Junio 10, 2004
The other side
¬ La locura, al igual que el frío, no existe. Aunque no es el mismo caso, ya que hay una diferencia que puede parecer sutil pero que no lo es en absoluto, algo que legitima el frío y echa por tierra cualquier razonamiento sobre la existencia de la locura.
La mujer, avisada por sus tímpanos de las palabras que flotaban en el aire, desvió su mirada desde el infinito al rostro de su interlocutor. En su cara apareció el rictus del psicólogo que lo es sin quererlo, del oyente circunstancial que querría estar a miles de kilómetros de un confidente espontáneo.
[suspiró]
¬ La locura se define como la ausencia de cordura y, los grados en que puede manifestarse se miden por el nivel cordura ausente. Pero, ¿quién puede medir la cordura? El calor, sin embargo, se puede medir. Y el frío no es más, amiga mía, que la ausencia de calor.
La mujer, con cara de circunstancias, mascullaba una razonamiento en su cabeza. Lo mejor en esos casos, como le dictaba la experiencia, era esgrimir un argumento convincente que diera por finalizada la conversación (si podía llamarse así) por k.o. técnico. Pensó durante un segundo en argumentar que los aparatos de aire acondicionado medían su potencia en frigorías, pero desechó la idea al instante porque no estaba segura de si esa magnitud era una invención de los publicistas. Y es que, como decía su abuelo, de los publicistas no había que fiarse nunca...
¬ Y es que esta sociedad tiene el afán de medirlo todo, cuantificar lo inconmensurable. Olvidamos a los individuos, perdidos en un mar de caos, y perseguimos conceptos como la globalización que no hace sino extender la estupidez congénita del primer mundo al resto de habitantes del planeta. Construimos moles de hormigón para mentes blindadas, donde con gusto rehabilitaremos a los pacientes a base de descargas eléctricas o, lo que es peor, monólogos sobre psicología, una ciencia donde todo se descubre a tientas. Atendemos dolencias que no conocemos, cambiamos a los individuos para que lleguen a lo que nosotros entendemos como normalidad.
La mujer analizó la situación sin dejar de observar a aquel extraño personaje. Parecía como si pudiera pasar horas hablando en círculos, quejándose sobre una sociedad de la que no se sentía miembro, alimentando su propio odio con palabras que el viento se encargaría de hacer perecederas. A unos metros de distancia había un banco donde sentarse. Caminó lentamente hacia él sin mirar atrás, sabía perfectamente que aquel personaje la seguiría e imitaría sus movimientos. El hombre sacó un cilindro de plástico del bolsillo de su camisa y extrajo de él una cápsula, que tragó con gran maestría.
¬ No, no se preocupe, esto no es ningún tipo de droga. Son unas pastillas que compré en un herbolario para contrarrestar el efecto un tratamiento que sigo desde hace tiempo. Es que las otras pastillas me dejaban en estado catatónico. Bueno, como le iba diciendo... ¿Qué le estaba diciendo?
La mujer, aprovechando la duda de su interlocutor, decidió que era el momento de finalizar la conversación. Sacó las gafas de su bolso, buscó a tientas la calculadora que llevaba desde el cambio de moneda y se enderezó en su asiento.
¬ Verá, su conversación es muy interesante pero, como puede apreciar, esto es un supermercado y yo soy una cajera. No puedo permitirme semejantes conversaciones con todos los clientes porque si no acabaría en la calle, y con razón. Así que si me disculpa...
Entonces él entorno la mirada y se quedó pensativo por un momento. Incapaz de discernir si lo que estaba viviendo era real o, de otro modo, el banco del parque no pertenecía al plano de su imaginación, se levantó y se dispuso a marcharse. Tras dar un par de pasos, su mente se iluminó y se giró en redondo.
¬ Perdone, no me ha dicho que le debo.
La mujer, sobresaltada, buscó en su cerebro una salida que no echara por tierra su estrategia.
¬ Claro, son ochenta céntimos. Y tome, no se deje aquí el paquete de kleenex.
El hombre se acercó con la mirada clavada en el suelo y tendió la mano hacia la extraña mujer que le ofrecía el paquete de pañuelos de papel, perfumados con olor a menta. Se alejó por donde había venido con el ánimo un poco más bajo y la mente, si cabe, más confusa. De fondo, atenuada por el canto de los pájaros, se escuchaba una voz femenina:
¬ ¡Siguiente!
"Extraño lugar para montar un supermercado. Maldita globalización...", dijo para sus adentros.
Realismo ficticio
Son intangibles pero con mucho poder.
Como una espesa niebla que no se puede apartar con la mano.
Saludos.
Uff, sin palabras...
Este finde Piñuecar, justo un año después. Seguro que no es lo mismo sin ti. Me acordaré de ti, seguro.
Sigues siendo el mejor!!!
Un besote.
KiFo: esa niebla que los cuerdos (no sé si incluirme :P) no vemos, pero que para otros es tan pesada que no la pueden atravesar.
La_Rachel: ;). No sabes lo que siento no poder ir. Este mismo fin de semana me he acordado de aquel genial viaje... Seguro que lo habéis pasado genial. Besos ;)
by: milio el día Junio 14, 2004 04:55 AM




