esto", pero al final se le ocurre una excusa más estúpida:
¬ Con esas botas no puede entrar.
¿Por las botas? No, amigo, no son las botas. No te gusta nada de mí y los dos lo sabemos. No te gusta que mis pantalones sean anchos, detestas que mis orejas estén perforadas por cuatro argollas, odias que en mi camiseta ponga PornStar (en realidad pone Porn junto al dibujo de una estrella) y mi sudadera te parece la que llevaría alguno de los que tú, desde tu trono, llamas guarros (sólo por no vestir de traje cuando salen a pasárselo bien). Recuerdas que te diste la vuelta sin ánimo de discutir, casi aliviado por no tener que entrar en semejante antro que, si los porteros vistieran de rojo, podría ser el mismísimo infierno. Escuchas cómo tu amiga intenta convencer a los porteros para que te dejen entrar mientras ellos responden con un monolítico "Son las normas". Te acercas a tu amiga y le dices que no lo intente, que no quiere entrar ahí.
Mientras te alejas escuchas un par de voces que te llaman para que entres, y te das la vuelta para decir que no, que te vas a casa.
[jodido]
Quieres preguntarte muchas cosas, pero temes conocer todas las respuestas. Así que te vas por donde no habías venido, en dirección contraria buscando un taxi. Taxis que tan poco te gustan pero que tan buen servicio te hacen. Al llegar a tu puerta, con las llaves en la mano, sonríes:
¬ Al final no he encontrado a Wally.

Yo, me, mí, conmigo





