Junio 02, 2004

Encerrada

En la calle, la noche ya había borrado toda prueba de que no hace mucho era de día. El calor estaba volviendo de su retiro invernal, convirtiendo la noche en una pequeña cazuela donde se cuecen miles de vidas a fuego lento.
[algunas se queman]
Dos gatos bufaban mientras intentaban ahuyentar a su competidor por las atenciones de una hembra en celo, un perro caminaba solitario contoneándose tocado, no por la presunción, sino por el hambre. En el cuarto piso, una luz rompía la armonía del edificio durmiente. Una ventana solitaria que emitía una luz mortecina provocada, probablemente, por una bombilla moribunda.
No quiso mirar el reloj. Sabía, por experiencia, que se encontraba en esas horas indefinidas del día: demasiado tarde para acostarse y aún pronto para despertar. Horas tan muertas como algo dentro de ella, tan cansadas como lo estaría ella misma si hubiera cumplido los planes que siempre tuvo para su vida.
Mientras observaba, sin inmutarse, cómo una gota de agua ascendía pesadamente por la pared, se formulaba las mismas preguntas que asaltaban su mente cada noche. Era un viejo juego que nadie le había enseñado: las preguntas sin respuesta. Encadenaba una cuestión con otra, respondía cada una con otra nueva pregunta, creaba una sucesión de despropósitos que debían llevarla hasta el sueño.
[en círculos]
Mientras buscaba alguna emisora desconocida en el dial de una vieja radio, miraba despreocupada hacia la ventana abierta, donde la sonrisa (su sonrisa) que se había marchado hace tiempo amenazaba con lanzarse al vacío. Y, en su mente, una voz le decía: "¿qué harás?".
Un calcetín sucio la miraba desde el suelo, protestando por el olvido forzado. Con los brazos en jarras y agitando la cabeza, parecía lanzar un ultimátum al viento. Un zapato de tacón que llevaba postrado bajo la cama unos días, parecía despertar de su letargo. Caminando como caminan los zapatos cuando les falta su par, se acercó renqueante al calcetín. "Curiosa combinación", debió pensar.
Ajena a la rebelión que se estaba gestando en su dormitorio, cerró los ojos para comenzar la improvisación de un cuento. Las preguntas podrían esperar al día siguiente, su imaginación necesitaba mantenerse ocupada, negar la existencia de un zapato rebelde y un calcetín ultrajado, de una gota de agua con vocación de alpinista y de una sonrisa perdida con aires suicidas.
[imaging]
¿Cómo empezaría un cuento que hablara de ella sin decir nada? ¿Cuál sería el principio del final? Entonces se hizo a la idea de que estaba sentada en un escritorio que nunca tuvo, sosteniendo una pluma que jamás supo usar y comenzó a escribir unas líneas solitarias:
"Sostenía una espada de gomaespuma, perfecta para luchar contra los problemas inexistentes."
Sintiéndose satisfecha cerró el cuaderno en su imaginación, apagó la luz de sus ideas y cerró los ojos.
¬ Mañana será otro día.

Clasificado en:
Realismo ficticio
by milio el día Junio 2, 2004 10:54 PM
Comentarios

...ostras!
...miliet!
Solo los tres puntos pueden describir lo que no puedo escribirte.

...

by: lamarteta el día Junio 3, 2004 06:55 PM

donde consigo una espadita de esas?

by: jose nelson el día Junio 4, 2004 01:08 PM

lamarteta: con esos tres puntos dices mucho más que con una imagen, que son mil palabras ;)

jose nelson: pues en una tienda de humo o en un bazar de sueños ;)

by: milio el día Junio 8, 2004 04:02 AM